Agustín Labrada

Las estructuras periodísticas son, como las literarias y las cinematográficas, configuraciones por donde fluyen las historias del mundo. Algunos estetas consideran a los géneros periodísticos como formas inferiores de la escritura, pero autores como el estadounidense Truman Capote, el mexicano Vicente Leñero y la italiana Oriana Fallaci, entre otros, han legado a la humanidad obras periodísticas cuya riqueza anecdótica y estética limitan con la alta literatura.

Para el escritor uruguayo Eduardo Galeano, todos los géneros del periodismo (menos la nota informativa) admiten en su artesanía la posibilidad de alcanzar dimensiones artísticas. El estudioso español Gonzalo Martín Vivaldi afirma: “Son literatura tales géneros en cuanto valen, no sólo por lo qué dicen, sino por cómo lo dicen.” Cuando comparten la misma solidez fondo y forma, el escrito rebasa su efímera condición noticiosa.

Programado para matar, libro de la maestra Lilí Conde Medina, el testimonio doloroso de un recluso parricida, ideado formalmente como una extensa entrevista donde lo más intenso no es su disposición estructural, sino el contenido que desnudo de retórica- podría ser la sinopsis de una novela neopoliciaca o de un filme sensacionalista de Hollywood.

El libro es una conversación fluida, dispuesta entre un prólogo —pródigo en citas filosóficas— y un epilogo verosímil de happy end. La entrevistadora, en función de la cronología narrativa, usa el método heurístico pedagógico para hilvanar —a través de la técnica de pregunta y respuesta— el relato coherente del entrevistado. Las interrogantes, generalmente edulcoradas, se articulan como guías y puentes de fusión dentro de la historia.

El testimonio, como en las mejores noticias, comienza en el clímax. El joven David, drogado y conflictuado sicológicamente, asesina a su madre lesbiana y déspota y a la amante de esta, en la isla de Cozumel. Es el año de 1985 y David encuentra en la violencia una puerta de salida para tantos sentimientos encontrados, que fueron labrando su interior desde la infancia. David frisa entonces los 24 años.

“Mi historia es enredada. Nací en Cali, Colombia, en el seno de una familia rica. Mi abuelo, quien era un mafioso, amasó una considerable fortuna. Era dueño del hipódromo de la ciudad, hombre de caballos y cacerías, amaba las apuestas, los riesgos, la matanza de animales en los campamentos que organizaba para disfrutar con sus amigos de la abundante fauna de la Amazonia. Mi madre lo adoraba. Eran muy parecidos en el carácter, según supe después.”

Este recuerdo del recluso David Díaz Granado puede ser el principio de cualquier narración con pretensiones novelescas. A lo largo de la entrevista, afloran giros más o menos literarios, tanto en el lenguaje como en el acoplamiento sintagmático. Ello se explica si valoramos que el personaje —por soledad o por miedo a sus demonios síquicos— halló en la lectura un cálido refugio y de ella bebió sus caprichosos moldes de comunicación.

Las remembranzas biográficas, siempre en tonos grises y desnudos, dan cuenta del matrimonio de la madre de David con un laborioso bacteriólogo de quien se divorcia tiempo después, le secuestra sus hijos pequeños (David y Marcela) y escapa con ellos y Estela, su primera pareja homosexual, a los Estados Unidos. David crece en Los Ángeles, aprende inglés como su idioma natural, y vive en círculos hostiles: la casa y la ciudad.

En la escuela, enfrenta las absurdas pugnas (aún latentes) entre fracciones étnicas: gringos blancos, latinos, asiáticos y negros. Dado su origen colombiano y sus facciones europeas no halla cabida en ninguna pandilla (estilo angelino de supervivencia) y tiene que ganar a golpes su admisión, como los mitológicos caballeros medievales que desafiaban a los dragones como prueba de amor o de lealtad.

Las calles se dibujan con crueldad, y en la casa, él y su hermana son víctimas de castigos, humillaciones y programaciones sicológicas letales por parte de su propia madre y su segundo amor lesbiano: Brigitte. El ritual va desde amenazas verbales y encierros en cuartos desolados hasta el abuso físico y la degradación moral. David es un niño traumado que, a los siete años, con el consentimiento de su madre, prueba la marihuana.

Al entrar en la adolescencia, se enreda definitivamente en la droga y aun así sus resultados académicos resultan satisfactorios. Las experiencias hogareñas son cada vez más traumáticas: la madre intenta quemarlo, le mata con un rifle a su conejo-mascota, el muchacho contempla con ojos atónitos una orgía sáfica…, se torna paulatinamente más distante la comunicación entre madre e hijo.

Con su tercera pareja, la madre de David emigra a Costa Rica y se dedica al tráfico de drogas, artesanías y esmeraldas. David ingresa en la marina en California, conoce Japón, Filipinas y Hawái, donde practica el surfeo con éxito y tiene una dinámica vida sexual. Un breve matrimonio con una muchacha costarricense y el retorno a la marginalidad norteamericana conforman su currículum hasta el asesinato.

