Sin MessiAs político que acabe con las eternas crisis económicas, habrá segunda vuelta el 19 de noviembre, dado que ningún candidato alcanzó al menos el 40 por ciento de la votación.
El voto estuvo terciado entre el candidato oficialista que ganó, Sergio Massa (casi 37 por ciento) y los de centro y ultraderecha: Patricia Bullrich (23.8) y Javier Milei (29.9).
El discurso que rescata los valores democráticos, la salud y educación pública y gratuita, recuperaron millones de votos que estaban en el limbo en las primarias pasadas, en las que Massa había terminado tercero.

Por Luciano Núñez
La escena transcurre en Cusco, Perú, a finales del año 2001. Entra el cliente a la casa de cambio con un fajo de pesos argentinos que, se suponía, equivalían a dólares. “Hijo, me imagino que no está enterado de lo que pasa en Argentina”, lamenta detrás de los barrotes el empleado, cuando no existía la hiper-conexión. “No puedo cambiarle esa moneda: no se sabe cuánto valdrá”. Ese cliente era quien escribe esta columna.
Era fin de un gobierno caótico encabezado por Fernando De la Rúa, que había llegado en alianza y, cuyo vicepresidente, Alberto “Chacho” Álvarez, renunció para comenzar la crónica de otra crisis anunciada. Vinieron varios presidentes en cuestión de días, horas, y Eduardo Duhalde llevó el barco a la siguiente elección, para que Carlos Saúl Menem sea derrotado por el casi desconocido Néctor Kirchner, antes de llegar al balotaje o segunda vuelta, modelo de electoral que existe en Argentina.
Así, en resumen muy sucinto, ha sido el derrotero de un país que tiene a exquisitos exponentes en tantas disciplinas, artísticas y deportivas, y que no ha encontrado, como en el fútbol, a un «Messi» que logre un ascenso en la economía y calidad de vida. Las crisis son cíclicas, casi con la puntualidad de un reloj suizo, y la inflación es un vocablo con el que se convive desde la infancia, como el “riesgo país” y precio dólar. Nada conduce en términos económicos a la certidumbre.
Un poco de historia
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Me han preguntado mucho ¿por qué pasa lo que pasa en Argentina? No es una respuesta fácil, porque el derrotero de los pueblos tiene que ver, también, con un modo particular de ser.
Y siempre contesto que una de las razones históricas de la exclusión de Argentina con el bloque que, hoy por hoy, controla la economía en occidente: Estados Unidos y aliados, fue que Juan Domingo Perón (creador del peronismo) apoyó a las dictaduras de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, en su primer gobierno de 1946 a 1949. Perón era militar y admiraba a Mussolini y dio entrada al país a refugiados Nazis y miles de italianos. También es cierto que dio derechos a los trabajadores y a las mujeres con el voto femenino, en 1947. Tiempo después, ya en los años 70, las juntas militares que gobernaron intermitentemente (desde el golpe militar de 1976) endeudaron de por vida a la Argentina a través del Fondo Monetario Internacional, FMI. Vale recordar que golpes militares hubo también en las décadas del 30 (José Uriburu depuso a Hipólito Yrigoyen); en los años 40, Pedro Pablo Ramírez sacó del gobierno al catamarqueño Ramón Castillo; en la segunda presidencia de Perón fue depuesto por Eduardo Lonardi; en el año 1966, Juan Carlos Onganía saca a punta de pistola al radical Arturo Illia y los años 70, Rafael Videla da el último golpe, en 1976 que termina post-guerra de Malvinas, en 1982, con Leopoldo Galtieri y Reynaldo Bignone. Raúl Ricardo Alfonsín es nada menos que el padre del retorno de la democracia, en 1983.

