Carlos Martín Briceño

Para Olga Duda

Vi Deseo por la mujer madura cuando tenía diecisiete años. El teatro Rex, en el que solían proyectar cine europeo, quedaba a dos calles de la preparatoria y era fácil escaparse de la última clase para alcanzar la función de las siete. Nunca tuve problemas para entrar a las películas para adultos. El encargado de la puerta no se preocupaba demasiado por ese detalle.

La historia transcurría en el París de la posguerra. Era la vida de un muchacho que seducía viejas elegantes y adineradas. Casi al final de la cinta descubre con angustia que le es imposible sentirse atraído por las mujeres jóvenes. Termina atrapado en su propio juego al enamorarse de una anciana que, después de acostarse con él, lo abandona.

Aquella tarde salí incómodo del cine: no podía quitarme de la cabeza la imagen de esa vieja vestida de seda y mink levantándose con pudor la falda para facilitar el cunnilingus. De vuelta a casa, pensé que esas cosas sólo ocurrían en las películas.

Agosto de 1998

Mon cher gamin:

Anteanoche, mientras revisábamos Le Monde, decidí volver. Hallar en la misma página la fotografía de un niño yugoslavo mutilado por las bombas y a Brigitte Bardot presidiendo una cena en beneficio de la fauna siberiana, me llenó de coraje y nostalgia por Europa. Fue una señal. Quince años, Arturo, sin que esta vieja ponga un pie en su tierra, es demasiado tiempo. Aunque soy polaca, sabes del enorme cariño que le tengo a Francia, a París, a su gente y a todo lo que me la recuerde. Pero a la Bardot… Adoro los abrigos de piel (es una de mis debilidades) y un mink es el único recuerdo que conservo de mi padre, el último regalo que recibí de él poco antes de que se lo llevaran. Yo iba a cumplir siete años. Nunca más supe de él.

¿Alguna vez te hablé de papá?

Era un hombrón calvo de ojos grises y grandes manos. Su enorme boca sonreía siempre con la satisfacción de tenerlo todo bajo su cuidado. Parece que lo estoy viendo: sacándome sobre sus hombros del refugio en pleno bombardeo: ¿Ves todas esas luces a lo lejos? No les tengas miedo, es una lluvia de estrellas.

¿Cómo iba yo a temer después de escuchar algo así de sus labios?

¡Pasamos tan poco tiempo juntos! Mamá siempre le reprochó su obsesión enfermiza por la fábrica: “Algún día, Frank, querido, te vas a arrepentir por  no haber estado más cerca de tu hija.”

Cuánta razón tuvo.

La tarde que fueron a buscarlo, yo estaba en la escuela. Sólo alcanzó a dejarme una nota breve (que aún conservo) escrita con letra de rasgos temblorosos. Recuerdo la angustia de mi madre al entregármela. Me negué a aceptarlo. Eso no podía estar sucediendo en mi familia; preferí imaginar a papá en un largo viaje. Esa misma noche, la fábrica de cerillas fue embargada, y mamá, llena de pánico, decidió que debíamos partir de inmediato a Francia con sólo lo que llevábamos puesto. Yo elegí el mink.

Te parecerá extraño, pero siempre había soñado con tener uno. Todos los días lo admiraba en mi camino hacia el colegio. ¡Qué importaba si era necesario desviarse y caminar unas cuantas calles de más! A esa edad, las distancias y el tiempo carecen de relevancia. El día de mi cumpleaños, papá fue la primera persona en saberlo. “Olga, hija, ¿un mink a tu edad?”, preguntó asombrado, “¿qué les espera a los hombres cuando crezcas?”

Recuerdo a la propietaria del almacén tratando de disuadirme. Imagínate: cambiar mi abrigo por una “linda muñeca que abre y cierra los ojos”. Fue inútil. Por eso aquella tarde salí feliz de la tienda, del brazo de papá, con la prenda puesta.

Yo creí, Arturo, que la vida en Francia iba a ser como en Varsovia. La noche que las sirenas anunciaron los primeros bombardeos, salí de la casa. Quería disfrutar otra vez del espectáculo. Con la mirada en el cielo recorrí el barrio hasta, agotada, caer dormida en el quicio de una puerta. Al amanecer, vi una multitud reunida alrededor de un monumento en llamas. Corrí presurosa. ¡Por fin iba a tener la oportunidad de ver un astro de cerca! Todavía me estremezco al recordar la escena: no estrellas, nada más cuerpos cercenados.

Seis años pasé en silencio después de aquella visión. Fue mi forma de huir de la guerra. En ese estado aprendí francés sin ayuda, se me agudizaron los sentidos, gocé del placer que la soledad brinda. Quizás por eso nunca pude soportar la vida en pareja. Inventé amigos. Solía charlar con ellos durante horas acerca del libro que estuviera leyendo: Les miserables, Nana, Les fleurs du mal, Boul de Suif… Resultó pequeña la biblioteca de la escuela para la petite polonaise muette.

Pensaron que nunca más volvería a hablar, pero la madrugada en que entraron los norteamericanos a la ciudad, decidí que ya era suficiente. Afuera, la guerra había terminado; hablar era una manera sublime de celebrarlo.

Tengo miedo, Arturo, no te lo puedo ocultar; no después de lo que hemos vivido juntos: miedo de que me suceda lo que a la mayoría de los exiliados: morir sin haber vuelto a mi país o, peor, volver y desconocerlo… ¡Qué ganas de probar una buena sopa de pimienta! ¡Cómo añoro caminar por el parque que rodea el palacio de Laziencki! Ha de haber quedado casi en el centro de la ciudad. Varsovia ha crecido tanto.

