Erick Martín

“El sábado por la tarde estaría bien que saliéramos a tomar algo, ¿qué te parece? Espero que estés ya alientaito, decía el mensaje que me había llegado  al celular. Era Lucía, lo sabía por su foto de perfil, la morena con manos suaves que había conocido una semana atrás en un antro/bar que estaba repleto de unos mulatos pedantes, pero muy fornidos.

Creo que así es la genética caribeña. Todas las mujeres del lugar estaban vueltas locas por ellos. Yo sé que en la ciudad no somos la gran cosa. Aunque también nosotros somos caribeños, nuestros cuerpos no tienen esos músculos marcados que doblarían latas con sólo apretarlas.

Lucía era una dominicana que llegó a la ciudad en búsqueda de trabajo como maestra en alguna universidad.

—No sé por qué tus coterráneas se deslumbran  con una cara bonita y un cuerpo trabajado. Eso se consigue yendo al gimnasio. Mis amigas y yo les decimos bellacos —fue lo primero que me dijo al sentarse a mi lado en la barra.

La miré, pero no le respondí. ¿Cómo una mujer tan hermosa podía estar haciéndole conversación a un hombre como  yo? Si supiera que vine a este lugar con tal de no estar encerrado en mi departamento para que no me lleguen de nuevo las ganas de quitarme la vida.

Agarré mi mezcal y le di un pequeño trago. (“A besitos se toma el mezcal, cabrón”, me dijo Jorge cuando vio que en mi anterior cumpleaños me tomé todo el caballito de un solo golpe. Yo qué iba a saber, siempre vi que así le hacían en las películas que disfruto con mamá.)

La morena, no conforme con mi silencio, me tomó del brazo y me preguntó: “¿Cómo tú estás?, ¿a qué te dedicas? Yo soy nutrióloga.”

Sus manos eran bastante suaves, podía sentir su piel tan fina como los geranios del jardín de mamá. Con sólo el tacto, podía adivinar que sus manos olían a margaritas y coco, esos olores exóticos que salen de combinaciones que sólo a las empresas de shampoos y cremas se les ocurren, y que a mamá le encantan y me hace ir a comprárselos el último domingo de cada mes.

Con algo de vergüenza, le contesté que soy contador. Si supiera que la adrenalina más grande que he vivido en los dos últimos años fue el día en que mi cuenta de corte no cuadraba y tuve un déficit de cinco mil pesos, creo se habría cambiado de asiento. Sonrió y me dijo que su padre es contador y que ella admiraba la profesión.

Traté de sonreír como muestra de agradecimiento. (“Sé cortés y sonríe al menos, maldito ingrato”, recuerdo que me decía mamá   cuando mis tías comentaban que mi ropa era bonita.) Yo tenía que hacerlo, mostraba los dientes y abría los ojos hasta el punto de que me doliera la piel de los párpados de tanto estirar. No sé si lo hice bien con Lucía.

La barra del antro era tan sucia que los vasos se adherían como si les hubieran puesto pegamento, no era raro porque el piso estaba igual. Era de plástico con formas redondas, como antiderrapante, pero se lo habían tomado tan en serio y estaba tan sumamente pegajoso que si las suelas de mis zapatos estuvieran algo flojas las hubiera perdido.

Sólo veía a Lucía mover sus labios y cómo sonreía. Platicaba mirándome directamente a los ojos, noté que eran de color avellana. Me invitó a un trago más y yo no supe cómo agradecer, así que levanté mi nuevo trago de mezcal y brindé.

(“Seguro que es una puta”, sonaba en mi cabeza la voz fría de mamá. Así dijo cuando mi maestra de secundaria me saludó con un beso en la mejilla el día de la clausura, ya ni siquiera pude bailar feliz el vals porque veía la cara de enojo de mamá.)

Me encantaba la presencia de Lucía, me hacía sentir a gusto ese día tan horroroso como son todos los  sábados en la ciudad. Me sentía acompañado, además, por una mujer muy hermosa. En mi cabeza me decía: qué suerte tengo. Nunca he tenido suerte, con los cachitos de lotería no gano ni siquiera el reintegro, así que este era mi mejor golpe de suerte.

