Por David Lara Catalán
Karl Popper, el gran filósofo de la ciencia, señaló que “vida es solucionar problemas”. Por lo que se deduce una estrecha conexión entre vivir y solucionar problemas, probablemente los únicos que no tienen que hacerlo son los muertos.
Así que vivir es solucionar problemas, a veces pequeños y a veces no tan pequeños. Un problema pequeño puede ser qué carrera estudiar, por ejemplo. Es pequeño si se compara con problemas más grandes tales como qué hacer para vivir en una sociedad mejor organizada y con estándares de respeto y de reconocimiento. En ambos casos existe la necesidad de usar cierto nivel de inteligencia y no sólo acompañar nuestras decisiones con rasgos de frivolidad y de inmediatez.
En su libro “Resistencia, rebelión y muerte”, Albert Camus escribe acerca de la defensa de la inteligencia. Desde luego el contexto en que lo dice es el que refiere a los años de la posguerra, es decir, los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Cito: “Nuestros corazones envenenados deben ser curados. Y la más difícil batalla para ser ganada en contra del enemigo en el futuro debe ser peleada dentro de nosotros mismos, con un excepcional esfuerzo que transformará nuestro apetito por el odio hacia un deseo de justicia”.
Sigo con Camus: “La amistad es un conocimiento adquirido por hombres libres, y no hay libertad sin inteligencia o sin mutuo entendimiento”. Para concluir con Camus, dice él: “(…) Las civilizaciones no están construidas por golpear gente con los nudillos. Las civilizaciones están construidas por la confrontación de ideas (…)”.
Sirva este periplo para sentar dos ideas que me parecen oportunas para nuestro contexto: 1. La vida requiere de soluciones, es decir, solucionar nuestros problemas, públicos y privados, y 2. La solución debe ir acompañada de cierto grado de inteligencia.
En la sociedad global en que vivimos, las brechas que nos separan a los unos de los otros cada día se vuelven más amplias, pueden ser éstas de corte económico, político, salarial, o de género, sólo por citar algunas. En este mismo marco se agudizan temas como el de la falta de respeto y reconocimiento hacia los demás, hacia los diferentes, las razones pueden ser el odio, el miedo, la frustración o la incapacidad de aceptar que existe la diferencia entre todos nosotros, esta incapacidad nos llena de intolerancia, de odio y venganza.
La misma incapacidad a la que me refiero daña nuestra convivencia, la pauperiza y, en consecuencia, en lugar de civilización nos encontramos con grandes dosis de barbarie. No existe marco jurídico que pueda responder ante este contexto de odio. La ley no soluciona problemas intrínsecamente humanos como el de reconocimiento y respeto por uno y por los demás. A veces ni la propia ley; de modo tan paradójico, en el amplio espectro de lo público tan hiper-juridificado, es reconocida como forma que regule y de un sentido más racional a nuestra convivencia cotidiana.
Asentar, por parte de nuestros legisladores, en las diversas leyes que promueven que, incluso, los naturalizados pueden aspirar a ocupar cargos de relevancia en la vida pública, o que las mujeres y los hombres serán respetados en sus derechos, o que ya no habrá más impunidad en el maltrato a los niños y las niñas resulta de una inutilidad que nos deja con la boca abierta al momento de revisar que no somos capaces de reconocer y respetar a los demás. Vaya, a veces, ni a nosotros mismos. Y esta tarea de respetar y reconocer al prójimo tiene infinitamente mucho más que ver con educar que con gritar y ofender a los demás sólo porque piensan diferentes o porque vienen de otras naciones. Respetar y reconocer el valor de los demás son temas que desafortunadamente orbitan muy lejos de nuestro universo.
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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.
Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.
Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com
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