Agustín Labrada

Alguna vez dijo Gabriel García Márquez que Cien años de soledad era un bolero donde alucinaciones, hipérboles y sentimientos confluyen bajo una carpa sublime. Es el bolero la forma más sintética de expresar la idiosincrasia latina tan propensa a la imaginación y la visceralidad, el ensueño y la tragedia.

El bolero tiene vínculos de orden textual con la poesía romántica hispanoamericana o más bien con el neorromanticismo que todavía circula, soterrado o explícito, en el submundo de los escritos líricos. En tales ficciones, la emotividad supera a otros componentes, y de su equilibrio depende su última connotación.

Muchos poemas de amor han sido musicalizados, y en esa ligera mutación se enriquecen en un arte combinatorio. Las similitudes idoestéticas entre poema y canción establecen una línea divisoria apenas perceptible. Ello se evidencia en el poemario Yo soy la noche, de Tania Sol Portillo, publicado por la Casa del Escritor de Bacalar.

Libro de palpitaciones que con sus fuerzas sostiene (hasta cierto punto) lugares comunes del lenguaje. Con buenos sentimientos no siempre se hace buena literatura, previno (hace décadas) el poeta italiano Eugenio Montale. Mas cuando coinciden los aciertos (emotivos y lingüísticos) la función artística se expande en una plenitud.

Esos aciertos son mínimos en el libro de Tania, pero suficientes para vislumbrar la presencia de una autora en formación que ya domina los instrumentos primarios del arte poético, y se desliza lentamente en la búsqueda del poema mayor, aún dentro de la lírica amatoria. Tania emprende su camino con honestidad.

Todas las cartas de amor son ridículas, si no no serían cartas de amor, expresó más o menos así el escritor portugués Fernando Pessoa. Entrar en esa materia, pues, reserva algunos riesgos y la joven poetisa se aventura, deja sus huellas y salva algunas luces entre la hojarasca de una poesía reconocible por sus altibajos.

Los desniveles de escritura se presentan a veces dentro de un solo poema en la construcción de versos en los niveles metafórico y musical. Esa desigualdad empaña el esplendor que se hubiese logrado con una dosis de síntesis a favor de la belleza literaria y la claridad conceptual. Veamos el comienzo de “Próximos”:

Quiero acercarme a ti, pero el miedo me separa.

El silencio es la distancia que nos estremece.

Qué cerca está la muerte lejana

que junta nuestros cuerpos en su laberinto.

Nunca he visto

hombre

donde se refleje

mi cariño,

aunque el mar

haya robado mis entrañas.

El poema desciende en reiteraciones con un vocabulario similar, estructurado en versos cortos. Si del conjunto se extraen el segundo, el tercer y el cuarto versos iniciales se lograría un texto más sugerente, y limpio de la aureola cursi que ronda a esa temática. De más está decir que las obras perduran por calidad y no por extensión.

En otras partes, se recurre a elementales técnicas vanguardistas en la composición semántica y estructural, cuyos resultados se traducen en ingenuidades de acrobacia verbal o refuerzan el matiz romanticoide a través de frases explotadas en sus típicos significados por la secularidad literaria y la cancionística.

Alrededor de los núcleos de inspiración, se labra una prosa versificada que se exhibe, gracias al efecto óptico, como formato poético cuando en verdad es sólo apariencia, andamiaje apuntalado por una fácil musicalidad y engañosos engarces de palabras. Aún así, en esos poemas podemos atisbar hermosas metáforas, aunque se transparenta su hechura artesanalmente forzada:

Muérdeme, tristeza,

   aunque mis labios

   sean cenizas.”

(“Vacío”.)

 

Amor,

    saca tus colmillos;

    ternura mansa,

    tranquiliza tus líneas…”

(“Amor”.)

Es, al mismo tiempo, un poemario muy fluido y coherente en su unidad, espontáneo a pesar de sus limitaciones, y poseedor de un aliento sicológico marcadamente vital. Poesía transparente y juvenil, aunque la autora o la heroína lírica se autonombre como entidad oscura, en un título impactante de cinco sílabas métricas.

En las historias contenidas en los poemas de Tania Sol, los conflictos más desgarradores no van más allá del desencuentro amoroso, la incomunicación, la ruptura y los negativos estados de ánimo que de tales situaciones emanan. Por eso, algunos versos suenan grandilocuentes al no existir correspondencia entre la intensidad sentimental y el modo semántico con que enuncia.

Perdida por culpa de su soledad,

   desdicha de estas líneas,

   la mirada termina, terminar el abismo…”

(“Novela”.)

El fin que alude el abismo –tan tremendista como el hilo de sangre que recorrió las calles de Macondo– se sublima en dolor, en una atmósfera mágica que se escinde pronto del acto circunstancial que le dio origen. En esa metarrealidad, acontecen los textos de Yo soy la noche, donde se ensayan (desde la tropología) distintas facetas vivenciales en torno al amor.

Nunca diré tu nombre

   porque mis labios pertenecen a la Nada,

   porque mi voz es mujer del arcano

   que repite, no tu nombre, el mío.”

(“Nunca diré tu nombre”.)

La personificación de objetos y fenómenos es otra constante. Todas las figuras del entorno tienen facultades humanas y entre ellas cruza la muchacha dejando partes de su vida a través de túneles que no son pasivos escenarios. Su propuesta es activa, aunque se juegue aquí sus lados vírgenes, su supuesta inocencia, su corazón.

Yo soy la noche es un viaje y en todo viaje –clásico en la épica de aventuras– hay triunfos y victorias, y lo que importa realmente es el propio recorrido y no la meta como propuso el griego Constantino Kavafis en su poema “Ítaca”. Tania tuvo la valentía de partir y de llegar por sí misma a la otra orilla, que es el principio de una nueva ruta.

Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, de Saxofoneando (Premio Internacional de Poesía de La Arena, Perú, 2015), Teje sus voces la memoria (Premio de Creación de Ensayo de la Editorial Dante, México, 2010) y Botas rusas (Premio de Novela Corta de la Fundación MonteLeón, España, 2022).

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