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Ensayo | La chiclería después de los recuerdos en páginas de Ana Patricia Martínez Huchim

Análisis de una voz femenina de supervivencia y superación en las historias de los chicleros de Quintana Roo contenidas en el libro Recuerdos del corazón de la montaña.

Por Fer de la Cruz

En 1770, un entusiasta británico de nombre Joseph Priestley se puso a investigar las propiedades físicas —y el potencial comercial— de una nueva sustancia importada de las colonias  en América, la goma o chicle, producto de la resina de ciertas especies tropicales. Al frotarla contra el papel, se dio cuenta de que borraba las marcas de grafito. En ese momento, Joseph Priestley inventó el borrador. Normalmente, este hecho sería motivo de celebración para cualquier escritor que no reflexionara sobre el costo social que conllevó la explotación comercial del chicle en nuestra historia peninsular.

U k´a´aj sajil u ts´uú noj k´áax / Recuerdos del corazón de la montaña (CONACULTA/SEDECULTA, 2013), de Ana Patricia Martínez Huchim, es un libro de cantos y cuentos en torno al personaje llamado xTuux, la de los hoyuelos en las mejillas. Estas historias de la chiclería le fueron relatadas a Martínez Huchim, en maaya t’aan o maya yucateco, por su familia que convivió con la anciana doña xTuux, quien, en su lejana juventud, había sido una suerte de soldadera en el ejército de los chicleros en la región de la selva o monte (k´áax), que en Quintana Roo se llama noj k´aax o monte alto o, por extensión, montaña en español. Más precisamente, doña xTuux fue la brava cocinera en un campamento de chicleros durante numerosas temporadas en el corazón de la selva alta.

Para Martínez Huchim, el doloroso pasado de los chicleros no era letra muerta en los libros de historia. Fue la vida en carne propia de una anciana de su comunidad a la que, como antropóloga, le habría fascinado entrevistar. Como doña xTuux ya había fallecido, la autora encontró la manera indirecta de llegar a ella a través de las anécdotas de sus familiares en Tizimín, particularmente —según la misma Martínez Huchim describe en la página de agradecimientos—, los testimonios de su madre Eugenia Huchim y de sus tíos Antonio, Ildefonsa y Elvia Martínez. Es por eso que las historias fascinantes de doña xTuux aparecen escritas en tercera persona y no en primera. Como escritora, la autora pudo compartir dicho rescate con la frescura del lenguaje cotidiano y las certeras estrategias narrativas de la tradición oral, en esta novela que fue de las primeras en escribirse y publicarse en maaya t’aan, después de Ponte esta ropa (ICY, 1993) de Jorge Echeverría Lope, de x-Marcela, de Feliciano Sánchez Chan, y de Mukult’an in nool / Secretos del abuelo (UNAM/Tribunal Superior de Justicia de Quintana Roo, 2001), de Jorge Miguel Cocom Pech, entre otras. Esta novela de Martínez Huchim recibió el Premio Nacional de Literatura Indígena Enedino Jiménez 2005, aunque su publicación no se dio hasta 2013. (*)

Entrevisté a Elvia Martínez, religiosa seglar en el convento Villa María, la hermana Elvia, vecina mía de toda la vida en la colonia García Ginerés, en Mérida. Me dijo que su padre —don Guillermo Martínez Peraza— trabajó en la chiclería hasta los años cincuenta y que doña xTuux era tía de este; que ella la conoció y que era tal y como la describe su sobrina Pati (la autora) en estos recuerdos literarios que retratan la vida de los campamentos, nada idealizada, fascinante en sí misma. En cuanto a la identidad de doña xTuux, Martínez Huchim explicita su decisión de no revelarla y, por supuesto, su tía Elvia ha respetado ese deseo. Conservemos el dato de que doña xTuux era tía bisabuela de Ana Patricia Martínez Huchim.

En el libro, se relatan escenas plagadas de infortunios causados por la gangrena de la mosca mala o la nube de mosquitos portadores de malaria; por la omnipresente violencia verbal o física; por el abandono, como el del padre que se desentiende de su hijo pequeño al quedar viudo y buscarse otra mujer; por accidentes como el del chiclero a quien el sudor le nubla la vista, le da un tajo de machete a la soga que lo sostiene y cae desde lo alto del tronco del zapote, o el del niño que va a dar a la paila donde la resina hierve burbujeante…

Vemos que en el monte alto la naturaleza y los hombres son igual de implacables. La muerte acecha también por la vía de la k´an p´u´uk (nauyaca o cuatro narices), o por el paludismo o el cólera, o por los grandes felinos que rondan el campamento, o por el machete de los colegas alcoholizados o celosos… Pero la vida es más dura para las pocas mujeres, quienes, además, deben sortear el acoso constante de los chicleros que también las merodean y optan por mirar al suelo para evitar contacto visual con cualquiera que pueda mal interpretar la mirada (76).

