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Literatura | David Huerta: un poeta que se eterniza en su obra: “Este es el país de los aullidos…”

El poeta, ensayista, traductor y académico, falleció a los de 72 años el pasado 3 de octubre.

 

Por Agustín Labrada

 

La muerte de David Huerta abre un dolor en el paisaje literario de América Latina, pero, afortunadamente, lo sobrevive su obra, una obra publicada en libros y antologías, en revistas y periódicos y también en la red, que queda al alcance de los lectores del futuro.

En ese rumbo, la noticia triste de su fallecimiento, lejos de inspirar el olvido del poeta, como el de tanta gente que se va cada día, motiva a leerlo e indagar en libros como El jardín de la luz, Cuaderno de noviembre, Huellas del civilizado, La rosa primitiva

David, como hijo del connotado poeta mexicano Efraín Huerta, parecía estar destinado a la escritura desde la infancia, y eso le abrió muchas puertas en los ámbitos editoriales y literarios, donde puso de manifiesto su talento y su visible e inquieta creatividad.

Ensayista también, marcó sus intereses políticos en la izquierda, dijo sentirse identificado con las causas populares y ser parte del movimiento juvenil de 1968. Su poema “Ayotzinapa” trata sobre una masacre perpetrada por el gobierno contra estudiantes.

“Todo lo que escribió sobre los desaparecidos nos hará mucha falta como conciencia crítica de nuestro tiempo. David siempre estaba presente, listo para decir lo que fuera necesario frente a la oscuridad que reina en el mundo”, afirmó el escritor Benito Taibo.

El caso Ayotzinapa: Cuatro años de dolor e incertidumbre - The New York TimesNo hubo piedad para la luz / en lo más hondo de la desesperanza / dolía esa tarde de miedo”, escribió Huerta sobre la matanza de Tlatelolco, y después diría a un periódico: “México es un panteón de muertos, hay una violencia increíble que llega hasta la capital.”

Julio Trujillo, por su parte, dice sobre David: “Uno solo de sus libros e incluso uno solo de sus poemas exige de sus lectores la máxima concentración para poder apreciar la capilaridad, el poder alusivo, la intertextualidad y la concentrada imaginería que ofrece.”

Huerta estudió Letras Inglesas en la Universidad Nacional Autónoma de México y obtuvo reconocimientos como Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, el Premio Nacional de Ciencias y Artes, y el Premio de Excelencia en las Letras José Emilio Pacheco.

Fungió como editor de la Enciclopedia de México, director de la colección de libros Biblioteca del Estudiante Universitario, secretario de redacción de La Gaceta, columnista de diarios y miembro del consejo editorial de la revista Letras Libres.

Según Cruz Flores: “Meditó Huerta en muchos lugares de su obra que la muerte de un poeta lleva sus palabras a un nuevo horizonte. Su trabajo en particular tiene un sentido radical de la vida: sus poemas breves se hermanan con sus obras extensas y su crítica.”

Se cumple ahora su augurio: los versos de David se abren a un nuevo horizonte, tras su pérdida física, pues el arte concebido con rigor trasciende las fronteras del tiempo, aunque a veces las zonas temáticas se restrinjan a puntos específicos de la historia.

Autor de más veinte libros de entre ensayo y poesía, expresó en su poética —esculpida entre la tradición y la vanguardia— las angustias sociales de México, sin que por ello el discurso se tornase panfletario, en tanto se sustenta por un linaje de hondo lirismo.

Según la revista Nexos, “…se trata de una obra llena de asombros, terrores, revelaciones y reflexiones sobre la naturaleza del lenguaje” y el propio Huerta llegó a declarar a El Universal: “Un poeta está hecho, en buena medida, por los poetas que lo precedieron.”

Ese escritor, que asimiló el pasado de la poesía y escribió con las renovaciones de su generación, es hoy reconocido por la crítica literaria, sus colegas del gremio y, sobre todo, los lectores como un poeta relevante que transparentó mucha autenticidad.

Las realidades, con sus diversos rostros, nunca son ajenas a los verdaderos creadores. Transcribir esos entornos, a veces aciagos, fue lo que hizo el autor de El vaso del tiempo y El cristal en la playa, con su apasionante estilo, con sus ojos que acusan.

Duele la partida de un ser sensible, cuyo capital simbólico se vuelve colectivo, como un aguacero torrencial que reparte el agua para todos, aunque unas gotas estén dibujadas para el amor, otras para recordar a la niñez y unas más con figuraciones de pueblo.

AYOTZINAPA

David Huerta

Mordemos la sombra

y en la sombra

aparecen los muertos,

como luces y frutos,

como vasos de sangre,

como piedras de abismo,

como ramas y frondas.

De dulces vísceras

los muertos tienen manos

empapadas de angustia

y gestos inclinados

en el sudario del viento

Los muertos llevan consigo

un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas,

señoras y señores.

Este es el país de los aullidos.

Este es el país de los niños en llamas

Este es el país de las mujeres martirizadas.

Este es el país que ayer apenas existía

y ahora no se sabe dónde quedó.

Estamos perdidos entre bocanadas

de azufre maldito

y fogatas arrasadoras.

Estamos con los ojos abiertos

y los ojos los tenemos llenos

de cristales punzantes.

Agustín Labrada. Escritor de origen cubano residente en Cancún, autor de los poemarios La soledad se hizo relámpago, Viajero del asombro y La vasta lejanía; la antología poética de la Generación de los Ochenta Jugando a juegos prohibidos; los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera, Más se perdió en la guerra, Un paseo por el Paraíso, Seis caminos y Ellas están de paso, y los de ensayos Teje sus voces la memoria, y Padura y el Nuevo Periodismo. 

 

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