(Fragmento de novela inédita.)

Mario Pérez Aguilar

Me permitieron hacer una sola llamada antes de encerrarme. No lo dudé ni un segundo y le marqué a Marcelo desde el penal. Mi amigo se sorprendió de mi situación, se preocupó muchísimo y a los cinco días me mandó al abogado Ramón Sampson, otro viejo amigo del pueblo. Cuando llegó, se sentó en una de las sillas frente a mí, en el área de visitas del reclusorio, y recordé de inmediato su fisonomía de siempre con esa cara de burro cansado y acezante.

«Hola, Ramón», le di la mano.

«Hola, Macario», me apretó en serio con esas manazas de negro que tenía.

«¿Te acuerdas cuando gané las carreras de carros en el parque de Los Caimanes? Tú, creo, ibas en tercero y sufriste aquel accidente que te partió el estómago y tuvieron que llevarte al hospital. Marcelo entró en segundo», sonreí.

«Claro que lo recuerdo muy bien, amigo. Ya han pasado tantos años. Qué lástima que ahora tenga que verte en estas circunstancias…, pero debemos darnos prisa porque en estos momentos el tiempo es oro. Cuéntame todo, Macario. Es muy importante saber cómo sucedieron las cosas.»

«¿Quieres saber toda la verdad, Ramón?»

«Por supuesto.»

«Pues aquí te va la historia de un hijo de la chingada. Apunta.»

Empecé a hablar.

«A ese hombre debían haberlo metido a la cárcel desde hace tiempo por todo lo que hizo. Yo no supe qué pensar cuando lo vi por primera vez haciendo aquellas cosas. El pueblo no sabía lo que estaba sucediendo en su propia casa, porque nadie pudo ver siquiera la sombra de un testigo. Yo sé muy bien de lo que hablo, Ramón: inició con mi madre, se siguió con mi hermano y terminó con mi hermanita. Y yo lo sé porque, aunque nunca se dio cuenta o quizá sí me vio pero no supo ni quién era, estuve en casa desde siempre y conocí a mi madre desde que tuve uso de razón, aunque él me haya ignorado.»

«Muy bien, Macario. Dime todo, describe hasta los mínimos detalles que recuerdes. Tu testimonial será muy importante en el juicio.»

«Todo lo recuerdo muy bien, Ramón. Empezó por mi madre cuando aún no nacíamos. Era una niña de quince años y él tenía veintitrés. Se casaron y estuvieron viviendo aquí, en este nuestro pueblo de Chetumal. ¿Te acuerdas?, era casi un rancho, un caserío, poca gente, las maderas de las casas crujían por el calor y parecían romperse en la época de la canícula. Un pueblo lleno de un humor soporífero con vientos alisios y tercos en barlovento…

«De algún modo sigue siendo igual, algunas casas más y muchas de ellas de cemento y ladrillo. Las de madera se han quedado para la historia. Pero en los años sesenta lo que abundaban eran las cantinas y burdeles, tú lo has de recordar. Las putas de todas partes del mundo eran la diversión y esos eran los lugares que prefería mi padre. Esa era su vida, su estancia en la tierra, mientras mi madre se deshacía de tristeza sentada a su mesita comiendo sola, lavando ropa, planchando los pantalones…

«En cuanto entraba en la casa, después de haber estado en la cantina, arremetía contra ella con un lapo devastador. Él no me veía, o no quería verme, porque nunca se interesó en mí. A lo mejor el material de mi cuerpo, mi forma, mi estatura diminuta… no llamaban su atención; bueno, la misma estatura de él. A pesar de las golpizas, mi madre nunca se fue. ¿Qué mujer en aquel tiempo dejaba al marido en un pueblo perdido de la provincia mexicana, frontera con Honduras Británica, Ramón? Ninguna. La cultura era de soportar: ‘Es tu cruz, hijita’, le decían sus padres, mis abuelos…

«Entre putazos y bofetones, le gritaba que le sirviera de comer. Ella, apurada, servía la comida y asentaba los platos sobre la mesa porque él ya estaba ahí, esperando. Entonces, empezaba a comer como un demente, como un desquiciado. No comía, devoraba. Regaba la mitad de la comida sobre la mesa y el piso. Terminaba en un abrir y cerrar de ojos mientras ella, de pie, esperaba para coger el plato, volver a la cocina y llenarlo de nuevo. Él volvía a tragar. Cuando quedaba satisfecho, si ya no tenía ningún interés de seguirla golpeando, se iba a la hamaca, se quitaba la ropa y se tendía en calzoncillos. Pero si se le ocurría despertarse a medianoche, volvía a sentarse a la mesa y volvía a tragar. Luego se acostaba. Tal vez para él la vida debía de ser eso, una porquería, y a mí me enseñó esa porquería de vida muy bien y cada vez me animó a tomar el camino que tomé.»

Ramón Sampson se apresuraba a anotar en su libreta. Había dejado el portafolio un poco por debajo de la mesa, entre sus pies, y se dedicaba a escribir y a tomar agua de un botellón que había llevado.

