David Lara Catalán

 

 

Peter Drucker dijo una vez 
“la cultura se come a la estrategia para el desayuno”, y 
Bill Aulent del MIT añadió más tarde 
“y a la tecnología para el lunch”.

 

A pesar de la complejidad que encierra siquiera señalar la idea de “desarrollo” de las personas y de los países, me atrevo a sugerir que mucho de lo que hace posible o no que tal suceso sea posible radica en “nuestras formas de hacer”.

Desde éstas creo que podemos argumentar, o pretextar, que si nos hemos desarrollado o no es debido a que nuestras historias personales o sociales han sido muy complicadas, o que si el contexto en que nos hemos desenvuelto no nos da la oportunidad, que si el gobierno o la ignorancia o lo que sea han sido óbices para lograr concretar nuestros proyectos, o tal vez, que la carga que nos han heredado es muy pesada y no sabemos qué hacer con ella.

Es decir, “nuestras formas de hacer” conectan con lo que hemos hecho, con lo que somos, con lo que tenemos, hacia dónde nos dirigimos.

Un mundo posible

Son todas cuestiones de relevancia al momento de evaluar los resultados ya sea en el plano individual o colectivo. En este contexto cabe plantear la idea de los mundos posibles: así, para algunos, el mundo en el que vivimos es el único posible, en él los designios divinos o cuasi divinos son inalterables y éstos habrán de permear el presente y futuro de nuestras acciones, sólo queda resignación.

Para algunos otros el mundo creado por la interacción social es solo una posibilidad entre otras muchas más, es decir, para éstos existen otros mundos posibles y, entonces, buscan poner en juego las herramientas necesarias para alcanzar ese otro mundo posible, deseado.

Metas alcanzadas

Me parece que en “nuestras formas de hacer” radica la diferencia entre individuos y naciones, y explica por qué unos alcanzan metas, logros; y otros, a pesar de contar con un potencial enorme, simple y sencillamente no lo logran.

Destacaría, de modo personal, algún ejemplo de cómo “nuestras formas de hacer” permean un conjunto de prácticas y de relaciones personales y sociales.

Afore, hasta los 60 años

Hace algunos días acudí a realizar un ajuste de beneficiario en mi AFORE (Administradoras de Fondos para el Retiro); para tal efecto, y después de algunos días de esperar a que hubiera sistema electrónico o llegar temprano: porque sólo se atienden a 25 personas por día, logré mi objetivo.

Presenté mi INE, comprobante de domicilio, recité mi RFC, mi CURP, dejé huella digital de cada uno de los dedos de mis manos, me tomaron una fotografía e hice mi firma lo más parecida a mi credencial del INE. Siete pasos para señalar a un beneficiario de mi AFORE. Eso sí, me señalaron con la mayor de las amabilidades que la suma de mi AFORE no la puedo disponer hasta que cumpla 60 años. Me faltan pocos, es cierto, pero… Y que del monto total habrá que descontar impuestos y lo que se ofrezca al momento de hacerla efectiva.

Formas de vivir y convivir

Al salir de esa oficina, tenía muchas preguntas. ¿Qué le hacen a mi fondo de retiro? ¿Lo invierten? ¿Ganan dinero extra con esa inversión, y después de modo transparente me dirán, cuánto gané? ¿Tantos requisitos son parte de la ineficiencia o de la eficiencia burocrática?

¿Es tanta la desconfianza hacia las personas que hay que cerrar todas las posibilidades de que haya fraude? ¿Cómo le hacen aquellos que se retiran después de 5 o 6 años de trabajo con una suma de dinero considerable tal si hubieran trabajado por 50 o 60 años?

Muy cerca de ahí escuché lo que platicaban algunas personas que deseaban ir a pasear a la laguna de Bacalar, uno de ellos preguntaba por el precio del viaje, otro le contestó: te van a pedir tanto, pero tú llórale al taxista hasta que te canses y te rebaje el precio, ya verás que lo logras.

Me quedé pensando si «llorar» o «quejarnos» sean parte de “nuestras formas de hacer” y, si esas son la forma de vivir y convivir. O en cambio, dar paso a la construcción de un país productivo, con oportunidades de desarrollo y crecimiento económico y, sobre todo, con claridad y transparencia en nuestras prácticas propias de la vida pública.

*****

David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibe con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com

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