Vicente Gómez

Conocí a Agustín Labrada en su paso por Villahermosa. Jóvenes éramos todos. Creí que era como esos extranjeros que vinieron alguna vez a Villahermosa dejando a su paso una larga ristra de amorosos recuerdos y una leyenda. En el primer caso, Labrada no fue la excepción. En el segundo, prefirió hacer su leyenda más hacia el Sureste. Una de las cosas que no le gustó de nuestra ciudad fue la ausencia de mar. Mar. Esa breve palabra que abarca tres de las cuatro partes del mundo.

Pasó el tiempo. Un día supe que estaba más allá, cerca del mar, en otro estado de la península. Lo vi luego en algún encuentro de escritores: ya poeta, ya autor, ya tallerista, ya una personalidad en ese lugar cerca del mar. Entonces, traté de retomar eso que no sé si llamarlo amistad, pero que rayaba en la apreciación, creo que mutua.

Leí sus poemarios La vasta lejanía, Saxofoneando, El tesoro en la mirada. Dice la ficha de la novela que acabo de leer que su obra figura en muchas antologías alrededor del mundo. Siempre supe que lo lograría. Por lo mismo, diré que tengo una deuda de honor que saldar con Agustín Labrada y que ahora mismo voy a hacerlo.

En algún instante, me envió un ensayo que escribió sobre el autor Leonardo Padura. Lo leí también con interés, pero lo mío-lo mío es la novela. Por eso, mucho me sorprendió encontrar que había publicado una con el recreativo título de Botas rusas. Aquí se desborda la nostalgia de una edad pasada en una ciudad cubana en la que Héctor, el alter ego, quiero suponer de Agustín, lucha por mantener la vertical ante la invasión del mundo de los adultos.

Claro, las novelas que escriben los poetas —pienso en Una sombra donde sueña Camila O’ Gorman, de Enrique Molina, o en Café de nadie, de Arqueles Vela— están escritas poéticamente. Si no, pase la vista por estas páginas donde la generación de Héctor avanza, por eso que llaman adolescencia, derechito a esa otra tierra que se llama adultez. No es un tránsito agradable. Héctor ve morir sus ansias, aún no ideales, en una desdichada sucesión de percances.

En Botas rusas, el novelista se desprende del desalado tercer sujeto verbal, el infaltable Él de los escritores menos hábiles, y acude al más inmediato segundo sujeto, el agudo Tú. No estamos acostumbrados a tal pericia. Labrada salta el escollo muy bien, al fin escritor formado en la sensitiva cúspide con que aparecieron en la narrativa Fuentes, Pacheco, Elizondo, quizá con el que guarda más similitudes.

Labrada forja una historia vertiginosa que surca las fantasías del joven Héctor Montiel que no sabe cómo defenderse de esos amañados territorios de la política. La generación del autor fue hija de la Revolución cubana, esa familia que se volvió disfuncional a medida que todos crecían. Los adultos que lucharon por el país, para 1970 o principios de los ochenta, ya eran adultos mayores. Los que nacieron en la década siguiente eran unos niños, niños que fueron puestos a jugar a los soldados. A nadie le gusta jugar a la fuerza.

Estos niños ven cómo el mundo adulto se sirve con una cuchara grandísima lo mejor del puchero; perdón, del ajiaco. Ellos comen lo que cae de la mesa. Héctor mira la degradación de los mayores. Cuando cae en lo mismo, es cuando se rebelan sus ansias. Botas rusas es la novela del nacimiento de los ideales, esos que se enquistan en la mente formando el carácter.

Todo pasa rápido en Botas rusas, apenas en tres semanas. En ese tiempo el protagonista cae, se levanta, cae, se levanta… así hasta el final de la novela donde el lector deberá entender cuál es esa última añagaza del azar: ¿ascenso o caída? Sí, Agustín Labrada dio en el clavo. Forjó una historia pletórica de recuerdos, de odios, de avances y retrocesos que hoy trae hasta nosotros la fundación de un nuevo episodio ante la caída o el ascenso de su país o del nuestro.

Mención aparte merece el soundtrack de la novela. No pude menos que entender que, siendo de esa generación, nuestra música debería ser la misma. Los nombres de Donna Summer, Gloria Gaynor, Rafaela Carrá, Celia Cruz, Nicola Di Bari, Demis Roussos, Paul Anka, Elton John, Barry Manilow… componen esa música que marca los primeros golpes en la fiesta, los primeros bailes, los primeros besos.

Labrada dirige una orquesta mental que acompaña al lector que no podrá menos que, de ser de nuestra edad, soltar una o dos lágrimas o, si es menor, querrá enterarse de esos que cantaron letras con sentido, de esos que convirtieron el sueño en realidad, aunque los adultos —todos representados por la familia, los maestros, los policías, los corruptos—, como tigres, vinieron por la noche a comerse nuestros sueños.

Botas rusas emprende un viaje hacia lo que no fuimos porque nos rebelamos. Bueno, lo hizo Héctor. El muchacho siente vergüenza de esa patria liberada de la que después se adueñaron los que buscaron prebendas y consuelos. Mire cuánta cosa hace pensar un libro.

No puedo dejar de señalar que mucho debe esta novela a sus hermanas en la Literatura. Pienso en Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz, o En el cielo con diamantes, de Senel Paz. También en La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, o en El guardián en el centeno, libro que encuentra Héctor/Agustín en la casa de su novia, libro escrito por J.D. Salinger.

Botas rusas puede unirse a este canon sin ningún problema, y, para que no falte México en la lista, puedo acomodar De perfil, de José Agustín, o Gazapo, de Gustavo Sáinz.

Muy buena novela, muy dramática o cómica, que de todo tiene la vida así como la Literatura.

Vicente Gómez (Villahermosa, México,1964). Narrador, dramaturgo y locutor. Son algunos de sus libros Las puertas del infierno, Cuentos con las vocales, Eroticón Plus y Para un ambiente sin hombre.

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