Agustín Labrada
Una adolescente de trece años, una niña judía nombrada Ana Frank, soñaba ser escritora y escribía sus sueños en un diario. La vida de Ana era secreta y humilde, y se limitaba a un pequeño sótano. Sobre el mapa de Europa se cernía entonces la Segunda Guerra Mundial con su espantosa ola de xenofobia, caos y destrucción.
Ana escribió textos de increíble madurez literaria. Los campos, las ciudades, la angustia de la Historia… se plasmaron en el papel con un lenguaje y una voluntad reflexiva que trascendían su condición de adolescente. Cuando se publicaron esas indagaciones, el Universo quedó asombrado, pero ya era tarde: Ana había muerto.
En otro extremo del planeta, al final del pasado milenio y en el sur de México, con su propio drama y también con cierta alegría, irrumpió otra joven escritora llamada Meztli Vianey Suárez Mc Liberty, quien nos advierte desde la primera línea de su segundo poemario Sombra de mi sombra (Praxis, 1993): “No estoy en lo oscuro de mis versos.”
Esta afirmación es una certeza, pues de una punta a otra punta del libro se visualiza su tramoya poética. Pero los poemas, como los peces, suelen reinar tanto en las profundidades oscuras como en las superficies transparentes, sin perder por ello su belleza, adecuada a la circunstancia específica de su entorno y su aureola.
Meztli hurga en escuelas tradicionales y arma su arabesco con piezas del modernismo, las vanguardias, el romanticismo, el coloquialismo y hasta experimenta con estrofas orientales, como el fino haikú. Ella dosifica esa amalgama (sin darle sentido neobarroco) y crea un híbrido no carente de riquezas metafóricas y emoción.
Según el editor Carlos López: “La calidad poética de Suárez Mc Liberty es memorable. Sus imágenes, su profundidad, su dialéctica de lo lúdico, son características notables. Fondo y forma ejecutados con maestría, sus poemas son un torrente vital. Sombra de mi sombra refleja la cosmogonía y la dualidad eterna.
Aunque excesivo, este juicio sintetiza el espectro general de un libro que aborda un registro temático que va desde la aprehensión del paisaje hasta el cuestionamiento ontológico del ser, del juego gráfico a la conceptualización de la vivencia. Ella no está, son sus palabras, y las palabras se ajustan con oficio, como los tejados de una maqueta.
La fugacidad del instante y el desgarramiento de matiz filosófico con que inicia se armonizan en un ritmo perfecto, logrado por la combinación polimétrica del verso libre: “Yo escribo / no sé si estas palabras dicen la verdad (…) mi vida se perderá en el viento.” A la vez, la escritora no consiente que el clima de tensión se exceda e introduce cápsulas de humor a través de ingenuos recursos vanguardistas.
Mi lápiz saca la lengua,
tose;
él me pegó la tos.
“Achú! ¡Achú!”,
gritan los minutos aplastados y verdes.
El frío es culpable.
Hay que encerrarlo entre paréntesis.
La reflexión no llega a ser solemne, pese a la incertidumbre enunciada en diversos textos. La conciencia de lo efímero se evidencia en poemas alegóricos a la poesía (“El lirio es un espejo”, “Veo, me asombro…”), donde esta es transformada en signos que cruzan por dominios humanos y escapan a su estado original y misterioso: la libertad.
Miro la belleza de un tigre;
como la bestia, el tiempo la agota.
Cansada, se detiene y otea el horizonte;
se pierde en la niebla de esta hoja,
huye de mí o de aquel que intenta matarla,
se oculta en el ámbar de la noche, bebe…
Asegura la escritora española Carmen Nozal: “En Sombra de mi sombra, el lector puede crear y recrear su propia historia porque la autora nunca nos impone el punto final. Nos propone los puntos suspensivos que permiten a la memoria viajar hasta el país donde habitan los años más leves. Sombra de mi sombra nos deja en la duda…”
Esa fluidez discursiva, que disminuye la gravedad del contenido, se obtiene gracias a una hábil puntuación que se acentúa en una amplia polirritmia. La densidad se atempera también al introducir esquemas refrescantes (caligramas, haikú) que son algo más que versos de “simple querer lírico”, a la manera propuesta por Mirtha Aguirre.
Tocan la puerta,
mi corazón responde
si viene el alba.
Llora la lluvia,
naufragan en sus ojos
barcos hundidos.
Pero más que esas estocadas poéticas de fuente nipona –donde se enredan meditación y dibujo–, la heterodoxia rítmica llega a su cúspide en “El colibrí”, que se desliza en una suerte de oscilación sinfónica, de gimnasia verbal; y, además de esas exploraciones sonoras, la experimentación lleva a una renovada sensorialidad.
El colibrí que flecha flores
y flancos del invierno
con frías flechas
y flechas puntos de vista
sobre mi corazón que canta y alegra
a su prójimo confeso en comunión con tres sílabas
el colibrí en el nido del libro
sigue su vuelo y no sabe adónde emigra…
La duda que alude Carmen Nozal puede localizarse en miles de poemas, pues la poesía, aunque entre otras cosas es un medio de conocimiento, casi siempre ha recurrido al lenguaje figurado para su manifestación. Sombra de mi sombra fondea en ese territorio, sostenido en poemas puntales y uno que otro desgarrón en el idioma.
Meztli Vianey Suárez Mc Liberty nos entregó el inventario de sus juegos y en cada uno cruzó por la filosa navaja que entraña la combinación de vocablos en lengua castellana, ejercicio que devino en figuras tropológicas ya impresas para el juicio del tiempo, que para ella fueron y quizás aún son verdades y caminos.
Sobre su casa y su pueblo no se derrama el viento de la guerra, como sobre el refugio de Ana Frank, pero la paz (siempre tan relativa) contiene sus conflictos, como el desafío de la joven poetisa ante la página en blanco en la búsqueda de esos espejos que suelen ser los poemas, donde la vida adquiere una dimensión mítica.
Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, de Saxofoneando (Premio Internacional de Poesía de La Arena, Perú, 2015), Teje sus voces la memoria (Premio de Creación de Ensayo de la Editorial Dante, México, 2010) y Botas rusas (Premio de Novela Corta de la Fundación MonteLeón, España, 2022).
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