
David Lara Catalán
Regresar al lugar donde se ha vivido por muchos años puede tener, por un lado, su encanto y su magia, algún destello que hace brillar la memoria; así también puede, por otra parte, generar cierta desazón y hasta en cierto momento algún rasgo de decepción.
En las calles de la capital…
Recorrer las calles de la ciudad capital de Quintana Roo carentes de banquetas, calles maltratadas por baches o por las excavaciones que se acostumbran a hacer, no sé si por necesidad o por cuestiones presupuestales, así como basura y escombro en muchas esquinas dan la impresión de que el tiempo no ha pasado o, en otras palabras, si ha pasado pero los escenarios no han cambiado mucho.
Muchas pugnas político-electorales, muchas promesas de cambio, varios partidos políticos “alternándose” el poder, pero tantas cosas siguen igual que hace veinte años o incluso parecen peor. Claro, los males no son sólo responsabilidad de los gobiernos en turno, también son responsabilidad de una ciudadanía, que parece en buena medida es una ciudadanía ausente, lejana del compromiso social. Una ciudadanía que siempre está a la expectativa de que las cosas cambien, aunque en esencia no se entienda ni qué es lo que se quiere cambiar o quién lo habrá de cambiar o para qué se habrá de cambiar.
Sin duda, la cotidianidad es una manera de no percibir una realidad que, aunque dolorosa, existe, está ahí afuera, y también se podría pensar que está ahí adentro de la mentalidad de cada uno de nosotros. Una postura desde la distancia permite ver con nuevos ojos aquello que vivimos y que tal vez nos empuje a hacer las cosas de diferente manera.
El joyero
En medio de todo ese escenario, de pronto me encuentro caminando por las calles de Chetumal. Rápidamente a mi derecha me encuentro con un hombre que lleva no menos de 15 años cuidando una joyería. No sé cómo se llama ni tampoco me parece pertinente ir a preguntarle su nombre.
Siempre de pie frente a la joyería que resguarda a escasos 2 o 3 metros de la entrada, mirando siempre de modo atento lo que sucede alrededor, vestido con su camisa blanca y pantalón negro y sin ninguna arma con la que se pueda defender, casi como creyendo que con su sola presencia basta para que nadie delinca, el hombre ha pasado 15 años cumpliendo con sus tareas. Eso sí, con menos cabello, usando ahora lentes y con un físico que muestra las huellas del tiempo que transcurre de modo implacable.
Me quiero imaginar que tal vez no ha tenido alguna alternativa de empleo, o tal vez le pagan muy bien y por eso se mantiene ahí casi como un fiel guardián. O tal vez está cumpliendo con algún sueño de infancia, de esos de los cuales cuando se es niño se les dice a los padres que se quiere ser policía o bombero o cualquier otro oficio producto de lo que se ve en la televisión. Me pregunto si lo que hace es lo que siempre ha querido hacer.
Razones para levantarse
¿Encontrará monótono levantarse cada mañana, vestirse y prepararse para ir al trabajo? ¿Le dirá con emoción a su esposa y a sus hijos, si es que los tiene claro, que ya se va a cumplir con su deber y que permanecerá de pie frente a la joyería por varias horas? ¿O será que ya por inercia se encaminara a cubrir con sus actividades porque el fin de semana tiene que cubrir los adeudos de cada quincena?
Me pregunto si una buena manera de envejecer es estar parado frente a una joyería durante una buena cantidad de horas al día y por tantos años, cuidando la riqueza de otros. ¿Sigue vigente el concepto de trabajo enajenado de Marx? ¿O es que la alienación, que no significa precisamente lo mismo que enajenación, borra de la mente y la imaginación los deseos de vivir una vida diferente y hace que los individuos no podamos reconocernos en nuestras propias acciones?
Lo aspiracional
¿Qué tienen en común los rasgos de las ciudades y los individuos como los ya descritos? Probablemente sea una cuestión aspiracional, es decir, la falta de alegría y ánimo por crecer, por hacer las cosas de modo diferente al tradicional, superar aquello que no ha funcionado y permitirnos nuevas formas de interacción.
Dicen los expertos que la apatía es la ausencia de pasión. Creo sinceramente que la ausencia de pasión, no sólo por cuestiones estrictamente personales sino también por aquellas que impliquen a un colectivo, nos está impidiendo limpiar la casa, la propia y la que conformamos en conjunto. Nos está llevando, la falta de pasión, a un envejecimiento que no tiene reversa. Es un desgaste paulatino pero constante, casi como un augurio de la muerte, no precisamente física, que se vislumbra ya de modo amenazante. Y es que la falta de pasión es como estar muerto en vida.
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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.
Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.
Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com
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