«Fue un misógino de mierda, Ramón. ¿Que no se daba cuenta que en el fondo odiaba a las mujeres? El hecho de irse todos los domingos con las putas era únicamente para encubrir su mariconería. Hay personas que piensan que gentes como él, muy educadas con los demás, caritativas, buenas con todo el mundo son un alma de Dios, pero no se dan cuenta de lo que en realidad encubren. Porque por lo que yo vi, sé, que aunque tenía muchos amigos en el pueblo, la gente en verdad lo apreciaba y lo había convertido en un símbolo de ayuda a la comunidad, pues se rozaba con los políticos, todos ignoraban lo que tenía escondido en casa…

«Eso de las borracheras y los golpes a mi madre los domingos se hizo costumbre. Yo que estuve en casa desde siempre, en esa casa que él construyó con sus propias manos, sé que construyó también, en paralelo, un infierno desquiciante; un infierno cerrado y ajeno a los demás en el que nos hizo de su propiedad. En ese infierno, aun con el odio entripado, fuimos sagaces para sobrevivir. Y aunque hoy estaré en mi caluroso cuarto del Centro de Reinserción Social, es decir, del Cereso del pueblo, sólo pienso que mis hermanos, mi madre y yo ya somos libres…

«Corrió riesgos al andar esos caminos con sus pasos infaustos y, sobre esa cuerda floja, caminó como si nada. Me pregunté muchas veces si se dio cuenta de los peligros en los que andaba, y he pensado que si así fue, eran más poderosos sus impulsos denigrantes. Ella, mi hermanita, lo sentía, lo olía, nerviosa, porque se lo estuvo haciendo por varios años; ella lo siguió permitiendo, no halló cómo remediar los embates. Pero sé también que empezó por otros caminos hasta llegar a ella. Todos los habitantes del pueblo ignoraban las circunstancias en las que mi madre había quedado embarazada. Ellos no sabían nada, ni siquiera su compadre John se imaginaba porque para él su compadre era un alma de Dios con los demás. Apenas salía a la calle con sus amigos y su compadre estaba dispuesto a ayudar a todo el mundo, apoyar en la construcción de las casas y curvatos, a tender líneas eléctricas y cavar fosas para instalar la tubería para el agua potable, a todo eso ayudaba porque el pueblo era como un mundo reciente en el que hacía falta todo, tú lo has de recordar, Ramón.»

«A ver Macario —me interrumpió el abogado—. Sí, recuerdo todo eso. Vas bien, pero necesito que empieces por el principio. Me has estado hablando de cosas que tú viste de tu padre, pero me parece que das bandazos en el tiempo. Trata de ser progresivo en lo que me cuentas, paso a paso. Intenta ordenar tus ideas y los tiempos en que fueron sucediendo los hechos.»

«Está bien, lo intentaré —le dije y proseguí—. Era una época de restricciones y carencias. Al pueblo se llegaba a duras penas por una terracería imposible desde Mérida. Desde otros sitios sólo podía llegarse por barco. Tú lo sabes, Ramón, vivimos juntos esas carencias cuando éramos niños y jugamos entre los charcos y el lodo. La casa era un infierno. Entre las paredes de madera y las láminas de zinc del techo, mi padre hacía florecer su imperio: mi madre golpeada y mis hermanos ultrajados. Sólo nosotros sabíamos lo que pasaba: desde los golpes a mi madre y las reprimendas de mis abuelos hasta los denigrantes ataques a mis hermanos…

«Muchas veces llegó, devoró la comida y se acostó por unas horas. Luego se levantó y, desnudo, todavía borracho, acudió al cuarto de mi madre a presionarla para que se desnudara: ‘¡Eres mi mujer y haces lo que yo diga!’, le gritaba. Ella temblaba y entonces él se envalentonaba más: le gritaba con fuerza que no se tapara porque quería estar con ella, quería verla desnuda, que le hiciera sexo oral, que le tocara sus partes porque para eso era su mujer. ‘¡Debes satisfacer a tu marido, desgraciada!’ Ella temblaba de miedo teniéndolo de pie desnudo junto a su cama…

«Recuerdo que la golpeaba, le sangraba la boca, la hería en los brazos. Ella gritaba desesperada que la dejara en paz y entonces su reacción era la de un demente: ‘¿Qué dices? ¿Estás loca?’ Y venía la lluvia de golpes, de bofetadas. Sin importarle, la montaba, la maniataba con los brazos hasta que ella sucumbía a sus fuerzas. La penetraba, jadeaba de manera aberrante, gemía como un animal hasta venirse. A veces hasta lástima me daba porque no duraba ni tres minutos y terminaba bufando como un imbécil. Se paraba de nuevo, le echaba una mirada que no era ni de odio ni de amor ni de placer ni de nada, y así como había llegado se iba a seguir roncando en la hamaca de su cuarto…

«Así fue siempre aquello en casa, Ramón, así quedó embarazada mi madre y así nacimos los tres. No fue por actos de amor, ni siquiera por relaciones sexuales: nacimos de los impulsos bestiales y primitivos de un demente…

«Y las leyes en ese entonces eran una porquería, como lo son hasta ahora, y la justicia era una ilusión, porque las personas como él, que muestran una cara pero que en realidad tienen otra, son las más malditas, y pueden, con una máscara, encubrir la verdad. Por eso ahora sólo de pensar lo que hacía me invaden agudos escalofríos. Escalofríos que, sin embargo, no me hacen ni me harán sucumbir en la semioscuridad de mi celda, porque mis sentimientos desde ese tiempo se quebraron y desaparecieron.”

Mario Pérez Aguilar (Chetumal, México, 1954) es economista y escritor. Ha publicado las novelas Los artificios del agua turbia, Tercera llamada, Por aquí se dan muy bien los muertos, Las mujeres del profesor y Luna menguante, historia de un asesinato, así como los libros de cuentos El motivo de Benjamín y La historia que viene, este último en coautoría con Bertha Orozco Rochín.

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