Por Ignacio Alonso Velasco

La democracia atraviesa uno de los momentos más complejos de las últimas décadas en América Latina. Lo preocupante no es únicamente el avance de gobiernos con rasgos autoritarios, sino la creciente pérdida de confianza ciudadana en la propia idea democrática.

Durante años se pensó que las elecciones periódicas serían suficientes para consolidar instituciones estables y garantizar prosperidad. La realidad ha demostrado que votar, por sí solo, no resuelve los problemas de corrupción, inseguridad, impunidad o pobreza que siguen afectando a millones de personas en la región.

Los datos recientes son alarmantes. Hace apenas quince años una minoría de países latinoamericanos podía considerarse fuera de los estándares democráticos. Hoy la situación se ha deteriorado significativamente. El fenómeno no responde a una sola causa, sino a la acumulación de gobiernos incapaces de ofrecer resultados tangibles a sus ciudadanos.

Cuando las democracias producen frustración de manera sistemática, surge un fenómeno particularmente peligroso: la desafección política. La ciudadanía deja de distinguir entre malos gobiernos y malos sistemas políticos. El enojo que debería dirigirse contra autoridades concretas termina orientándose contra la democracia misma.

México no permanece ajeno a esta tendencia. La violencia persistente, la polarización política y la debilidad institucional han contribuido a alimentar una percepción de desencanto que erosiona la legitimidad democrática.

En este contexto resulta especialmente relevante la decisión de eliminar nuevamente la reelección inmediata de los cargos de elección popular a partir de 2030. Mientras gran parte de América Latina mantiene mecanismos que permiten cierta continuidad gubernamental, México opta por reforzar un modelo de alta rotación política.

La discusión no debería centrarse en si la reelección es buena o mala en términos absolutos. La verdadera pregunta es si los ciudadanos tendrán más o menos capacidad para exigir resultados a sus gobernantes. Un sistema donde nadie puede permanecer en el cargo también puede convertirse en un sistema donde nadie responde plenamente por sus decisiones.

Las democracias no mueren únicamente por golpes de Estado o rupturas constitucionales. También pueden debilitarse gradualmente cuando dejan de producir bienestar, seguridad y oportunidades para la población.

La gran tarea de nuestro tiempo consiste en recuperar la capacidad de las instituciones para resolver problemas concretos. Porque cuando la democracia deja de ofrecer resultados, inevitablemente comienza a perder defensores.

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