Agustín Labrada

La memoria del hombre se halla en la cuerda que teje y desteje sin quebrar tras el paso de cada generación por el mundo. Sin Historia, no hay pasado. Sin pasado, no hay herencia y estaríamos en el principio. Cada cultura guarda su epopeya que justifica y delinea lo épico de su origen.

¿Qué es, si no, El cantar del Mío Cid? Un canto heroico que testimonia la raíz espiritual de España. Pero junto, incluso antes, el pueblo cantaba las jarchas, esos cristales poéticos con que alegró sus largos días. Ambos son sedimentos de identidad que sostienen al Quijote.

El tronco es la imagen del árbol, aunque en su cuerpo valen igual hojas, ramas, frutas y hasta las flores más sencillas. La Historia es un río alimentado por otros ríos de desigual tamaño. He ahí la magia del poeta: penetrar con un haz de fonemas los círculos de esos afluentes.

Voces sin tiempo, conjunto narrativo del maestro de Lengua Maya Javier Gómez Navarrete, publicado por el Instituto Quintanarroense de la Cultura, retoma esa vertiente enraizada en la literatura oral indígena no muy distante de la europea en su imaginación y sus destellos éticos.

El propio autor admite que sus trece cuentos no son más que recreaciones estéticas de diálogos sostenidos con cazadores, chicleros y pescadores de Quintana Roo. Leyendas que, pese a sus enunciados míticos, son convencionalmente legibles, pues la fantasía se dosifica en el coloquio.

El ámbito legendario y la diafanidad cotidiana se entremezclan sin superposiciones en alianzas que, fuera del contexto lingüístico, no señalan una temporal cronología. De modo que, al margen de los procesos sociohistóricos de Occidente, la imaginería maya se estanca en sus raíces.

Algunos textos son apenas anécdotas literaturizadas que, sin crear tensiones ni conflictos de fondo, se insertan en un único estilo tradicional que sorprende, pues en medio de la posmodernidad es difícil ver un libro que —en un tono tan decimonónico— sea un mosaico pleno de interés.

En la primera parte, los personajes son animales y sus roles cumplen una función didáctica, a la manera de las fábulas más antiguas de Europa y África. Es inseparable el propósito moralizante y su repercusión en las conductas individuales que integran la ética de la comunidad.

De ello se desprende el valor socializador y colectivista de estas historias, que parecen escritas para niños, tanto en el lenguaje, donde se manejan conceptos y metáforas de fácil decodificación, como en la ingenuidad de las fabulaciones y la simpleza con que se definen el mal y el bien.

En el resto de las piezas narrativas, cruzan hombres de campo que van trazando sus destinos mediante un áspero dibujo rural, anegado de fantasmagorías y de realidades, de lides entre claridades y tinieblas que esquematizan su universo. Cada cuento es una puerta abierta a variadas dimensiones.

No obstante, el libro padece de cierta adjetivación ceremoniosa que en determinadas parcelas crea otro nivel de lenguaje, intercalado al léxico conque se narra, sin que sea un propósito estilístico del autor. Esto atenta contra el proyecto de unidad logrado antes en el nivel temático.

Ninguna leyenda es particularmente poética. La poesía se trasluce en destellos ornamentales, pese a su atmósfera primitiva y su arraigo onírico. En esa balanza, pesa más el contenido que las herramientas lingüísticas usadas para narrarlo. Es decir, el qué se dice sobre el cómo se dice.

Aún así, Voces sin tiempo es una experiencia digna en el ejercicio de la escritura y el reflejo de una sensibilidad que se ancla en un arenal de palabras con las que Javier Gómez Navarrete retiene tradiciones campesinas, que podrían desaparecer entre las uñas insaciables de la globalización.

Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, de Saxofoneando (Premio Internacional de Poesía de La Arena, Perú, 2015), Teje sus voces la memoria (Premio de Creación de Ensayo de la Editorial Dante, México, 2010) y Botas rusas (Premio de Novela Corta de la Fundación MonteLeón, España, 2022).

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