Paola Pastrana

Estaba sentada en las ramas de ese árbol que casi cae sobre el pantano. Un poco más y se vuelve parte de él. Era tarde para ir a nadar, pero las convencí de ir. El atardecer estaba cocinándose desde hacía media hora y ellas decidieron marcharse. Les pedí que charlaran contigo y, sin querer, siempre sin querer, te dijeran donde estaba yo, sólo para ver si venías.

Se marcharon y me quedé sentada. Mi vestido blanco estaba hecho un asco, parecía gris. El olor del pantano era soportable después de estar sumergida unas dos horas en él, hasta parecía que yo había apestado así toda la vida. Miraba el atardecer y sus colores, te recordaba. Ya iba a bajarme del árbol cuando alguien, no vi quién, me pagó en la cabeza.

Cuando desperté, tenía la boca amordazada; las piernas y los brazos, atadas; los ojos, vendados. Intenté mover las piernas, pero las sentía como de pescado y algo estaba amarrado a ellas. Una roca. Me esforzaba por pensar, pero el dolor de cabeza no era precisamente una ayuda. ¿Una piedra atada a mis piernas?

Comprendí algo en el momento en que me levantaban y me tiraban al pantano. No sentí la luz del sol, tomé lo que pude de aire antes de que el agua helada me sorprendiera. El vestido se enredó con mis largos cabellos y la venda, que cubría mis ojos, se perdió. Intenté nadar, pero la roca me mantuvo en el fondo.

No vi nada, ni oí nada. Pura sensación.

Miro hacia arriba y no veo gran cosa. La silueta del árbol y algunos arbustos por ahí. El agua está roja en la superficie, deduzco por los rayos del sol, y verde donde me encuentro. Mi largo cabello me impide mirar hacia arriba, pero tiro de él con mi cabeza, a pesar del dolor y el cansancio. Intento zafarme de mis ataduras en las manos para poder desenredarme, pero nada sucede. Nada funciona. Me falta el aire y ya me estoy rindiendo.

Miro arriba de nuevo y veo una silueta. Mi corazón late agitado. Sé que eres tú. Sé que no podrás verme, así que pienso rápido para hacerte alguna señal. La que sea. Me sacudo con todas mis fuerzas para crear burbujas, pero no salen como espero. El fango se levanta y me cubre el vestido, es baboso y seguro apesta.

La única salida es mi último recurso, lo que me mantiene viva: el aire que aún queda en mis pulmones y que me permite pensar un poco. Tengo que soltarlo cuando esté segura de que estás mirando o estará todo perdido. No tengo tiempo, el sol se está ocultando. Intento descifrar tu silueta para soltar el aire en el momento preciso, pero ya no puedo esperar más, así que lo hago cuando estás de perfil y las burbujas perturban la superficie.

Volteas en el momento preciso en que las burbujas explotan en el aire… La cabeza me duele más y sé que es el fin. Morir ahogado es doloroso, lo leí. Mi cuerpo, por reflejo, desea inhalar el aire que no hay en el agua, y así lo hace. El dolor entre las cejas me hace gritar y mi grito provoca unas burbujitas débiles.

Miras las burbujas, me miras, y tu cuerpo se estrella contra la superficie del agua, pero has llegado tarde. Yo ya lo veo todo desde arriba. Sacas mi cuerpo del agua e intentas infundirle vida, y presionas mi pecho y soplas en mi boca, pero no va a funcionar. Parezco un fantasma empapado y lleno de algas, pero aún así abrazas mi cuerpo con ternura.

Paola Pastrana (Chetumal, México, 1990). Textos suyos han aparecido en diferentes publicaciones, se dedica al diseño.

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