Con todos estos antecedentes militares, Néstor Kirchner calificó de inmoral la deuda externa, dado que no había condiciones para prestarle dinero a gobiernos de facto y militares, no electos en las urnas. Lo mismo tuvo que pagar, pero contó con la bonanza economía de los altos precios de la soya (producto primario) y no tuvo problemas en reelegirse, pero a través de su esposa, Cristina, quien fue presidenta de 2011 a 2015.
En 2010 fallece Néstor y, años después, comienzan a aparecer los casos de corrupción que tocaban al primer círculo de la presidenta, y generaron un descontento social que motivó que ganara la elección la centro-derecha, en 2015, con Mauricio Macri, ex presidente del Boca Juniors, quien endeudó nuevamente al país. Para finales de su gobierno, en 2019, la deuda externa ascendía a 323 mil millones de dólares, 83 mil millones fueron adquiridos por su gobierno.
Algunos de los ex funcionarios de la era “K” terminaron en la cárcel y procesada la ex presidenta, Cristina, que fue condenada, salvaguardada por su fuero como senadora. Sin embargo, a través de Alberto Fernández, ex miembro del gabinete de quien fuera su esposo, llegó de nuevo al gobierno como vicepresidenta en la elección pasada, en 2019: Argentina tiene períodos presidenciales de 4 años, con opción a la reelección. Alberto Fernández fue de los presidentes peor evaluados durante la pandemia: prácticamente mantuvo en encierro a la población, mientras él celebraba fiestas en su residencia de Olivos. Termina su mandato con menos de 40 por ciento de aprobación.
Desesperanza, de nuevo

La desbocada inflación y la estrepitosa devaluación del dólar, que cotiza arriba de los mil pesos, provocaron de nuevo la desesperanza generalizada. Así, ayer daba la sensación de que los electores en Argentina no tenían para dónde correr. Quedaron literalmente en un “corralito” electoral. “Es volver a votar por el menos peor”, decía un colega consultado.
Así es, más o menos, depende desde donde se mire, el panorama de los últimos 20 años: desde el primer corralito (ese mecanismo que dejó los fondos en dólares atrapados en los bancos, cuando yo estaba en Perú), y el problema siguen siendo los “verdes”, los dólares que suben como la espuma y dejan a la economía doméstica con precios irreales que cambian, literalmente, de la noche a la mañana.
En ese sentido, México ha logrado que su peso sea más fuerte: alcanzó semanas atrás un récord de 17 pesos y, en términos macro-económicos, tiene una deuda externa manejable, y es una de las 15 economías más grandes del mundo. Pero no todas son lágrimas ni un tango para Argentina: es un país que mantiene la gratuidad en la educación (en todos los niveles), la salud es universal y existe una libertad de expresión que es referencia en Latinoamérica.
Bajo este panorama llegaba a las elecciones Argentina: con un voto dividido en tres.
Tres opciones: de la izquierda a la ultra-derecha

Por un lado, el ultra derechista Javier Milei, que quiere dolarizar (no sería lo grave) sino que apunta a un retroceso en general en la desarticulación de los organismos e instituciones del estado, para dar paso a un modelo ultracapitalista. Pretende acabar con el derecho al aborto, legalizar la venta de órganos y desaparecer varias secretarías, entre ellas, la de cultura. Dice lo que la gente quiere escuchar, pero no se sabe bien a bien por dónde encontrará las soluciones. Su modelo es desmantelar gran parte del estado para dar paso al librecomercio, en una reedición de la privatización de Carlos Salinas, en México, y Carlos Menem, en la propia Argentina. Quienes lo trataron de cerca aseguran que es iracundo e intolerante a las opiniones diferentes. Fue asesor del ex gobernador de Tucumán, Domingo Bussi, condenado por crímenes de lesa humanidad.
El politólogo Juan Linz afirma que los populistas suelen ser antisistema, representan la “voz del pueblo”, libran una guerra contra la elite corrupta y conspiradora, a la que califican de antipatriótica. Todo coincide con Milei.