Llegó uno de esos musculosos y de la manera más arrogante miró a Lucía, la barrió con la mirada. Si él hubiera querido tener un coito con ella, con la mirada lo     hubiera logrado. Olía a perfume de maderas y sudor. Por su aliento, se sentía que llevaba varias horas tomando cervezas. Se podía oler porque, cuando hablaba, escupía y soltaba un hedor. Le preguntó su nombre y lo que bebía mientras le daba un trago más a su vaso de cerveza con gomitas.

“Yo te invito a un trago más, mami”, le escuché decir con su acento caribeño que no parece decir mami  sino “moami”. Yo me resigné, sabía que era imposible que a una mujer tan bella  no le llegara uno de esos fisicoculturistas borrachos para salvarla del tedio de mi presencia.

La suerte al final creo que no duró mucho. Lucía me tomó del brazo, poniendo su cabeza sobre mi hombro. No supe qué hacer, mi respiración se detuvo y creo  que mi cuerpo hasta se quedó rígido.

Ella observó al musculoso y le dijo:

—Me llamo Lucía. Vengo acompañada y no acepto nada de extraños, ¿pues está usted arrematao  o qué? ¡Andá pal carajo, bragueta alegre!

Después, lo que recuerdo es un calor en mi cabeza. Me llevé las manos cerca de la oreja y sentí cómo me brotaba sangre, era tanta que hasta me impedía ver porque se me metía en los ojos. Puse mis manos frente a mí y estaban rojas y chorreado sangre.

Lucía me quitó, con delicadeza de enfermera, las astillas de un vaso     del bar con el que me pegaron. Creo que fue con el vaso del musculoso porque          aún había un gomita en el cuello de mi camisa. Estábamos sentados en la  banca de un parque a las tres de la mañana. Nadie pasaba por la          calle cercana, se podía escuchar aún la música del lugar donde hace un rato       estaba sentado sin la cabeza rota.

Las manos de Lucía me quitaban los vidrios y  me acariciaban.

—Estás todo ambimbao, todo por mi culpa porque rechacé a ese  freco, pues ¿qué se cree, que soy una “chivirica” o qué? —me dijo y creo que  miraba hacia el piso, como apenada por la situación. Digo creo porque la sangre  no me dejaba ver.

—Me tengo que ir —le dije.

Me levanté y me fui caminando. Lucía me alcanzó, pude escuchar el golpetear de sus tacones sobre el pavimento. Nuevamente me pidió disculpas por lo sucedido. No le dije nada, sólo sonreí.    Me preguntó mi número telefónico. Por el golpe ni siquiera había revisado si aún  conservaba mis cosas. Me metí la mano en las bolsas del pantalón. Sí, todo estaba en    orden. Tenía el celular, la cartera y las llaves. No sé ni siquiera quién pagó mi   cuenta, tal vez me la condonaron por el show de medianoche que dimos.

Al otro día, no podía creer que una mujer había rechazado a un mulato tan escultural con tal de seguir conversando conmigo, pero sabía que había sucedido porque aún me dolía la cabeza. También podía ver la herida en el espejo y que mi ropa y mi cabello estaban duros por la sangre seca. Seguro estaba ebria o quizá el humo del antro no dejó que me viera bien. Ese domingo no fui a ver a mamá porque no quería preocuparla con mi cabeza rota.

“Prometo que nadie te va a golpiá otra vez con un vaso”, decía el segundo mensaje que llegó a mi teléfono celular. Sonreí al leerlo. Me preocupé  un poco al pensar que la foto de mi perfil era con mamá, ¿qué tal si piensa que es mi esposa? Mamá aún es joven y, sin duda, cualquiera pudiera llegar a pensar  eso. Ya nos pasó el día en que fuimos a la catedral para la misa de comunión de su ahijada “La Chata”.

—Pase con su esposo por aquí —dijo uno de los que cuida la  iglesia.

Me sonrojé, pero mamá rápidamente me soltó del brazo y dijo que soy su  hijo, sólo caminé a su lado esa vez.

No puedo quitar la foto porque si mamá ve que la cambié se pondrá triste, como el día en que puse la foto de un crisantemo.

—Te importa más una flor —me dijo.

“Sí, ¿por qué?, ¿tienes algún problema?”, pensé decirle, pero sólo prometí poner de nuevo nuestra foto.

