Acucioso estudio sobre las novelas Claudio Martín, vida de un chiclero (1938), de Luis Rosado Vega, y Chicle. Ensayo de novela del trópico mexicano (1951), de Enrique Vázquez Islas, centradas en la explotación despiadada del Territorio de Quintana Roo.

Por Norma Quintana

(Primera parte)

Entre 1938 y 1951 se publicaron dos novelas que fijan su atención en el Territorio Federal de Quintana Roo. Ambas adoptan como tema la problemática de los trabajadores forestales en las selvas del sureste: Claudio Martín, vida de un chiclero (1938) de Luis Rosado Vega, y Chicle. Ensayo de novela del trópico mexicano (1951), de Enrique Vázquez Islas.

Si la narrativa peninsular, que había llevado a sus páginas el conflicto de la Guerra de Castas y con él parte de la historia del futuro Estado de Quintana Roo, giraba en la órbita del romanticismo y tenía como presupuesto ideológico el contrapunto civilización vs barbarie, esbozado desde mediados del siglo XIX por Domingo Faustino Sarmiento en su Facundo para explicar las causas de los desajustes socioeconómicos latinoamericanos, las novelas producidas después de la Revolución mexicana comienzan a plantearse como núcleo conceptual el problema de la lucha de clases.

El proceso revolucionario generó todo un ciclo narrativo a través del cual puede seguirse la compleja y contradictoria evolución de los acontecimientos que desplazaron del poder a la oligarquía porfirista para instalar en él, finalmente, a la burguesía nacional. Las obras a las cuales nos referimos, aunque gestadas en medio de esta contingencia histórica, nunca han sido tenidas en cuenta por los estudios hechos acerca de la llamada “Novela de la Revolución Mexicana”; acaso por haber sido consideradas obras menores, pero principalmente por tratar sobre un asunto que no encaja en los aconteceres característicos de aquel proceso social y por tener como escenario el lugar aislado y “afuera” de todo por excelencia. Semejante a otras tantas ocasiones, al Territorio de Quintana Roo los hechos que convulsionaron al centro y norte del país no le llegaron sino como en un eco, aunque a la larga tuvieran serias consecuencias en él, como el hecho de haber sido desintegrado por dos veces durante ese lapso.

No obstante, dichos textos fueron creados dentro de una tónica que se aproxima a las preocupaciones de la novela social de los años treinta. Dentro del ciclo novelesco aludido, existe una línea narrativa vinculada a los intereses del movimiento obrero que ha dado en llamarse “novela de tendencia proletaria” y cuyo máximo exponente fue José Mancisidor. Aunque el escenario de este tipo de novela es esencialmente urbano y las obras a las cuales hacemos referencia se desarrollan en medio de la selva tropical, a sus autores les interesó más que nada exponer el problema de los trabajadores del chicle y con ello se acercan de cierto modo a las inquietudes de esta dirección temática dentro de la “Novela de la Revolución”. En otro sentido, y aun cuando no tocan directamente el tema del indio y de la tierra, el hecho de denunciar el poderío económico y la desenfrenada explotación extranjera del suelo mexicano en las zonas selváticas del sureste, a merced del capital estadounidense, coloca a estas obras dentro del orden de las preocupaciones que vertebraron la novela nacional revolucionaria, vinculada ideológicamente con movimiento político reformador y antimperialista de Lázaro Cárdenas.

Durante este lapso (1929-1950), fase última de la Revolución, el movimiento obrero se radicaliza, se funda el Partido Nacional Revolucionario, las organizaciones sindicales progresistas fundan la Confederación General de Obreros y Campesinos de México; se efectúa el Congreso Nacional de Unificación del movimiento obrero, del cual se deriva la creación de la Confederación de Trabajadores de México y a partir de 1934, con la llegada de Cárdenas a la presidencia, se inicia todo el movimiento de nacionalización y expropiación de empresas extranjeras, cuyo golpe maestro fue nacionalizar la industria del petróleo. La gestión gubernamental de Cárdenas marca el punto más alto de la evolución revolucionaria y su empeño de reformador propició un equilibrio dentro de las luchas clasistas.

Fue el presidente Cárdenas quien devolvió su integridad al Territorio, y fue su política respecto de la organización obrera la que cambió el panorama de las explotaciones chicleras y madereras en Quintana Roo; pues, aunque la idea de crear cooperativas ya había sido puesta en marcha desde finales de los años veinte[1], fue decisiva la orientación anti-extranjera del gobierno para dar fuerza y respaldo a este movimiento frente a los manejos de las compañías explotadoras.

El escritor yucateco Luis Rosado Vega.