La joven xTuux orina de pie para evitar a los mirones y se aguanta hasta la noche para descargar el intestino, por lo mismo. En un cuento recuerda cómo una tarde que les servía la comida a los chicleros, uno de ellos creyó haber recibido un trozo de vianda dentro de su caldo. Luego de vanagloriarse de que la cocinera lo favorecía como señal de rendirse ante su encanto, esta le hizo notar frente a todos que lo que había puesto en su plato y él se había tragado de un bocado no era carne, sino un enorme insecto, para que se le quitara lo acosador y la dejara en paz (76, 77).

Como las entrevistas que hizo Martínez Huchim y los testimonios que registró, el libro está escrito en maaya t’aan o maya yucateco, el idioma de la chiclería en Quintana Roo, y su autora acierta en la traducción en un español vernáculo rico en yucatequismos. Esto aporta naturalidad y sabor local, con un léxico acorde con un sociolecto rural desde una voz femenina, no por eso menos embravecida. “Esta parte son puros insultos”, me dice riendo la hermana Elvia. Por ejemplo, una forma donde se acentúa la perspectiva femenina de la narración es el uso de algunos despectivos para referirse a los hombres acosadores o abusivos, como k’aaskep’, traducida en el glosario como “Literalmente ´pene feo´. Por extensión hombre feo” (98); aunque doña xTuux también tiene un repertorio de palabras bravas para las mujeres que en mal momento se le crucen.

Cuando el coqueto jeta´an mejen de su marido le alzó la voz diciéndole: “¡Qué tienes que pelear! Tú eres mi esposa. A xK´oxol sólo la visito” (84), ella lo sacó a golpes de su casa. Fue después de ese acontecimiento que adquirió el hábito de anudarse el rebozo entre las piernas como si fuera pantalón y de portar el viejo machete chiclero de su difunto padre hasta para dormir; y se fue a la montaña a ganarse por sí sola el sustento en la siguiente temporada. Desde joven comenzaron a decirle, con respeto, doña xTuux. Igual le decían buscapleitos y que parecía varón (87). Era malhablada como ella sola, pero las temporadas del chicle la empoderaron económicamente: mandó a cercar su casa en una ranchería cercana a Tizimín —presuntamente Muluchtún, revela la hermana Elvia—, y crió y vistió ella sola a su familia consistente en su hijo adoptivo, hermanos y sobrinos.

A pesar de que el libro se divide en las secciones Cantos y Cuentos, estos giran en torno a una sola historia principal. Arthur Dixon lo cataloga como novela en la revista Latin American Literature Today, ya que no sólo gira en torno a una historia, sino también a un personaje y nos hace sentir la evolución de este. Tratándose de recuerdos, la historia no es cronológica, pero nos narra cómo la muchachita de hermosos hoyuelos y alegre bailadora, que en la vaquería se deja engatusar por un adulador parasitario, se transforma en la anciana solitaria y cargada de recuerdos, pasando por la brava cocinera que mataba a machetazos las víboras más letales. Eso sí, tuvo la caridad de liberar de la cristiana sepultura los huesos del chiclero que había caído de lo alto del zapote y de llevárselos a sus familiares para que pudieran dedicarle ofrendas en el altar de hanal pixán (80). Esta historia me parece de las más conmovedoras, además de ir salpicadas de humor y de lo sobrenatural desde la religiosidad maya, ya que el infortunado chiclero falleció por no haberles ofrendado sakab a los Yuumtsilo´ob o Señores del Monte (78).

Doña xTuux nos recuerda a las mujeres de U yóol xkaambal jaw xíiw/Contrayerba (2013), otro importante libro de Paty publicado en paralelo con este, también en formato bilingüe maya-español, pero los recuerdos de esta veterana chiclera merecieron su propio libro.