Tal vez deba decirle a Lucía que la del perfil es mamá y que no representa competencia, espero que entienda. Si ella y yo salimos más seguido, creo que será muy difícil complacer a  las dos. Tal vez tenga que tener una foto de las dos conmigo, así apareceríamos los tres en la fotografía y nadie se molestará.

Eran las dos de la tarde y Bruno, después de leer los mensajes de Lucía, salió de  la oficina, era su hora de comida. Caminó hacia la fonda que está a tres cuadras. (“Tienes que comer como en casa”, siempre le dice su madre.) Así que, aunque tuviera antojo de una hamburguesa o un hotdog, siempre ha buscado comida casera, tanto que se hizo muy amigo de doña Celeste, una señora sesentona dueña de la fonda “La michoacana”, donde va a comer desde que empezó a trabajar en la zona.

Veía el celular, pero no sabía qué responder. Miró la foto de Lucía durante unos segundos y pensó que su cabello era como el de su madre. Tal vez si se vuelven    amigas hasta podrán darse consejos del cuidado de su pelo. “Sus ojos son más grandes que los de mamá. Se ve diferente de como se veía el sábado en el antro, se ve más radiante. Tal vez mamá de joven se veía así.”

“En línea” aparecía el número de Lucía. Sabía que tenía que responder con una frase amable, también porque él quería hacerlo, la deseaba ver de nuevo, eso era más que obvio. Hay momentos en los que uno se queda en blanco, como si sólo pudiera admirar de lejos, y no se cree capaz de ser parte para poder interactuar con toda la confianza. Además, sabe que el mensaje no debe de ser un mensaje cualquiera, tiene que mostrarse en él interés, pero sin parecer urgido. Las manos sudan, la corbata aprieta el cuello y ahoga.

Doña Celeste llegó a tomar la orden y a preguntarle que cómo había estado. A todo lo que le decían él asentía sin escuchar de manera genuina, respondía como un autómata. Era imposible no sentirse así, en su cabeza estaba orbitando el mensaje  de Lucía, sin saber qué le iba a contestar.

—¿Eso es lo que vas a pedir hoy, entonces? —preguntó doña Celeste y él no se dio cuenta de en qué momento ya había ordenado.

Celeste se fue con la comanda hecha, una comanda que fue pedida por el inconsciente, sólo quedaba esperar a que no hubiera pedido alguna excentricidad, aunque en la fonda “La michoacana” lo más excéntrico sería pedir mondongo, que luego incluía una parte de la pata del animal que no rasuraban bien, y cuando se la comía pinchaba la boca.

Milanesa. Tomó el tenedor y el cuchillo para cortar la carne. Se perdió en el pensamiento, en saber que una mujer hermosa le había escrito por teléfono invitándolo a salir. Cortaba los trozos de carne y los llevaba a la boca. En su pensamiento estaba: creo que también la puedo invitar a jugar al póker con mamá y  sus amigas el domingo. Masticaba la carne. (“¡Hijo de la chingada, te me vas morir! ¡La carne se corta en pedazos pequeños! No tienes boca de animal, aunque lo eres”, le gritó su mamá el día en que se atragantó mientras veía televisión y comía a la vez.) No le importó el tamaño del bocado, tenía que responderle a Lucía.

(“Y te lo comes todo, pinche chamaco”, fue lo último que le dijo su madre después de que Bruno se recuperaba de haberse atragantado.) Miró la milanesa y la dejó a la mitad. Hoy quería comerse una hamburguesa del McDonald’s. Se detuvo un momento, vio el plato y la carne, tomó una servilleta, se limpió la boca y tiró el papel sobre la carne, como señal de que no comería más. Tomó el teléfono, fue al mensaje de Lucía y lo vio una vez más.

Empezó a escribir: “Lucía, por mí ahora mismo voy a verte. Estoy en el trabajo, pero dime dónde estás y voy.” (“No te puedes ver muy desesperado, cabrón”, recordó lo que le dijo Jorge a el “Flaco” el día que lo habían sacado de su casa por haberse ido de  borracho.) Borró todo el mensaje. Tal vez si le escribía eso a Lucía, ella pensaría  que es un patán que seguro está obsesionado con el sexo.

