Narración del connotado autor yucateco Carlos Martín Briceño, cuyo escenario y sucesión de tramas se ubican en el sur de Quintana Roo.
Por Carlos Martín Briceño*
1
Sabía que era peligroso detenerse en aquella desolada carretera, pero prefirió arriesgarse antes que continuar el viaje cabeceando. Las cervezas del almuerzo, sumadas al calor de la tarde, comenzaban a provocarle un sueño graso, como el puchero de tres carnes que recién había comido en la fonda con techo de paja que le recomendaron. Y ni siquiera pensar en un descanso. No podía llegar tarde a la cita. El presidente municipal de Río Hondo fue muy claro: “Tres en punto, amigo. Si llega después, olvídese del negocio.”
Sin analizarlo mucho, detuvo el auto en una cuneta y esperó con el motor encendido hasta que la mujer de rojo, que pedía aventón, asomó su cabeza sudorosa por la ventanilla. El pelo lacio, falsamente rubio; la nariz grande; y la cara flácida, excesivamente maquillada, le recordaron los ariscos perros afganos que su abuela acostumbraba a criar para vender cuando él era niño.
—¿Me llevas?
La voz, pastosa de tabaco, pretendía ser sexi.
“Carajo, se veía más joven de lejos.”
—Claro —contestó con amabilidad fingida y quitó el seguro de la puerta.
Mientras conducía, sintió el dulzor del penetrante perfume con el que ella intentaba disimular el tufo de la pobreza. Estornudó dos veces. Siguió manejando sin abrir la boca. Ella se secó el sudor de la frente con un klínex y cruzó la pierna.
“Aguanta la vieja.”
Había andado por estas carreteras solitarias desde que comenzó a trabajar para la Jhon Deere como agente de ventas, y conocía bastante bien el ambiente. La mayor parte de los habitantes de estas rancherías eran seres de médula podrida, individuos venidos del norte hasta esta frontera olvidada huyendo del narco o de líos con la ley y que, nada más agarrar confianza, volvían a sumergirse en la misma mierda. El tiempo le había enseñado que si no quería terminar como su antecesor (con la garganta cercenada por un desconocido), debía de andarse con cuidado e intimar lo menos posible con esta gente. Pero tampoco era cosa de volverse paranoico. Tenía que despabilarse para llegar a tiempo a firmar el contrato.
—¿Vas hasta Río Hondo? —preguntó ella.
Un leve olor a ron envolvía su aliento.
—Debo estar allí antes de las tres.
La mujer alargó la mano hacia el radio.
—¿Puedo?
El hombre alzó los hombros en señal de indiferencia.
Quisiera ser un pez
para tocar mi nariz con tu pecera
y hacer burbujas de amor por donde quieras…
Juan Luis Guerra rompió el silencio con una suave bachata. Ella comenzó a tararear y a ondular el cuerpo como cobra encantada.
—Adoro esta canción.
—Ajá.
—Me recuerda un amor que tuve hace mucho.
—Ajá.
—Oye —puso una mano sobre la pierna de él—, estás muy serio.
—Estoy manejando.
Súbitamente, la mujer desabotonó su blusa y se sacó las tetas del brassier. Él la observó perplejo.
—¿No te gustaría parar por allí y juguetear un rato con este par de niñas? Anda, ayúdame con lo que tengas. No te vas a arrepentir. La vamos a pasar bien.
El frenazo hizo que se fueran hacia adelante. Estuvieron a punto de estrellarse contra un trailer detenido en la carretera.
—¡Coño, casi chocamos! —Volvió a acomodarse los senos adentro del sostén—. ¿Nunca has visto un par de buenas chichas?
“Hija de puta, ¿por qué carajos la subí?”
—¿Y si te la chupo tantito? —La mujer volvió a la carga. —Anda, no te vas a arrepentir.
Se arrimó al hombre y trató de bajarle el cierre de la bragueta.
