Aproximación crítica a la narrativa del escritor cancunense Mauro Barea.
Por Miguel Ángel Meza
Cuando uno lee Kolymá (2022), de Mauro Barea (1981), constata con satisfacción que la mirada crítica sobre Cancún o que alude a Cancún bajo un velo irónico o simbólico, y que lo hace desde la propia literatura que se escribe en esta ciudad —o desde otros ámbitos, como es el caso de esta—, ha entrado en un proceso de consolidación que merece la mayor atención de la comunidad lectora. Esta mirada crítica no sólo ofrece características descriptivas del estado de deterioro social y moral de un lugar como el que habitamos, que “ya presenta los problemas de una ciudad vieja y enferma” —como afirma con cinismo uno de los personajes—, también se cuida de hacerlo con las herramientas formales que requiere la buena literatura para ser efectiva.
Desde aquel trabajo pionero de nuestras letras, Cancún, todo incluido, de Carlos Hurtado, que muestra ya la corrupción política que lastima a nuestra sociedad, o la extraordinaria Arrecife, de Juan Villoro, novela distópica sobre el turismo extremo en Cancún, o la recién publicada Magnificens Cancún, de Luciano Núñez, que retrata otro matiz del desarraigo y la inmigración desde la perspectiva de un periodista tucumano en crisis existencial, o la inédita Esa luz que te abrasa, de Lil Fernández, que en tono de comedia negra satiriza mordazmente la corrupción de las congregaciones religiosas en este destino, o los cuentos de Cada quien su paraíso, del que esto escribe, que dramatizan las decisiones de ambigüedad moral que toman quienes malviven en esta ciudad, pasando, por supuesto, por las investigaciones periodísticas del tipo de Los demonios del edén, de Lydia Cacho, que denuncia el poder político y empresarial que protege la pornografía infantil, o incluso, los trabajos académicos como el libro Identidades, publicado por la Universidad del Caribe (y coordinado por Óscar Reyes), que recoge los testimonios de los otros pioneros —la población inmigrante o la nacida aquí de la clase trabajadora desprotegida y de la clase media que no alcanzó a vivir totalmente las bondades del paraíso turístico convertido en mito—, lo cierto es que hay ya una tradición crítica, artística e intelectual, que atiende la grave problemática social que vive nuestro entorno.
En esta novela negra que roza el terror psicológico, Alan, el personaje de Kolymá, es deudor también de la picaresca más oscura —tal vez hasta siniestra diría yo— pues él mismo, por azar o decisión propia, para superar las adversidades a las que se enfrenta, se involucra en temas corruptos, más allá de los que dramatiza la obra en otros escenarios —latrocinio empresarial, cambio ilegal de dólares, tráfico de inmigrantes, trata de personas, abuso de menores y manipulación religiosa como medio para obtener poder político—, y que se entrelazan astutamente con la trama central, la del amor contrariado y la venganza. Pero Kolymá no sólo resulta valiosa por la denuncia de estas lacras, ya de por sí inquietantes y por todos conocidas (pues son trasuntos de nuestra realidad local), sino también por las estrategias narrativas que el autor ha puesto en juego para ficcionalizarlas, para potenciarlas como denuncia, velada o explícita, y darles perspectiva con eficacia argumental a través de su intriga.
Ubicada en una ficticia San Miguel de Tamul —cuyos indicadores urbanos, climáticos, temáticos y ambientales identificará cualquier habitante cancunense—, la obra se estructura en dos planos espaciales y temporales que mantendrán en vilo al lector hasta la última página. Uno de estos planos, el presente, fragmentado y casi estático, muestra a Alan encañonado por Luis, su amigo, dispuesto a dispararle mientras se encuentran varados en una enigmática carretera, la Kolymá del título, en lo más profundo de la Siberia rusa; el otro plano transcurre en Tamul (Cancún), a lo largo de una década más o menos, y presenta la línea argumental del tiempo que nos ofrecerá toda la información de una intriga fascinante de sobrevivencia, traición, venganza y toma de decisiones de vida que arrojan a los personajes al abismo existencial, sobre todo al protagonista, ofuscado y confundido en la búsqueda de su idea de felicidad cueste lo cueste.
Antihéroe típico —desde cuya perspectiva se cuentan casi todos los hechos, y que por ello nos recuerda a otros antihéroes del género negro—, Alan representa todo aquello que identifica —tanto en su luz como en su sombra— a un ciudadano aparentemente común y corriente cuyos sueños —pueriles o codiciosos— pronto se convierten en pesadillas y de cuyo laberinto sólo se emerge ahondándose más en el abismo. Alan está caracterizado con los rasgos arquetípicos del ser oscuro dominado por sus demonios, y es vehículo del autor para ilustrar la ambigüedad moral de los seres con los que se encuentra en su camino y con los que comparte “la desesperación sin fin”, como lo dice Ítalo Calvino en uno de los epígrafes, esa desesperación —tema central— “donde el pensamiento de un tiempo fuera de nuestra experiencia es insostenible”, de ahí el abatimiento existencial del personaje.