David relata así lo sucedido: “Entré en un estado de pánico, estaba bajo los efectos del LSD. Cerré toda la casa y comencé a dar vueltas como león enjaulado. No recuerdo cuanto tiempo transcurrió hasta que me enfrenté a la realidad. Tenía que desaparecer los cuerpos. Recordé que había en el patio una zanja como de tres metros de profundidad y ahí las sepulté. La vida siguió su curso: el trabajo, las llamadas telefónicas de mi hermana y de otras amigas. La respuesta a todas era la misma: Se fueron a Colombia.”

Un mes más tarde lo retiene la policía y ensaya con él diabólicos mecanismos de coerción sin lograr que confiese su culpa. Vaga así de prisión en prisión, y una tarde se le aparece un hombre elegante y canoso que dice ser su padre, quien mantiene luego una correspondencia de tres años con David. En el juicio, el joven es condenado, de acuerdo con la legalidad mexicana, a 24 años tras las rejas.

El nuevo hábitat le sirve a David para desintoxicarse y descubre otras ocupaciones: el levantamiento de pesas, el trabajo manual y la lectura, especialmente libros de sicología y literatura universal. En el gélido Cereso de alta seguridad de Monterrey sostiene un acercamiento amoroso con una joven sicóloga, David se involucra hasta el punto de caer en crisis cuando ella (sin transición) desaparece de su existencia.

Lilí Conde gestiona el traslado del recluso a Chetumal y en esta cárcel sureña culmina su ajuste psicológico de personalidad, y se especializa en oficios: entrenador deportivo, mecánico de bicicletas, urdidor de hamacas. En los calabozos sórdidos de Cozumel es visitado antes por la hermana de su abuela, quien le confiesa fragmentos terriblemente oscuros de la niñez y la adolescencia de su madre, que marcaron para siempre su actitud amarga.

Tres hechos claves suceden al final del libro: David logra vencer sus laberintos sicológicos y alcanza la paz de su conciencia, le conceden la libertad por su correcto comportamiento y le telefonea con intenciones de reencuentro la sicóloga de Monterrey. Melodramático, pero real. David Díaz queda libre el 19 de noviembre de 1994, bajo los auspicios del gobernador Mario Villanueva Madrid.

No dudamos de la veracidad de la autora, pese al final rosado de lo escrito, pues el “destino” personal de David se suma a la incertidumbre posmoderna que celebra la muerte del milenio. Pero David es un sobreviviente de sus naufragios y quien conozca a fondo los lados oscuros de la moneda, querrá fluir en sus bordes más claros, que simbolizan la victoria de la vida sobre el abismo.

Al margen de estas especulaciones hay que reconocer la valentía y la ética de la periodista, quien indagó hasta la semilla de una historia que día tras día se multiplica (en su faz epidérmica) en el amarillismo informativo de los diarios, pero pocos descienden en busca de las causas y cuestionan a los disímiles culpables: la familia, la escuela, la sociedad, llenos todos de prejuicios impuestos por la economía de mercado, la televisión comercial y los valores burgueses.

Lilí, sin embargo, no investigó para escribir un libro que la lanzara a la fama y desde ella olvidar al protagonista. Tan sólo hizo público uno de los tantos testimonios que ha conocido durante los arduos años que ha dedicado desinteresadamente al servicio de los reclusos de la cárcel chetumaleña. Su acción, materializada en infinitas pruebas, la pueden constatar en cualquier tribuna los mismos presidiarios.

El libro contiene, además, otras anécdotas, impresiones y recuerdos de David Díaz, situaciones de corrupción entre autoridades carcelarias, pasajes pintorescos del campo delictivo, juicios morales y una colección de fotos del artista Jorge Couoh, donde la maestra aparece realizando labores altruistas dentro del penal. El libro es un homenaje al trabajo práctico, cotidiano y eficaz que se rige por una óptica donde importa, sobre todas las cosas, la esencia del ser humano.

David, quien no pertenece a la ficción, comparte con nosotros en estas páginas un ápice de su voz. No creemos que su conducta haya sido totalmente intachable como testifica la maestra, pero es evidente que su contacto y comunión con otros seres y visiones le hicieron madurar y aferrarse a una opción optimista, y entonces aquí cabe, con toda justeza, la cita que escribe Lilí del poeta Amado Nervo: “El amor es un Lázaro infinito, cuando apenas ha muerto, resucita.”

Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, de Saxofoneando (Premio Internacional de Poesía de La Arena, Perú, 2015), Teje sus voces la memoria (Premio de Creación de Ensayo de la Editorial Dante, México, 2010) y Botas rusas (Premio de Novela Corta de la Fundación MonteLeón, España, 2022).

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