Por Ignacio Alonso Velasco

La frase lapidaria de Frank Rich con la que titulo esta columna es contemporánea, pero tiene total correspondencia con la obra de Giambattista Vico, publicada hace ya tres siglos denominada: “Principios de ciencia nueva.

En torno a la naturaleza común de las naciones”. Este jurista, filólogo y filósofo de origen napolitano nos explica que existen periodos análogos en la historia de la humanidad y que las características generales de uno pueden deducirse de los aspectos generales del otro.

Cada civilización avanza en una serie de etapas que, de manera general, serán las mismas para el resto.

El método histórico empleado por Giambattista se puede sintetizar en la siguiente frase del propio autor: «La naturaleza de los pueblos primero es cruda; después severa, entonces benigna, a continuación, delicada, finalmente disoluta».

¿En cuál de estas etapas se encontrará la política migratoria que está siguiendo México?

Nuestro país acaba de acordar con el vecino del norte que enviará a 30 mil expulsados de Estados Unidos a la frontera sur de México, a pesar de que aseguran nuestras autoridades que no se cuenta con la infraestructura y servicios adecuados para atender a tantos deportados.

La “gran frontera” entre Estados Unidos y Canadá se contrapone a la otra frontera conflictiva del sur de Estados Unidos y México. Mientras aparece en la sur una separación forzada, en la frontera norte, en cambio, apenas hay trabas a los flujos de todo tipo.

El rechazo de Estados Unidos a los inmigrantes no es algo nuevo. Como pasa con muchos de los acontecimientos históricos que sucedieron en el pasado, hay que aprender de ellos. La historia es cíclica y de nuevo nos vemos envueltos en una tormenta de conflictos por territorialidad o por comercio.

Los seres humanos, al igual que la historia, también tenemos un ciclo de vida (nacimiento, desarrollo, reproducción y muerte). No somos eternos y debemos tratar de dejar una huella positiva en nuestro paso por este plano terrenal. No debemos seguirnos peleando, sino aprender de la memoria histórica reflejada en los libros.

Por medio de ese conocimiento debemos ser capaces de liberarnos de las ataduras del pasado y fomentar la sensibilidad humana por medio de las buenas relaciones exteriores, la amistad o el amor.

En mi papel de profesor universitario llevo casi dos décadas tratando de educar a mis estudiantes mexicanos por medio de armas sabias, fomentando ideas de ayuda al que lo necesita, de venerar al ser humano por el simple hecho de serlo. Debemos volvernos una equidad de bienestar y fraternizarnos en cuestiones de género de territorialidad.

Aquí les expongo un aprendizaje del pasado. En los primeros siglos de la Antigua Roma se diferenciaba entre patricios y plebeyos. Los primeros eran los descendientes de las familias fundadoras de Roma y su linaje los enlazaba con dioses como Venus o Marte. Los segundos eran la muchedumbre que fue llegando a esa ciudad en busca de un mejor porvenir, cuando Roma fue adquiriendo auge. Estos eran relegados de la posibilidad de tomar decisiones, no podían ocupar cargos públicos. Sin embargo, por medio de siglos de lucha social, lograron, poco a poco, irse abriendo espacios dentro de la administración pública.

Finalmente, se acabó difuminando la diferencia entre patricios y plebeyos para dar lugar a otra distinción, la de ciudadanos romanos y los que no lo eran, denominados peregrinos (actualmente diríamos extranjeros). Dado que la historia es cíclica, estoy convencido de que en México también lograremos eliminar la discriminación entre diferentes categorías de ciudadanos y así todos podremos tener los mismos derechos y obligaciones.

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