Hoy sabemos que el auge petrolero dio paso al caucho sintético y que la caída en la demanda de chicle dejó menos nostalgia que la del henequén, pero también muchas heridas, para empezar, en las cortezas de los viejos zapotes de la selva alta. En el México posthenequenero y postchiclero, hoy sentimos el costo social del petróleo en la apocalíptica contaminación por plástico, smog, pesticidas, ruido y un largo etcétera.

Volviendo a nuestro libro, en el prólogo, Julie Solomon se pregunta: “En este nuevo tiempo, ¿qué nos pueden ofrecer los recuerdos de una anciana mujer maya de la época de la chiclería?” (55). U k´a´ajsajil u ts´uú noj k´áax / Recuerdos del corazón de la montaña puede leerse como cada quien quiera. Al leerlo como literatura, experimento el profundo goce estético de toda buena historia, pero habrá quien lo lea también desde los ojos de cualquier otra ciencia o disciplina de las humanidades (la historia, la antropología, la sociología…), de las nuevas humanidades (los estudios de la mujer, los estudios de género, los estudios coloniales…) o de las novísimas “currículas” que se irán conformando después de los “despueses” y del colorín colorado de la discusión académica. Dentro y fuera de esta, los recuerdos de doña xTuux, en esta recreación literario-testimonial, alcanzan para una y muchas reflexiones, por ejemplo, sobre nuestro papel en la historia de sangre contenida en cada producto que consumimos en nuestra vida cotidiana actual, como el borrador con que borramos, las ruedas que nos llevan rodando o incluso el chicle que mascamos. Todo tiene su precio.

En palabras de Pati: “Bey yaanik u k’i’ik’el máak / bey yaanik u yiits ya’” (17), a lo que doña xTuux complementa: “U k’i’ik’el ya’ u k’eexe yéetel u k’i’ik’el wíinik, u bo’otbil ti’ ts’u’ k’áax” (34) (“La sangre del zapote a cambio de la sangre del chiclero” (78).

Obras citadas

Dixon, Arthur. 2018. De U k’a’ajsajil u ts’u’ noj k’áax / Recuerdos del corazón de la montaña. Ana Patricia Martínez Huchim. 29 de enero de 2019. latinamericanliteraturetoday.org/es/2018/mayo/de-u-k%E2%80%99%E2%80%99ajsajil-u-ts%E2%80%99u%E2%80%99-noj-k%E2%80%99%C3%A1ax-recuerdos-del-coraz%C3%B3n-de-la-monta%C3%B1a-de-ana-patricia

Gent, Alan. N. Rubber. Chemical Coumpound. 26 de enero de 2019 <Britannica.com/science/rubber-chemical-compound>.

Leirana Alcocer, Silvia Cristina. Catálogo de textos mayas publicados entre 1990 y 2009: (bibliografía Comentada). Instituto de Cultura de Yucatán, 2010.

Martínez Huchim, Ana Patricia. U k’a’ajsajil u ts’u’ noj k’áax / Recuerdos del corazón de la montaña, 2013 (CONACULTA/SEDECULTA).

Martínez, Elvia. Entrevista personal. 29 de enero de 2019.

*En su Catálogo de textos mayas (2010), Leirana Alcocer señala que “Bukin-te nok’a/Ponte esta ropa es la primera novela en maya que se publica; curiosamente, en la portada sólo trae el título en castellano, aunque la obra está en maya” (92). También aporta el dato de que, con esta novela, Jorge Echeverría Lope ganó el Premio Estatal Itzamná de Literatura en Lengua Maya, en 1992 (27). Por su parte, la novela x-Marcela, de Feliciano Sánchez Chan, recibió el Premio Itzamná de Literatura en Lengua Maya 1993, según consta en la entrada correspondiente a este autor en la Enciclopedia de la Literatura en México, de la Fundación para las Letras Mexicanas. A treinta años de dicha premiación, la novela x-Marcela permanece inédita.

** La foto de Patricia Martínez fue tomada por Fer de la Cruz, la foto de Fer de la Cruz fue tomada por Socorro Chablé y las demás imágenes provienen de los archivos de la Casa de la Crónica en Chetumal.

Fer de la Cruz (Monterrey, México, 1971). Ayunque nacido en Nuevo León, se considera escritor yucateco. Ha publicado, entre otros libros, Poemas espirales, Cómo aprendí a volar, Osario y Si el avestruz volara. Actualmente, es estudiante de un doctorado en Español en la Universidad de California, Estados Unidos.

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