—¡Quieta!
—¿Qué pasa? ¿Eres puto o qué?
El hombre no contestó, miraba alternativamente el reloj en el tablero del automóvil (cuarto para las tres) y el mensaje en la señal de la carretera: Río Hondo: 20 kilómetros.
—Deja de estar jodiendo. No puedo perder un minuto.
La mujer torció la boca.
—¡Bájame aquí!
Hizo el intento de abrir la puerta. Al hombre se le encendió la cara de furia.
—¿Estás pendeja? ¿Quieres matarte?
Disminuyó la velocidad.
—¡Para o abro!
Otro frenazo. Ella se fue para adelante. Sus mentadas de madre subieron de intensidad. Al cabo de un rato, con medio cuerpo fuera del auto, exigió:
—¡Dame algo, por la compañía!
El hombre meneó la cabeza y farfulló un insulto al tiempo que sacaba un billete de cincuenta pesos de su cartera. El rostro de ella se iluminó. Tomó el dinero y puso un instante la mano sobre el sexo del tipo.
—Nos estamos viendo, adiosito.
La observó alejarse, meneaba el culo. Buscó la hora en el reloj: diez para las tres. Tenía el tiempo justo.
Pisó el acelerador a fondo.
2
Cuando entró en la cantina, ya lo estaban esperando. El bochorno en aquel galerón, pese a los abanicos de techo que giraban con fuerza, era insoportable. El olor a humedad le provocó estornudos.
Su anfitrión se puso de pie. Era un individuo moreno, regordete y chaparro; de cara redonda y pelos lacios; con unos dientes disparejos y una falsa sonrisa permanente en el rostro. Le dio la mano. Enseguida llamó a un mesero y ordenó cerveza y tequila.
—Le agradezco su puntualidad, ingeniero. Tengo una junta con el dirigente local de los cañeros y debo salir pronto.
El presidente era un buen ejemplo de lo “bondadoso” que podía llegar a ser el partido con sus correligionarios obedientes en aquel estado sureño. A punto de terminar su período, lo esperaba ya una senaduría. Para salir por todo lo alto, tuvo la ocurrencia de diseñar un ambicioso programa para cultivar café orgánico en la zona.
—Mi idea, ingeniero, es convertir a los campesinos en empresarios. El mercado de los productos orgánicos es cada vez más importante.
Dio un largo trago a su cerveza.

—Tengo el visto bueno del gobernador y, como le dije por teléfono, el presupuesto.
El hombre bebió de su tequila y se arrellanó en su asiento. Sonrió a medias.
“Pinches políticos corruptos, sería tan sencillo ir al grano…, pero no, les encanta hacerse a los pendejos. Los conozco perfectamente ¿En verdad pensará que me trago el cuento?”
Detuvo un momento su reflexión. Vio las botellas de vodka y whisky de importación que menudeaban en las mesas y recordó que aún debía pasar a la Zona Libre a comprar los encargos de su mujer. Se acercaba diciembre. La sorprendería con el árbol artificial de Navidad más grande que encontrase.
—Presi, sin duda la idea es excelente. El clima y la tierra de esta parte del país son ideales, ¿cómo no se le había ocurrido antes a nadie?
Trató de parecer amable.
—Lo ignoro, ingeniero. Lo que sí le puedo decir es que usted y yo vamos a hacer historia.
Fue entonces cuando el hombre aprovechó para soltar su perorata sobre las bondades de la maquinaria Jhon Dere y la forma en que había ayudado a aumentar la producción en la zona cafetalera de Veracruz. Y aunque estaba seguro de que, más temprano que tarde, las despulpadoras quedarían olvidadas entre la maleza y los campesinos igual de jodidos que siempre, al terminar hurgó en su carpeta y colocó el contrato encima de la mesa.
—Revise las cifras.
Los números lanzaron destellos en medio de la oscuridad del bar.