En un apartado a tu nombre en la oficina de correos he dejado mis libros. Soy demasiado vieja para andar cargando cosas. Recógelos. Ellos y esta carta son lo más valioso que puedo entregarte. Llevo solamente lo indispensable: una maleta con algo de ropa, la fotografía de nuestra noche y mi abrigo.

Recibe un beso,

Olga

Méndez Irabién, nombre extraño para un barrio. Aquí es sinónimo de calles anchas, residencias afrancesadas construidas en los años cuarenta, árboles viejos cuyas raíces destruyen las aceras de concreto en un afán por recuperar el mundo que fuera suyo.

Las seis y media, el sol está por ocultarse y ando en busca de una casa  marcada con el número 306: el domicilio de Olga Wajda. El silencio es roto por el concierto de los pájaros a punto de retirarse a sus nidos. Es la hora en que los miopes vemos con mayor dificultad. Es la hora —me enseñaría a decir después Olga— entre chien et loup. Llego a la dirección. Un letrero de lámina clavado sobre la pared, a la derecha de la puerta  principal, anuncia: “Clases de francés. Grupos pequeños”. Sonrío: está ante mí la oportunidad de cubrir el último requisito del ansiado puesto diplomático en Europa.

El exuberante jardín del frente casi impide que los transeúntes distingan el aviso. Trato de abrir, pero la pequeña reja está cerrada con candado. No hay por qué desesperar. Una mujer me ha visto —supongo se trata de la maestra—y se dirige hacia mí, llave en mano.

Olga Wadja es una mujer mayor que conserva en el ánimo el espíritu de los adolescentes. Habla sin parar y ríe con frecuencia. No es robusta, pero las carnes de las mejillas y los brazos le cuelgan flácidas. Es difícil aburrirse con ella. Estudió Filosofía e Historia del Arte y ha vivido en más de ocho ciudades del mundo. A veces, la conversación le emociona; entonces gesticula y abre cuanto puede sus ojos azules que normalmente permanecen dormidos bajo el grueso vidrio de los espejuelos.

La casa de Olga invita al sosiego. Abundan plantas en macetas de barro distribuidas por todos los rincones. Casi no hay muebles. En la sala, una vieja serigrafía de Matisse. El resto de las paredes permanece desnudo. Los techos altos, la luz tenue y el monótono zumbido del abanico eléctrico acompañan nuestra charla hasta medianoche.

En algunas ocasiones tomamos vino. Hablamos de cine, música, literatura. Olga interrumpe cada vez menos para corregir mi acento de alumno alliance française. Las horas de clase transcurren sin darnos cuenta. A Olga le brillan los ojos cuando llego. La entero de mi vida. Le comento que escribo cuentos y se emociona. A tu edad, me confiesa, solía hacer poemas.

Transcurridos ocho meses, siento conocer a Olga desde siempre. Ahora preferimos leer poesía en voz alta en lugar de conversar: La buena canción, de Verlaine; Una temporada en el Infierno, de Rimbaud; y Palabras, de Prévert, son mis libros preferidos.

Cuando me siento fatigado, le pido que traiga Le Monde o mejor a Hugo Pratt para sumergirnos en las aventuras de la bande dessinée. Guiados por Corto Maltese las horas chez Olga transcurren ágiles al borde del Amazonas.

Esta noche, su cumpleaños coincide con la clase. Todo es tan natural. Olga, vestida de seda y mink, me espera con un merlot excelente. De la cocina, zona privada de la casa, llega un delicado olor a mar y hierbabuena. Salmón a la Wadja, comenta con orgullo. Cenamos en silencio. Sólo se escucha el tintineo de los cubiertos y la honda voz de Charles Aznavour en el tocadiscos. Nuestras miradas se entrecruzan varias veces. A la hora de la mousse au chocolat Olga trae consigo una cámara fotográfica y una botella fría de vodka polaco. Levanto mi vaso para brindar y la luz del flash me ciega por unos instantes. Tenemos tanto en común que no se sorprende cuando le ofrezco el brazo para bailar. Suave, con caricias, más erguida que de costumbre, ella se aprieta a mi cuerpo que responde al suyo, a la música, al murmullo de la noche. La velada es larga. No hay que hacer nada más que dejarse llevar, ser conducido por esa sensación extraña, sumergirse en la marejada de esa fantasía reprimida, por tantos años, de hacer el amor con una mujer madura.

Nuestra relación se mantiene después de esa noche y, aunque nunca más tenemos sexo, yo ya no puedo verla de la misma forma. Varias veces falto a las clases; perdí interés por el idioma. La última sesión del curso, mientras revisamos Le Monde, creo descubrir en su mirada un brillo de tristeza.

No me sorprende encontrar la casa de Olga abandonada: era el desenlace esperado. Pregunto por ella a la vecina.

¿La francesa? Regaló sus pertenencias a la viuda de aquí al lado. ¿Usted es Arturo Durán? Le dejó esta carta.

Levanto la vista hacia el cielo rojizo: es la hora entre chien et loup.

Carlos Martín Briceño (Mérida, México, 1966). Narrador y reseñista literario. Entre sus obras figuran la novela La muerte del Ruiseñor y los libros de cuentos Al final de la vigilia, Los mártires del Freeway y otras historias, Caída libre, Montezuma’s Revenge

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