David Lara Catalán

 

Los rasgos esenciales del pensamiento crítico, de acuerdo con Matthew Lippman y Margaret Sharp, refieren a que es un pensamiento basado en criterios, sensible al contexto y auto-correctivo; lo cual, mediante una pedagogía basada en que el proceso de aprendizaje es responsabilidad de cada uno de nosotros.  Permite que el usuario del pensamiento crítico cuente con las herramientas para argumentar, contrastar ideas, ponderar puntos de vista, realizar deducciones e inferencias y, particularmente, reconocer en el diálogo la mejor herramienta para saber si sus aseveraciones pueden ser ratificadas o rectificadas, es decir, la capacidad de auto-corregir sus pensamientos y, en sentido ulterior, su cosmovisión.

Culpar a todos

No es asunto menor esto del pensamiento crítico y asumir que cada uno de nosotros es responsable de nuestro propio proceso de conocimiento. Sobre todo, si pensamos en una sociedad que tiende de manera consuetudinaria a culpar a todo y a todos de nuestras propias irresponsabilidades, tanto de aprendizaje, así como de nuestras actitudes.

Usualmente resulta cómodo no usar nuestra propia razón, no atrevernos a preguntar si tal o cual argumento es válido, qué lo sostiene, cuáles son las evidencias que se aportan para decir que X o Y es así o de otra manera. Por tanto, lo más frecuente es observar que en una discusión, incluso académica, los supuestos argumentos con que se entabla una sesuda plática poseen un intrínseco carácter ad hominen. Es decir, antes que nada, se trata de descalificar a la persona antes que comprender las ideas ofrecidas.

Autocorrección

El objetivo primordial de estas líneas consiste en detenerme un poco en la idea del carácter auto-correctivo que posee el pensamiento crítico. En particular este rasgo alude a dos consideraciones básicas, aparentemente simples, pero de gran relevancia en la interacción dialógica.

En principio, si aceptamos que el proceso cognoscitivo es personal, nadie aprende por nosotros, reconocer que nos hemos equivocado en aseverar tal o cual idea sólo es posible mediante el diálogo y la aceptación de que nuestras ideas son susceptibles de réplica, lo cual, de modo directo impacta la siguiente propuesta: no resulta fácil, en el ámbito de nuestro inmenso ego, tener la humildad para aceptar nuestros errores dentro de nuestros argumentos o aseveraciones.

¿Cuál es, por tanto, la finalidad del diálogo? Me temo que en nuestro mundo terrenal es una pregunta retórica. Ya que en gran medida no sabemos dialogar, particularmente, porque es doloroso aceptar que no lo sabemos todo y que además nos equivocamos.

¿Qué construimos en las aulas?

Imaginemos cómo podríamos aceptar que aquel sujeto que es moreno, indio, blanco o amarillo, hombre o mujer, pobre o rico, joven o adulto, podría tener mayor razón en sus argumentos, independientemente de estos rasgos señalados. Sugiero entonces que esto puede ser el origen para entender porque somos una sociedad acrítica e irreflexiva con las consecuencias, propias de tal actitud.

Recorte federal a la investigación científica

Finalmente, no me queda muy claro si el sistema educativo, ese espacio monumental dedicado al aprendizaje, esté contribuyendo a la conformación de sujetos críticos, analíticos y propositivos que tanto se requieren en nuestras sociedades. Y si además se esté favoreciendo el desarrollo de la investigación científica y el desarrollo tecnológico.

Si este fuera el caso, ¿cuál es la finalidad de un sistema educativo que habrá de destinar para 2020 un presupuesto de 807 mil 305 millones de pesos, y en donde la recreación  y el deporte tendrán el mayor crecimiento (55.8% respecto a 2019) y el desarrollo tecnológico y la investigación científica se verá recortado en 55% respecto a 2019?

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibe con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com

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