—Como quedamos, presi.
La sonrisa del funcionario se volvió más amplia. Tomó el documento y examinó minuciosamente el contenido. Varias veces frunció el entrecejo. Por un momento, el hombre pensó que iba a tener que transar de nuevo el porcentaje, pero cuando su anfitrión firmó el documento sin objetar nada, sus temores se disiparon.
—¡Salud, ingeniero!
Levantó su caballito de tequila y bebió hasta el fondo.
—¡Salud!
—El balón está de su lado —agregó el político, a manera de despedida, poniéndose de pie.
Le estrechó la mano. Luego lo vio caminar hacia la puerta saludando a parroquianos. Pidió más tequila. Se sentía bien consigo mismo. Hizo cuentas. Por fin saldría de sus problemas económicos.
3
Rojo. La visión fugaz a la sombra de aquella ceiba lo obliga a detenerse. Mete la palanca de reversa. Ahora tiene todo el tiempo del mundo.
—¿Otra vez tú?
La mujer se acerca a la ventana.
—Súbete
Empieza a oscurecer. El hombre conduce lentamente. No tiene ninguna prisa por salir a la carretera principal. Es más sencillo escoger un lugar adecuado en las afueras del pueblo. Además, el tequila le ha aletargado el cerebro. Se fija en los muslos descubiertos y no puede reprimir las ganas de alargar la mano y acariciar por debajo del vestido. La mujer cierra las piernas, se echa a reír grotescamente.
—¡Si no compra no magulle!
Sus carcajadas retumban en el interior del coche.
El otro la secunda, ríe con más fuerza. Deduce que ella también ha bebido. Está contento. Pronto tendría en su cuenta una cantidad mayor a la que gana en un año rompiéndose la madre, comiendo cualquier cosa en cualquier fonda, manejando día y noche por estos pueblos de mierda donde vive gente de mierda. Dobla hacia la derecha y entra en un camino de terracería que termina en un maizal. Las plantas, robustas y verdes, alineadas marcialmente, le parecen casi artificiales. Detiene el auto. Ya es de noche. Hay un silencio abrumador. El único sonido que les llega es el zumbar de los grillos que arrecia de cuando en cuando. La mujer se ha puesto seria.

—¿Por qué no enciendes el radio?
Con los dedos de uñas larguísimas pulsa el botón de encendido y se avoca a buscar una canción de su agrado.
—Nomás
—¡Timbiriche! —Aplaude como si la banda estuviera tocando en vivo para ella—. ¿Te gustan? A mi hija le fascina.
—No está mal.
—Oye, van a ser quinientos, ¿ok?
Dirige la mano hacia el sexo del conductor.
—Ok.
Echa para atrás el asiento.
—No te vas a arrepentir.
Comienza a bajar el cierre de la bragueta.
El hombre entrecierra los ojos. Se ve así mismo encima de ese cuerpo ajado y piensa que no le gustaría clavársela. Lo mejor es dejarse hacer. Siente cómo esos dedos de uñas falsas y rojas van acariciando, abriéndose camino con destreza. Luego la boca húmeda que parece conocer a la perfección las áreas sensibles. ¿Sería posible contratarla para darle unas clasecitas a su esposa? “No te vas a arrepentir, no te vas a arrepentir”, la frase rebota una y otra vez en su cabeza. De pronto, un ruido, como de ramas secas que se quiebran, lo arranca de su marasmo. Abre los ojos y alcanza a distinguir entre el maizal las sombras de varios hombres que se acercan con rapidez al coche. Empuja con brusquedad a la mujer. La culata de un rifle se estrella contra su ventana.
Carlos Martín Briceño (Mérida, México, 1966). Narrador y reseñista literario. Entre sus obras figuran la novela La muerte del Ruiseñor y los libros de cuentos Al final de la vigilia, Los mártires del Freeway y otras historias, Caída libre, Montezuma’s Revenge…
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