En esta novela —y este es uno de sus grandes aciertos— no hay seres totalmente buenos ni totalmente malos, su camino “no es recto ni curvo”: la relatividad del mal (otro de los ejes temáticos) impregna el alma de personajes que, en su intento de hacer el bien y obtener su parcela de felicidad, terminan provocando desastres que arrasan una realidad de por sí anómala para implantar una más caótica aún. Así, Kolymá es, también, una reflexión sobre la violencia y el mal metafísico, aquí definido como aquella antimateria que crea a la manera de un espejo oscuro la otra materia (léase la otra realidad) en la que se mueven seres a cual más extravagantes: un payaso que encubre bajo su disfraz sus apetitos pedófilos, una inmigrante cubana que transita de víctima de trata de blancas a esposa de un político, un cantante de música popular que también es pastor protestante que se postula para la alcaldía de la ciudad, y un joven que cae fácilmente en la tentación corrupta cuando ve que su propia denuncia de la inmoralidad de la empresa donde trabaja no prospera.
Dos símbolos subyacentes pulsan la lectura desde el inicio con un tañido ominoso: uno, la enfermedad que padece el personaje —fibromialgia— y que parece más bien la somatización de la locura social en la que se vive; el otro, esa espectral carretera de huesos, la Kolymá del título —apelativo que leí por primera vez en el ensayo de investigación literaria, Archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsin, con el que se nombra una de las islas del mencionado archipiélago, y que en el libro de Barea es el nombre de esa aterradora cinta de asfalto construida sobre el descomunal cementerio que fue la Siberia más profunda—. Así, en una primera apreciación del símbolo, Barea parece decirnos que la Tamul sobre la que vivimos —esta antigua “Siberia mexicana” (la selva quintanarroense)—, ha sido construida sobre varios cementerios tanto de muerte como de corrupción. Así lo deja entrever, tal vez con cierto dramatismo, el poeta José Antonio Íñiguez en su comentario al respecto: “En cierta forma (…), este territorio que hoy ocupamos, muchas veces muy a pesar de nosotros mismos, no ha dejado de ser ‘una cárcel para operarios’”.
De cualquier manera, en un sentido más amplio del símbolo, ese lugar en el que recalan los personajes —materialización de una pesadilla del propio Alan, pesadilla tomada por Barea de un hecho real recogido en la red y ocurrido en años recientes—, metaforiza de manera turbadora la soledad del hombre, la agonía y el dolor interminable, el tránsito hacia una extinción del ser humano indeterminado y sufriente, donde “todo ha sido saqueado, traicionado, vendido” —léase Cancún—, como versifica Anna Ajmátova, la infortunada y grandiosa poeta rusa, en otro de los epígrafes: “Las grandes olas negras de la muerte rasgan el aire, / la miseria roe hasta los huesos. / ¿Cómo entonces no desesperarse?”.
Con esta obra, cuya realización discursiva ofrece un estilo límpido matizado de alardes sutilmente líricos, Mauro Barea ha sabido combinar un potente relato de denuncia social con tinte satírico, intriga de novela negra y el terror psicológico que recuerda a autores emblemáticos, como Lovecraft y Stephen King, entre otros maestros del modo thriller, un modo que nuestro autor ha asimilado con provecho, un suspenso que alcanza un tour de force sorprendente, pues Barea demora la resolución de la primera escena prácticamente hasta el final.
De los escritores nacidos en Cancún, que han trascendido las limitantes fronteras del terruño natal, uno, David Anuar (1989), es poeta y ha colocado con sus reconocimientos el nombre de Cancún en ámbitos nacionales; el otro, nacido en 1981, afincado ahora en España, es novelista y se llama Mauro Barea, quien al parecer se dispuso con tesón y solvencia literaria a poner en práctica aquello que me dijo en una entrevista publicada en tropo en 2013: “que Cancún se conozca por sus letras”.
Gracias a la pluma honesta, exigente y de una literariedad cada vez más depurada, Mauro Barea —con esta novela ganadora de una mención honorífica en el 19° Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2022— ha proyectado sobre este destino turístico una luz más que revela las sombras del “paraíso” y ha logrado con ello quizá atraer algo de atención hacia nuestra literatura, una literatura que quisiéramos cada vez más consciente de sí misma y, sobre todo, más madura; y se ha ubicado como uno de los escritores nacidos en Cancún al que hay que seguir de cerca y al que hay que colocar en un lugar privilegiado de nuestra emergente historia literaria.
Miguel Ángel Meza Robles (Ciudad de México, 1957). Poeta, crítico, cuentista y editor. Radica en el Caribe mexicano desde 1986. Dirige la revista literaria Tropo a la uña. Es autor de los poemarios Historia de Hyma, Destellos de mareas y El rostro que habitamos, así como del libro de cuentos Cada quien su paraíso. En 2019, obtuvo el Premio Internacional de Poesía Caribe-Islas Mujeres.
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