Carlos Torres

(Segunda parte)

Ateniéndonos a este dolorido testimonio, así como a la lógica más elemental, podemos asegurar que la Lenore de “El cuervo” no es otra que Virginia, la esposa de Poe, avizorada ya como muerta en 1943, año de la redacción de este poema, tanto por los poderes adivinatorios del vate (el que vaticina) como por cierto fatalismo en el autor, derivado de la historia familiar y de los límites de la medicina en ese tiempo.

Pero entonces, ¿por qué el protagonista de “El cuervo” se nos muestra incapaz de poder abrazar a Lenore en el ultramundo? ¿Por qué pregunta antes si hay un bálsamo en Judea que le proporcione el olvido de su amada y con ello pueda eliminar su dolor? Porque el autor se siente culpable de esa muerte.

Cuando Virginia contaba con 12 años de edad y vivía junto con su madre en Baltimore dentro de la miseria, pues su abuela, de cuya modesta pensión dependían, acababa de morir, estuvo a punto de ser adoptada por un acomodado pariente de la línea Poe. Ante tal perspectiva, un joven Edgar Poe que ya había experimentado modestos, pero vitales éxitos literarios y ya consciente de que su colaboración en publicaciones periódicas redundaba en sorprendentes incrementos del número de suscriptores, pero también a sus veintiséis años ya conocedor de los transportes del láudano que le ocasionaron problemas laborales, además de visiones proféticas; y, sobre todo, un Poe ya consciente de ese desarraigo esencial con el mundo social que corresponde a todo intelectual, pero acentuado en él por la ruptura con su tutor, su precoz orfandad, la pérdida de otros de sus parientes más cercanos, y especialmente alejado de la trivial o inocente mundanidad por sus aspiraciones artísticas, que tendían hacia primeros planos por su sólida formación intelectual en colegios ingleses; un joven Poe, pues, caracterizado por la confluencia de estos factores de muy diversa y contradictoria índole, le escribe en 1835 a su tía, la madre de Virginia, desde Richmond, esta carta que implica una petición de mano:

“Mi muy querida tía:

“Las lágrimas me ciegan mientras le escribo esta carta y no deseo vivir ni una hora más. Su carta me ha llegado en medio de la tristeza y la ansiedad más extremas, y ya sabe usted lo mal que soporto el peso de la desgracia. Mi peor enemigo me tendría lástima si pudiera leer mi corazón. Mi último asidero en la vida, el último de todos, se me escapa. No tengo ningún deseo de vivir y no viviré. Pero he de cumplir mi deber. Amo, usted lo sabe, amo a Virginia apasionadamente, devotamente.

“No puedo expresar con palabras la devoción que siento por mi querida primita, por mi prima querida. Mas, ¿qué puedo decir? Oh, póngase en mi lugar, pues yo soy incapaz de pensar. Todos mis pensamientos están acaparados por la suposición de que tanto la una como la otra preferirían ir a casa de Neilson Poe…”

El escepticismo actual no dejará de notar un chantaje moral en esta carta, lo que quizá refute el hecho de que María Clemm, en cuanto madre de Virginia, optó por la felicidad de su hija antes que por las tribulaciones de su sobrino, al cual había protegido durante una de las temporadas más menesterosas de Edgar Poe, ello dentro de una pobreza considerable si atendemos el detalle de que en aquella ocasión (1831) una familia compuesta por María Clemm, Virginia y su hermano Henry, ambos niños, y William Henry, alcohólico y tuberculoso, hermano de Edgar, y este, dependían todos ellos casi exclusivamente de la precaria pensión (20 dólares al mes) de la madre de María Clemm, mientras esta ayudaba al sostenimiento del clan con trabajos elementales y la cual, desde un plano estrictamente moral, viene a ser la verdadera heroína de esta historia de amor y de horror.

Unos meses después de que muere Virginia, Poe publica “Un soneto / A mi madre”, cuyos tercetos rezan:

Mi madre, mi propia madre, que murió tempranamente,

no fue sino la madre de mí mismo, pero tú

eres la madre de la que yo tanto amé,

 

Y así eres más querida que la madre que conocí,

por esa infinitud con que a mi esposa

la quiso más mi alma que a su propia vida.

