Por Luciano Núñez
No es nada nuevo que los malos han perdido los códigos. Tanto la literatura como el cine nos han mostrado cómo los “viejos delincuentes” organizaban toda una ingeniería del crimen para dejar a salvo a los inocentes. Es decir, sin causar un daño colateral a quienes no han tenido nada que ver en el negocio, porque siempre se trata de un negocio donde la vida es un valor frágil y transable.
Ayer, la Gran Plaza de Cancún fue nuevamente centro de violencia y las sirenas volvían a enfermar el estado de calma de la ciudad turística; y una vez más, esos colores, azul y rojo, mancharon los rostros de los ciudadanos atónicos en esta nueva clase de vida: cada día el aullido de las sirenas nos reclama que este paraíso está cada vez más cerca de la antesala del infierno, aunque algunos políticos nos digan que todo está en 10.
Salvajismo para un niño de 8 meses
Me pregunté y muchos lectores preguntaron a Grupo Pirámide qué había pasado. La noticia era nuevamente el salvajismo del narcotráfico que tomó la vida de tres seres humanos, uno de ellos, de apenas 8 meses de vida.
Podría escribir mucho sobre esto –y calificar de la peor forma este acto tan inhumano- sin llegar a ninguna respuesta lógica: ¿qué clase de sociedad genera a un ser humano que no le tiemble la mano para acribillar a una familia, aún con un niñito que si siquiera tiene conciencia de lo que pasa?
Cancún presenta mayores niveles de violencia por el altísimo grado de consumo de drogas y alcohol. Y todavía hay quienes reclaman la proliferación de templos y ven con buenos ojos la instalación de nuevos casinos porque generará nuevas fuentes de empleo.
Hace unos años me tocó reportear la muerte de un niño de 12 años acribillado al lado de su padre cuando circulaba en una camioneta. Me incliné a pensar que el asesino no había advertido la presencia del menor, oculto por su tamaño en la parte del acompañante, con la esperanza de que un ejercicio tan salvaje no haya discriminado el objetivo. Preferí pensar que un acto tan violento había tenido un error de cálculo, y que ese asesino no quiso eliminar a un inocente. Esta vez, no creo en un error tan grave.
Me pregunto por esos sicarios: ¿recibieron alguna formación espiritual alguna vez?, ¿tuvieron acceso a los más básicos valores?, ¿Alguien alguna vez les explicó qué es el prójimo?
En Cancún hay muchos padres y madres ausentes del hogar donde el estado y los cultos deben llegar para cubrir ese vacío. ¿Es necesario que la educación privilegie las capacidades técnicas de un humano y olvide los más básicos principios morales para vivir en sociedad?
Son muchas preguntas y pocas respuestas para este domingo tan triste después de la sinrazón de saber que la vida de un niño ha sido apagada por esta inacabada violencia que no obedece a códigos ni a autoridades.
Se sabe que una sociedad debe medirse por el trato que profesa a sus niños y los sectores más vulnerables; y la respuesta está en los colores que han pintado de horror y violencia nuestras vidas…



















