Agustín Labrada
A nadie asombra ya la existencia de escritores adolescentes en nuestros ámbitos literarios, aunque no todos ellos alcancen el mismo resplandor perdurable de un Arthur Rimbaud. Tampoco muchos de los hoy consagrados por la crítica vendida e intereses institucionales han llegado a crear una obra trascendente en su médula artística.
Hace unos años festejamos la publicación del libro Sombra de mi sombra, de Meztli Vianey Suárez, y luego –mensaje lanzado a las aguas– el poemario de otra muchacha: Adriana Cupul. Poseída por la luna, título de raigambre romántica y apacible arquitectura gramatical, se suma al árbol de la poesía en Quintana Roo.
Adriana perteneció al taller literario Syan Ka’an que coordina, con una disciplina asiática el poeta Ramón Iván Suárez. Poseída por la luna es el primer título de la colección Cuadernos de la Casa Internacional del Escritor, que con poco dinero y mucha fantasía inició el propio autor de Cuando te llamo selva.
Fragmentado en tres secciones (“Una mujer, un diablo tierno”; “Con las primeras sombras”, y “Lazos de luz y noche”), el libro se articula como un mosaico de artesanías metafóricas, cuya unidad estilística se trasluce en una especie de neovanguardismo, generado por el ajedrez verbal de sus composiciones poéticas. Es la prosopopeya la figura retórica que se erige aquí, de principio a fin, como protagonista.
Sólo al comienzo hay un lirismo menos estridente, donde no son tan notables las costuras lingüísticas, matizado por un aliento semejante al de la poesía primitiva oriental: “El amor este año trae al aire / el equilibrio de un pétalo; / pudiera crear entre tanta brisa su perfume; / me ha dicho un secreto, / me ha llenado los ojos de lluvia…” Delicada inmersión espiritual humana en los ritos del campo.
Contiene, pese a su añeja forma, una frescura sensorial que hace fluida la voluntad de reflexión en medio de una atmósfera eminentemente sugestiva: “…porque su mirada es parte de la mía / y su alma, la flor que muere en este verso”. La tropología es decodificable a través de los códigos seculares de interpretación, sin que ello trunque el diálogo (poema-lector) de carácter simbólico emocional.
Con las primeras sombras exhibe poemas escritos en prosa y en verso. Aquí el tono fluctúa de manera incoherente –ignoramos si es un objetivo estético de la autora– entre una solemnidad casi bíblica y una espontaneidad infantil. El sujeto lírico se desdobla al asumir vivencias que pertenecen a una historia y un tiempo que no es suyo, y ese gesto teatral se proyecta elegante, pero artificioso.
Una lámpara niega el derecho de vivir. ¿Acaso es la noche que se ha fugado en un caballito de papel bajo la lluvia? Tal vez empiezo a devorar mi memoria y no cedo a la carne. Abandoné mis huellas bajo el oscuro mandamiento; llora mi voz a la que inundan el tiempo y sus orillas.
Si bien, a medida que penetramos en esas líneas nos alarma la presencia de metáforas concebidas como rompecabezas, donde lo subjetivo se subvalora y predomina un tecnicismo formal, también se vislumbran hallazgos que –sin perder su aire vanguardista– conmueven en su sentido anímico. Las palabras se ensanchan, expanden sus dominios semánticos y connotan más allá de su posición original.
Me acuesto esta mañana y entierro mi infancia que ayer era un trozo de mármol. También un río y un sendero para muchos. Se asoman de puntillas los siglos que han de venir, muestran la cabeza ácida, y rasgan la pared que sostiene estos versos. Aún es ayer y esas aguas me ahogan, bajo el peso que no puede sostener mi estatua.
Los poemas reflejan una carga de angustia, de soledad, de incomunicación que sólo convidan al fracaso. Lamento de pérdidas sin melodrama y sin esperanza, tipificado por un escepticismo que no busca consuelo en la enajenación, pues se regodea (literaria y sicológicamente) en la catarsis de la derrota convertida en arte. Sólo al final del libro, los textos recobran nuevamente su espíritu de inocencia.
Aquí se abre una plasticidad refrescante, aparece por primera vez el tema del amor y la escritura se vuelve menos densa:
En verano, los ojos del mar
ya habrán cambiado a hojas de árboles.
Porque sus labios se van a una isla,
un ave teje verdes olas,
troncos que desnudan a dos seres de este mundo,
y porque se visten doce mares que nos llevan
al otoño de pocos soles y lirios pocos.
Algunas fracciones, por su división estructural y su impacto ideoestético, se emparientan con el haikú y no es de extrañar ya que otros colegas de Adriana cultivan esa estrofa y hasta han sido premiados en concursos internacionales: “En un árbol / el ángel dejó/ sus alas secas” o “La luna: / un puente/ de huesos rotos.” Con una síntesis similar, el poemario hubiese ganado en originalidad.
Finaliza la sección con otro poema-juego: “Adriana me diría o dolería a muerte”. Es el texto más extenso y en un principio recuerda las libertades sintácticas conque escribió el peruano César Vallejo. La especial musicalidad del poema se enfatiza en las similitudes fonéticas y en la estructura, libre de signos gramaticales de puntuación, y (por momentos) cercana al monólogo interior de Joyce.
Adriana me diría o dolería a muerte
clavada quedo si corro alrededor del mundo
sentada durmiese si viéramos el viento
son frágiles los dueños de mis sueños
cantan ágiles las alas de mis dedos
cuánto riese si doliera mi alma adormecida…
(…)
Bacalar, como en una época la isla nicaragüense de Solentiname, es un manantial de adolescentes y niños interesados en el arte y la literatura, que pueblan con sus duendes el alma de una aldea abierta a la imaginación. Adriana perteneció a ellos y este primer poemario suyo fue tan sólo un paso de colores hacia el Paraíso, un Paraíso hecho de sueños de cristal y de vibraciones humanas.
Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, de Saxofoneando (Premio Internacional de Poesía de La Arena, Perú, 2015), Teje sus voces la memoria (Premio de Creación de Ensayo de la Editorial Dante, México, 2010) y Botas rusas (Premio de Novela Corta de la Fundación MonteLeón, España, 2022).
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