María Clemm, en cuanto mujer de entereza extraordinaria, pudo ver a profundidad el valor espiritual de su sobrino, del cual existen diversos testimonios aparte de su obra literaria, los cuales también dan fe del papel maternal que María Clemm desempeñó respecto de Edgar Poe. Sin embargo, si bien podemos considerar, adentrándonos aunque sea con dificultad en un alma tan ejemplar como la de María Clemm, que ella no tenía nada que perdonarle a Poe, porque tal vez dentro de la psiquis de ella sólo operaba la comprensión piadosa del mundo, la que relega todo enjuiciamiento de las personas a los poderes metafísicos que gobiernan la realidad. Lo cierto es que Poe sí se sintió responsable de la muerte de su esposa, quizá no tanto por sus incursiones en el láudano, sino por afrontar los imperativos de una vocación artística que, en su caso, dada su elevada formación intelectual, le exigía expresarse con tanta calidad formal y con tal profundidad filosófica, que sus contemporáneos vieron en él más a un excéntrico que a un escritor representativo de la entonces novedosa sociedad de masas; y ello implicó para Poe una existencia pletórica de penurias económicas, al grado de que uno de los dueños de las diversas publicaciones que Poe hizo prosperar expresó con cínica inocencia que no le pagaba más a Poe porque sus escritos eran demasiado buenos. Charles Baudelaire, traductor y divulgador de la prosa de Poe en Europa, cita la impresión de Nathaniel Parker Willis, director del New York Mirror, al conocer a María Clemm:

“La señora Clemm —apunta Baudelaire— buscaba trabajo para su querido Edgar. El biógrafo (Willis) dice que se sintió sinceramente conmovido, y no solamente por el elogio perfecto, por la apreciación exacta que hacía de los talentos de su hijo, sino también por toda su apariencia externa, por su voz dulce y triste, por sus maneras un tanto anticuadas, pero bellas y nobles. Y durante varios años —añade— vimos a esta infatigable servidora del genio, pobremente vestida, ir de periódico en periódico para vender a veces un poema, a veces un artículo, diciendo a veces que él estaba enfermo —única explicación, única razón, invariable excusa que ella daba cuando afligía a su hijo uno de esos periodos de esterilidad que sufren los escritores nerviosos— sin permitir jamás que sus labios soltaran una sílaba que pudiera interpretarse como una duda, como una disminución de confianza en el genio y la voluntad de su bien amado.”

El caso es que Poe, en 1843, tal vez influido por alguna reciente ingestión de láudano y/o por otro vómito de sangre de su esposa, avizoró la muerte de Virginia (acaecida en enero de 1847) y sintió sobre sí toda la responsabilidad. Virginia sólo tenía trece años de edad cuando, en 1836, se casó con Poe. De ahí el desahucio espiritual que observamos en el protagonista de “El cuervo”, que pregunta fervorosamente si podrá abrazar en la vida ultramundana a Lenore pero ya sabe la respuesta, tanto por la dinámica reiterativa del estribillo “nunca más” como por esa “corriente subterránea de pensamiento, no visible, indefinido”, que para Poe constituye una de las dos premisas básicas de “la poesía verdadera”; la otra premisa es “cierta determinada dosis de complejidad, o más propiamente, de combinación”.

Justamente en este marco teórico se inscribe la pregunta que precede a la de si le será posible a ese abatido ser abrazar a Lenore: si hay un bálsamo en Judea que le otorgue el olvido. Evidentemente, el autor se refiere a la posibilidad de que el perdón eclesiástico, vía la confesión, el arrepentimiento y la penitencia, arranquen de su pecho el estigma de la culpa. Que esto no sea posible lo explica la concepción religiosa que tenía Poe, la cual podemos localizar en su cuento policial “El misterio de Marie Rogêt”, donde además comprobamos que la absurda excusa de la prestigiada casa editorial Harper, de Nueva York, para no publicar un libro de cuentos de Poe (que eran textos “demasiado científicos y muy místicos”) era completamente cierta y que hoy constituye uno de sus más apreciados atributos; excusa que unas décadas después, ya muerto Poe, no le impidió a la casa Harper pagarle 30 mil francos a Gustave Doré por ilustrar una edición lujosa de El cuervo. En fin, la explicación teológica de ese desahucio espiritual que le impide al protagonista de este poema redimirse bajo los cánones religiosos dice así en “El misterio de Marie Rogêt” (escrito entre noviembre de 1842 y febrero de 1843; es decir, entre el primer vómito de sangre de Virginia y la composición de “El cuervo”):

“Ningún hombre que piense podrá negar que la naturaleza y Dios son dos. Que este último, al crear la naturaleza, pueda controlarla o modificarla según Su voluntad es incuestionable. Digo ‘según su voluntad’, ya que es una cuestión de voluntad y no, como se supone en un extravío de lógica, de poder. No decimos que la deidad no pueda modificar sus leyes, pero la culpamos por imaginar una posible necesidad de modificación. En su origen, estas leyes se crearon para abarcar todas las contingencias que podrían surgir en el futuro. Con Dios todo es presente”.

Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.

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