Sintió el sudor correr por su frente. La ciudad es una olla que cocina a baño maría a sus habitantes, pero este sudor era por algo más. Era la presión que sentía al no poder lograr escribir un mensaje a una mujer tan bella. El sudor era tanto que le  entraba por los ojos, le hacía parpadear y llevarse la mano a la cara para tratar de limpiarse un poco. Con sus dedos hacía como una cuchara y la arrastraba de  izquierda a derecha en la parte de los ojos, quitando todo el sudor y tirándolo al piso.

—Oye, Bruno, los de sexto año dicen que fuiste tú el que me mandó la declaración de amor, ¿es así? —dijo Bianca mientras sostenía en su mano la carta con hoja roja que una noche antes mamá me había ayudado a adornar con un corazón con escarcha dorada.

(“Dile que no”, decían casi a gritos mis pensamientos de niño de primaria.) Yo sólo me quedé observándola durante unos segundos. Dejé de tomar mi jugo de uva, la miré a los ojos y tuve la gran idea de poner rodilla en el piso, tomar sus manos blancas y decirle: “Sí, yo fui, ¿quieres ser mi novia?”

Ese día, Mamá sólo me abrazaba, pasaba sus manos por mis cabellos y decía que el amor a veces duele, que tenemos que tener cuidado con las palabras que decimos y a quién se las decimos, y que el amor sólo es hermoso cuando es  correspondido. Creo que ella lo decía desde muy dentro de su corazón, y lo decía para ella también, para calmarse las noches en que la tristeza le llegaba por el abandono de papá.

Bruno tomó un poco del agua de horchata que ya estaba aguada porque los hielos se habían derretido. Pidió la cuenta a doña Celeste, pagó. Se paró y salió  para un McDonald’s. “Tal vez en el camino llegue el mensaje poderoso que necesito para responder. No podía mostrar hostigamiento. Necesito verme con galantería”, pensó. (Eres un estúpido”, le dijo una vez su mamá a Bruno cuando este intentó hacer su primer acto galante y caballeroso al quitarle la silla  a su madre para que pudiera pararse con facilidad, pero eso la hizo caer y la mantuvo en reposo cuatro días.)

“Lucía, el sábado no puedo por la noche porque tengo una reunión de trabajo. Saludos cordiales.” Lo borró inmediatamente. (“Parece que no tienes vida, cabrón Brunito”, recordó que le dijo Jorge la vez que vio que se había quedado varios días seguidos haciendo horas extras. ) Nadie va a querer salir con un workaholic.

Empezó a escribir un mensaje nuevo: “Hola, Lucía, qué gusto recibir un mensaje tuyo. Claro, tengo toda la semana libre.”     (“Hijo de la chingada, nadie te va querer por ser un holgazán”, volvía la voz de su madre.)

—Chingada madre —dijo al aire y exhaló una bocanada que le venía lastimando toda la vida.

Siguió escribiendo: “…así que el día que tú decidas. Yo estaría encantado. Incluso el domingo también lo tengo libre por si quieres hacer algo también ese día.”

Había escrito eso y lo leía y releía como tratando de encontrar algún fallo para poder corregirlo antes de enviarlo. Pensaba en si era adecuando poner al final del mensaje la palabra “besos” o si así estaba bien.

Seguía caminando hacia el McDonald’s. Una motocicleta italika se emparejó con él, bajó uno de los pasajeros de la moto,  lo apuntó con una pistola y le quitó el dinero y el celular. También le dio un puñetazo en la cara y un cachazo con la culata de la pistola en la cabeza. El golpe le abrió la herida que tenía desde días pasados. Ver que los asaltantes se iban con el celular también le abrió una herida más vieja.

La motocicleta se alejaba, la sangre salía de nuevo de la cabeza. Él se quedó impávido, esperando que el destino solucionara lo que acababa de suceder. La respiración era sorprendentemente tranquila . Lo único que le vino a la cabeza fue: “Creo que voy a perder las fotos que tengo de mamá en el celular.”

Erick Martín (Cancún, México).Ganador del primer lugar del Concurso de Narrativa Breve, organizado en Villahermosa por la Editorial Inspira Profundo y el programa Alas y raíces. Finalista del Concurso de Cuento Quintanarroense, que convocó El faro editores.

 

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