Por Gabriela Cruz

Cancún, Quintana Roo. Durante la concentración por el 85 aniversario de la Expropiación Petrolera, realizada el pasado 18 de marzo, se quemó una figura de cartón de la presidenta de Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), Norma Piña Hernández, lo que de inmediato escandalizó a las esferas políticas y generó diversos pronunciamientos en contra de lo que fue considerado una manifestación de odio.

“No más acciones de odio. No más violencia de género. México nos demanda más”, exigieron los integrantes del Poder Judicial; al igual que otros ministros y ministras de la Suprema Corte.

De igual manera, el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, se pronunció en contra de la violencia y convocó a sus “adversarios” a “no verse como enemigos”.

“Había hablado aquí que no hay que llevar a cabo esos actos, nada de apología a la violencia. Vernos como adversarios no como enemigos, adversarios a vencer, no como enemigos a destruir”, explicó.

No obstante, desde que Norma Piña asumió la presidencia de la Corte, el presidente Andrés Manuel López Obrador ha lanzado críticas a la ministra.

Sin ser opositora ni seguidora de AMLO, quiero utilizar este ejemplo para reflexionar sobre el ilimitado poder de las palabras.

Las palabras construyen o destruyen, condenan o salvan

Lo que comenzó una serie de críticas en contra de la ministra, ya sea que provengan del propio presidente o de cualquier otra persona, escaló al grado de condena y se manifestó en una clara manifestación de odio, al quemar su figura en una plaza pública.

Parecería exagerado, pero sin estos llamados a la calma y señalamientos en contra de la violencia, lo que seguiría sería un ataque directo en contra de la funcionaria, que podrían ser insultos, empujones, golpes o por qué no, algún atentado individual o colectivo.

Todos los linchamientos comienzan con señalamientos, insultos y terminan con un “¡vamos!”, cuando se trata de convocar al ataque.

Todavía recuerdo cuando un comunicador local dio a conocer el domicilio de un ciudadano ruso, que se había hecho viral en redes sociales por maltratar a una mujer de esta región en una playa pública.

La indignación por el maltrato y claras manifestaciones racistas, desencadenó un intento de linchamiento del agresor en su propio domicilio.

En México, nadie puede hacer justicia por su propia mano y la libertad de expresión está limitada; una de esas limitantes es no incitar a la violencia.

Aunque este año no me tocó escucharlas, era común oír condenas en contra de las manifestaciones feministas, con insultos y amenazas al grado de: “¡Putas!” “¡Que las violen a todas!”

¿De veras? ¿Creen que esas palabras, en mentes básicas y violentas, no pueden generar actos violentos? ¿Será casualidad que horas o días después de las marchas feministas se registren mayor número de violaciones y feminicidios, de lo trágicamente ya habitual?

Reflexionemos sobre nuestras críticas, condenas y sobre todos, insultos y llamados a la violencia. Las palabras crean realidades, que esas realidades no se conviertan en crímenes.

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