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    Opinión | La violencia es el verdadero virus que nos acosa | Isabel Rosas Martín del Campo

    «Hemos sido educados para ser violentos», afirma la columnista de Grupo Pirámide que analiza tópico desde diferentes miradas filosóficas. 

    Por Isabel Rosas Martín del Campo

     

     

    Cancún, Quintana Roo. – Hemos sido educados para ser violentos. Ahora somos violentos por imitación. Desde el campo de la arqueología, la violencia puede entenderse más allá del terreno de la psicología, o de la antropología y de la sociología, o del campo de la medicina.

    Pues arqueológicamente es verdad, el que es violento deja restos, vestigios por ahí, que nos dejan saber sus métodos, incluso, hasta sus pulsiones, muchas de estas aferradas a la muerte como principal motor de su propia creencia de justicia y que es la que precisamente lleva al violento a sus impulsos destructivos.

    Quizá porque con cada acto, sabe que se autodestruye, como si quisiese morirse poco a poco a través del dolor de otros: fuerte, tan fuerte que no es capaz de sentirlo, y por eso lo convierte en placer en un gozo que muy pocos podríamos comprender como un acto que podría serle casi un rito celestial para su locura entretejida en nudos incapaces de alisarse.

    En la obra literaria del Marqués de Sade “Filosofía en la alcoba”, el pervertido personaje Saint Ange —una mujer madura sumida en su lujuria— le refiere a Eugenia —una joven de quince años ávida de aprender de ella—: “la naturaleza nos ha creado de tal modo, que sentimos el placer solo por medio del dolor”.

    René Girard refiere que la violencia puede remitirse a una especie de “rivalidad mimética”. En lo personal creo que esta mimesis se ha viralizado aun más que el mismo virus que nos mantiene a raya, pensando que estamos muriendo por su minúscula célula. Que fácil le viene al hombre culpar a un virus de la muerte y de la violencia que suponen sus formas de atacar a nuestro organismo.

    Cuando es el hombre quien ante esta ridícula mimesis rivaliza su poder. Vivimos entre carteles de droga, de prostitución, de trata de blancas infantiles, de venta de órganos, de secuestros donde entregan a las víctimas en pedazos.

    El poder se imita más que la benevolencia porque los valores positivos no dejan réditos ni ganancias financieras que no sean las de un “gracias” de vez en cuando.; “Hoy las cosas solo adquieren valor si son objeto del deseo de muchos”, por tanto, esta secuela de imitaciones lleva a constructos sociales adictos al conflicto, que, a su vez, producen violencia como un producto de consumo que deja innumerables ganancias. 

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    Y como no tener sociedades rivales si desde la escuela se nos enseña a partir de sistemas educativos por competencias. Donde el compañero de la banca de al lado será tu rival en un futuro o ya lo es, si la dinámica de enseñanza aprendizaje del profesor así lo exige. Se aniquila de muchas maneras a un ser, a un grupo o, a una sociedad entera. Se nos introduce en las aulas como un valor intrínseco de “poder” para escalar.

    Y a esto hay que agregarle que el mundo del adulto verá estás dinámicas en el sistema laboral como un campo de ring; donde hasta la venganza hace su aparición como si en este mundo capitalista de consumismo indigesto, las marcas fueran el blanco perfecto.

    Puesto que, “la economía arcaica de la violencia no está guiada por un principio mimético sino capitalista”.

    Esto garantiza la capacidad de sobrevivencia a cada uno desde su trinchera: el campo laboral, el aula de una escuela, el mercado económico y los carteles. Dejo fuera el gobierno, porque quizá, este sistema de poder esta trasminado en cada uno de estos apartados como vacuna o como virus.

    Para Platón la falsa mimesis suponía una mera copia de la idea, es decir una falta de ser, también lo reprobaba porque, suponía un terrible peligro de la identidad, esto es, que donde todo mundo es el mismo ¿a quién se le acusa?, ¿Quién es el culpable? o, ¿Cómo se identifica?

    Finalmente, hago la aclaración que no tengo fijación por la “violencia” es que leer un pequeñísimo libro de, tan sólo, ciento ochenta páginas, bien merece la pena escudriñarlo a fondo pues cada capítulo que expone es la biografía de un mundo que colapsa.