

Por David Lara Catalán
Como resultado de la Primera Guerra Mundial del Siglo XX, se evidenció de modo dramático el tema del desencanto humano y social, sobre todo, para la sociedad europea.
El desencanto se convirtió en un tema que habría de acompañar muchas discusiones filosóficas, literarias y académicas durante todo el siglo. No era para menos, la guerra puso en entredicho las nociones de progreso, de grandes desarrollos científicos y tecnológicos y la esperanza de un futuro con gran prosperidad.
Con todas las reservas del caso, 106 años más tarde, me atrevo a decir que estamos viviendo algo así como la Primera Guerra Mundial del Siglo XXI. Si bien es cierto que no ha habido bombas ni despliegues masivos de soldados, sí hemos estado viviendo los estragos de una pandemia que ha afectado al mundo entero, y no sólo en términos de salud pública —así como del dolor y la angustia personal—, sino también en la afectación de las economías de todos los países, así como la relación política entre gobiernos buscando la supremacía global y un nuevo orden político.
Miedo y desencanto
La idea del desencanto, entremezclada con el miedo y la frustración, se hace palpable una vez más en la historia de la humanidad y me parece que ahora en mucho mayor escala que a inicios del siglo XX. Habrá que esperar a la cuantificación de los daños al patrimonio de tanta gente y de la recesión económica global, que seguramente nos impactará, para alcanzar a dimensionar de modo más preciso lo que por ahora son sólo especulaciones.

Sin duda, el desencanto es parte de la existencia humana, y de modo eventual se ha hecho presente en mayor o menor medida en la historia universal. Me parece también que siempre hemos tenido la expectativa de que estas sacudidas nos harán mejores seres humanos y de que en el futuro seremos más benignos los unos con los otros. Creo que nos equivocamos en imaginar siquiera un mundo más amable y solidario y en donde el centro de interés sea el bienestar humano sin cortapisas.
Aunque, desde luego, hay niveles y sutiles diferencias, un rasgo que parece evidenciarse de modo radical y más complejo en nuestra convivencia en el espacio público es el tema de la falta de respeto y de consideración hacia uno mismo y hacia los otros.
En el lugar que debía tener el respeto hemos puesto a la crueldad, y en el lugar de la consideración hacia los demás hemos situado a la perversidad y el uso indiscriminado de los otros para alcanzar nuestros fines.
La pandemia del coronavirus ha servido para generar encono desde el discurso político; ha propiciado un desgaste social terrible en el polemizar si este o aquel tienen la razón o no; ha evidenciado también la falta de solidaridad con los más afectados y, lamentablemente, ha permitido que incluso en la tragedia se juegue con las vidas humanas y se continúe con la corrupción. La crueldad ha brillado en su máximo esplendor.

¿Aspiramos realmente a una nueva normalidad? Si esto es verdad, entonces habría que empezar por reflexionar de modo radical en la idea de Judith Shklar respecto a la crueldad, dijo ella: “Los liberales son gente que piensa que la crueldad es la peor cosa que hacemos”.
Poco después de reflexionar acerca de nuestras propias dosis y alcances de crueldad, sería conveniente pensar en cuál es el presente y futuro compartido que estamos construyendo. Creo que algo que nos debe quedar claro es que el presente y futuro son compartidos, si es que aspiramos a vivir de modo más humano y solidario.
Una nueva normalidad debía comenzar por ahí. Luego entonces pensar y trabajar en temas como la dignidad y el respeto. Podemos hablar mucho de estos temas, sin embargo, el punto crucial es cómo podríamos construir una cultura en donde se privilegie el respeto, la autoestima y la dignidad, evidenciados en salarios dignos, viviendas dignas, servicios educativos y de salud de calidad. Lo que en conjunto estoy seguro de que nos daría una aproximación hacia una “vida buena”.
¿Cómo nos recuperamos, además, del desencanto? Estoy seguro de que muchos planes, proyectos, sueños y aspiraciones individuales y colectivas han quedado, en el mejor de los casos, postergados debido a esta pandemia.

Las palabras de Hannah Arendt son más que puntuales en este tenor: “Si no educamos para la vida moral, para asumir nuestra responsabilidad, para hacernos cargo del otro, para tomar sobre nuestros hombros la carga de la construcción de una sociedad justa y solidaria, no estaremos educando” (…) “La educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable”.
Eso sería construir una “nueva normalidad”.
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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.
Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.
Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com
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