Sobre esto, de manera más o menos implícita, tratan las obras mencionadas y sus autores, que no eran quintanarroenses, pero tuvieron estrechos vínculos con el territorio y conocieron a fondo sus problemas, se hicieron eco de todo aquel complejo de ideas progresistas para llevar a sus novelas un fragmento de la realidad nacional ignorado por la literatura de la etapa, concentrada en el centro del país y en sus conflictos. Pertenecen, pues, a una producción literaria periférica que vuelve su mirada hacia la zona salvaje, solitaria, tropical de México, y describe un universo más parecido al de las plantaciones centroamericanas y caribeñas, al de las explotaciones caucheras en las selvas de América del Sur: la “tierra caliente”.

Tal vez por las singularidades descritas, mientras la narrativa “clásica” de la Revolución buscaba sus propios y nuevos caminos expresivos para dar forma a contenidos inéditos y expresar orgánicamente la dinámica de los acontecimientos históricos, estas obras se aproximan más y buscan asidero en la llamada Novela de la Tierra, tendencia que definió el perfil de la narrativa latinoamericana, su primera fase coherente, entre 1920 y 1930.

Condicionada por factores históricos, sociopolíticos y culturales, esta forma de creación se basó en la exaltación de los rasgos más típicos de nuestra realidad y estuvo precedida por un largo período en el cual imperaron los cánones del romanticismo, el costumbrismo, el realismo y el modernismo. Fue una fórmula, un modo de concebir el hecho novelesco que buscaba acceder a la legitimidad a través de elementos que lograran dibujar una metáfora, un símbolo de lo nacional y a veces, en sus sueños más ambiciosos, de lo americano. Las novelas emblemáticas de esta tendencia fueron La vorágine (1924), del colombiano José Eustasio Rivera; Don Segundo Sombra (1926), del argentino Ricardo Güiraldes y Doña Bárbara (1929), del venezolano Rómulo Gallegos.

Para bosquejar esa imagen de lo auténtico nacional, estos autores pusieron en la mira a aquellas regiones aisladas: llanos, sierras, la pampa y, sobre todo, la selva. La selva destructora, llena de mitologías… su trágica leyenda y, sin embargo, tan fascinante. Estos desolados territorios acapararon la atención de los escritores y se revelaron al mundo como fuerzas poderosas que regían el destino de quienes se aventuraban a penetrarlas —indios, llaneros, gauchos, caucheros, chicleros— hombres habituados a la violencia que, fundidos en el paisaje, compenetrados con su espíritu, parecían ser una más de sus ciegas fuerzas, incapaces de relacionarse humanamente en ese universo ajeno y hostil.

Estas soledades salvajes fueron el centro generador de una intensa corriente significativa que en su momento pretendió desnudar los factores elementales, primarios, de lo telúrico y con ello explicar el carácter del hombre “auténtico” de nuestro continente.

Pero los “narradores de la tierra” querían, además, dar respuesta a los aspectos más angustiantes de la realidad latinoamericana a través de un gesto de denuncia. Ese tono contestatario estaba abiertamente definido en los temas y en el tratamiento que a ellos se les dio. Los objetivos inmediatos fueron testimoniar el estado de invalidez social y desentrañar las raíces puras de la existencia nacional descifrando los códigos de lo telúrico, y respondían a la necesidad de documentar los hechos que les imponía la realidad de la época, cuando la conciencia nacional comenzaba a ver con mayor lucidez las consecuencias de la dominación neocolonialista, cada vez menos sutil y más descarnada en su penetración económica y política. Así, el problema social fue materia obligada en esta novelística que denunció, a su manera y con sus recursos, todas las formas de la explotación dominantes: el plátano, la mina, el caucho, el petróleo, el salitre.

El escritor venezolano Rómulo Gallegos.

Son estos rasgos y particularidades los que convierten a la Novela de la Tierra en el modelo ideal para aproximarse a la cuestión de la selva quintanarroense; ello se hace muy visible en el libro de Rosado Vega y algo menos en el de Vázquez Islas, bastante posterior, diferente en su concepción general y en su lenguaje, pero impulsado a la larga por inquietudes ideoestéticas semejantes y portador de conceptos sobre la relación del hombre con su entorno, que son deudores de muchas de las ideas expuestas por aquella narrativa.

[1] Pueden verse los artículos publicados por Ramón Beteta a raíz de su visita a Quintana Roo en 1929, luego reunidos en Tierra de chicle, donde ya se habla de las cooperativas chicleras del territorio.

Norma Quintana Padrón (Pinar del Río, Cuba, 1956). Funge como catedrática en la Universidad Autónoma de Quintana Roo y es autora de los poemarios Éxodos, Memoria de mis días, y De pólvora y jazmines, así como de numerosos ensayos, artículos de fondo y reseñas críticas sobre literatura y artes visuales, con énfasis en la historia literaria del Caribe mexicano.

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