Carlos Zamora
Ella abre la puerta confiada en la rutina, pero él la espera desde hace casi una hora. Dos abultados maletines y una caja de cartón bien amarrada son una prueba inequívoca.
A la mujer se le escapa un sollozo. Sus manos temblorosas intentan evitar que ocurra de nuevo, pero es imposible.
Él habla despacio sobre la finitud y las ojeras denuncian su cansancio doloroso, amargo.
No suplica ella con palabras, sus ojos le conducen por todos los rincones de la casa y se detienen en las fotos de familia.
Él niega apretando los labios y retiene las lágrimas a duras penas.
—Piénsalo bien, por favor —dice ella entonces.
—Lo siento —responde él abriendo la puerta.
Falta más de una hora. Tiene tiempo aún para despedirse.
El amigo lo ve venir con el paso lento y le abraza levemente.
—¿Te vas en el tren?
—Sí. Ella se va conmigo
—¿Y tu mujer cómo quedó?
—Imagínate. Es duro. Los niños…
Los tragos se suceden; los minutos. Un abrazo final.
Desde la estación, se puede ver el mar. La tristeza del pueblo se percibe en los claroscuros del atardecer y en la mirada descolorida de los viejos.
El reloj marca la inquietud.
El teléfono de la estación no funciona y ella no pudo haberse confundido porque es el único tren.
Anuncian la salida.
Suda copiosamente y el peso del equipaje, que no se decide a dejar sobre el piso, le mortifica.
Una oleada de gente busca el andén y lo zarandea al pasar.
Él solo mira, escruta cada una de las entradas.
El tren silba por última vez.
Carlos Zamora (Matanzas, Cuba, 1962. Entre sus libros figuran Estación de las sombras, En la mañana viva, Guantanamera, A Puerto Blanco no llegan las lluvias, Cada día la eternidad… En 2016, su poemario Bitácora obtuvo el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres (México).
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