Por Ignacio Alonso Velasco
El día de hoy finalizó una importante conferencia internacional de paz, celebrada en el centro de convenciones Siglo XXI de Mérida bajo la organización de The World House Project, la Universidad Autónoma de Yucatán y el gobierno estatal, quien inauguró el evento por medio de su titular.
Otros conferencistas magistrales fueron de talla internacional tales como la Premio Nobel de la Paz, Dra. Rigoberta Menchú, el Premio Nacional por la Paz 2025, Dr. Francisco Javier Gorjón o el fundador y director del World House Project, Inc., el Dr. Johnny J. Mack.
Quedaron atrás tres intensas jornadas repletas de actividades académicas, participativas y culturales encaminadas a fortalecer la cultura de paz desde una perspectiva incluyente, comunitaria y con enfoque en derechos humanos.
El día de ayer tuve la oportunidad de presentar una ponencia centrada en la educación, el contexto global y la cultura de paz. En esta intervención recalqué que es importante y necesario, por imperativo legal, que las universidades se impliquen en la cultura de paz.
A nivel internacional, la ONU ha estado impulsando este tema. Aunque los objetivos de la Agenda se consideran interdependientes, se estima que, entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible declarados por la ONU en el 2015, el objetivo de la Paz se encuentra sólidamente vinculado con el objetivo 4. Educación de Calidad (la meta 4.7 habla de los conocimientos teóricos y prácticos para promover la cultura de paz y no violencia); el objetivo 5. Igualdad de género; y el Objetivo 16. Paz, Justicia e Instituciones Sólidas.
También hay que destacar la Carta de la Tierra. Se trata de un documento con 16 principios que intenta transformar la conciencia en acción. Busca inspirar en todas las personas un nuevo sentido de interdependencia global y una responsabilidad compartida por el bienestar de toda la familia humana, la comunidad de vida y las generaciones futuras. Llama a la acción, promoviendo un marco ético de principios y valores.
Más allá de discursos y los nombres que dieron brillo al programa, lo verdaderamente relevante de este encuentro es la pregunta incómoda que deja abierta: ¿están nuestras instituciones educativas asumiendo, de verdad, su responsabilidad en la construcción de la paz? La normativa internacional es clara y los marcos éticos existen; lo que sigue faltando es voluntad para convertirlos en práctica cotidiana. Si la universidad no se compromete con la formación de ciudadanos críticos, empáticos y conscientes de su papel en un mundo interdependiente, la cultura de paz seguirá siendo un enunciado bien intencionado, pero insuficiente frente a los desafíos del presente.




