El oficialista Sergio Massa actualmente es ministro de economía, es decir, parte de un gobierno que llevó la inflación a otra galaxia, con el dólar disparado y un discurso que se cae, cuando él forma parte de este gobierno que se desinfla con cada minuto que pasa. Los analistas internacionales no entienden cómo puede, un ministro de economía tan ineficiente, ser candidato. Sólo en Argentina. Pese a ello, y a último momento, logró revertir el resultado de las primarias y captó un voto razonado: el freno a la gran incertidumbre que representa Milei. Ahondó en la participación del estado en roles fundamentales como la educación, la salud y desapareció el cuestionado impuesto a las ganancias, por lo que captó el voto de la clase media y alta. No ahorró guiños al señalar el logro que es vivir en democracia (desde hace 40 años), amenazada por la empatía del candidato antisistema con los militares. Pero sobre todo, se alejó del «kirchnerismo».
Como tercer frente estaba la candidata de la centro-derecha, Patricia Bulrrich, quien ha dejado una débil versión como candidata: trastabillaba en las explicaciones de economía y se mostró errática en la última fase de campaña. Pertenece al grupo del ex presidente Mauricio Macri, cuyo primo, Jorge Macri, ganó en la Ciudad de Buenos Aires, bastión de la centro-derecha desde hace varios años.
La ciudadanía así llegó a votar este domingo por un trío que representa parte del pasado y un futuro, por demás incierto, con un candidato que reúne todo el perfil mesiánico y autoritario.
Eso sí: ninguno tiene la genialidad literaria de Jorge Luis Borges, el destello creador de Astor Piazzolla ni la mano de Juan Manuel Fangio, para conducir a un país que es dueño de un territorio extremadamente largo y rico, en los confines del mundo, con apenas 45 millones de habitantes, que deben vivir acostumbrados a que el dinero en las manos es una ficción, un acto de fe que termina siempre en incertidumbre.
¿Qué sigue?
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El 19 de noviembre se celebrará el balotaje o segunda vuelta, por lo que sólo participaran los dos candidatos con mayor votación: Sergio Massa y Javier Milei, que ya se sentía ganador.
Massa durante la campaña fue el más ecuánime, el que dominó mejor el discurso y logró prácticamente dar vuelta un partido que, según las encuestas, estaba casi perdido. Lo de ayer fue un resultado sorprendente, una “patriada” (campaña para salvar la patria) como un gol de última hora que permite frenar a la ultra-derecha, que se instaló ya en Italia, casi llega a España y estuvo a punto de ganar en Francia, en los pasados procesos.
Los ataques durísimos al Papa por parte de Milei, entre otros escándalos de una de sus candidatas (Lilia Lemoine), le restaron votos al ultra conservador que anunciaba encolumnar a Argentina detrás de Estados Unidos e Israel, para eliminar toda alianza con países que fueran socialistas, como Cuba y Rusia. Tampoco ahorró durísimas críticas a Manuel López Obrador, a quien calificó de populista.
Ahora, los pronósticos dicen que, habiendo superado la primera vuelta con un considerable margen, Massa podría ganar en segunda o balotaje, si seduce a los votantes de Bullrich, quien fue atacada con dureza por Milei durante la campaña.
Hay un final abierto con fuertes señales de hartazgo, que favorecen al candidato «outsider».
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* Luciano Núñez Es técnico en Periodismo y licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Catamarca, Argentina. Postgrado de Opinión Pública por FLACSO y diplomado en géneros periodísticos en La Salle, Cancún, e Historia de Quintana Roo en la Universidad del Caribe y Sociedad Andrés Quintana Roo.
Trabajó en medios de comunicación de Argentina y México y publicó los libros Voces que Vuelven, Tan Lejos y Otra Vez en Casa y la novela Magnificens Cancún, editada por Miguel Ángel Porrúa.
Fue director de Comunicación Social en Benito Juárez, Cancún y Solidaridad, Playa del Carmen.
Actualmente es director general de Grupo Pirámide y Vértice.
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