
Días atrás visité el barrio Chino, en Vancouver, Canadá, donde está la mayor concentración de “sin techo”, donde conocí a una escritora callejera.
El capitalismo feroz y las adicciones han conformado un ghetto que se ha desconectado de la realidad y que sobrevive gracias al amparo del Estado, que les provee tanto alimentos como drogas.

Por Luciano Núñez
Loretta está tendida en el piso con una chamarra rojo-fuego, mientras está aferrada a una pequeña libreta que dice Vancouver. A pocos centímetros, su hijo se droga dócilmente con una pipeta de cristal, en una escena típica al lado del barrio Chino de la ciudad Canadiense. Son los expulsados del sistema capitalista que, encorvados y sonámbulos, deambulan por las calles y sobreviven gracias a la asistencia del gobierno: les provee tanto las drogas como los alimentos. Pienso ¿cómo es que un ser humano llega a ese estado de sombra?

Barrios elegantes y escenas del fin del mundo
Durante la mañana había recorrido los coquetos barrios de la ciudad más cálida del país del maple, donde los gansos se pasean libremente en una urbe atestada de corredores (hombres y mujeres fitness) que serpentean por la pista costera.
Hay en casi toda la ciudad una sensación de fantasía, de lujo en las zonas del Vancouver del Norte, rascacielos espejados y azoteas traslúcidas que contrastan con esas tres calles en las que se concentran decenas de humanos que han perdido una conexión con el mundo de la llamada normalidad o realidad.
Verlos de cerca es tan perturbador que me pregunto si vale la pena vivir una vida así. ¿En qué momento dejaron de ser lo que eran para pasar a ser prácticamente zombies?
Dicen los últimos conteos de Vancouver que fueron contabilizadas 2 mil 715 personas sin hogar, un incremento del 12 por ciento con respecto a años anterior, para alcanzar un máximo histórico.
Surge entonces la pregunta: ¿Fue positivo legalizar las drogas? ¿Tiene el gobierno capacidad para atender tamaño problema de salud pública tan profundo? Los datos dicen que el fenómeno va en incremento y que, las adicciones en todas sus formas, son el germen que desencadena este estado de situación: personas que pasan a otra dimensión de la realidad.
Me cuenta un amiga que es normal ver que los “sin techo” se convulsionen en la calle, y que la gente tiene como protocolo no tocarlos. Suelen aparecer en tiendas para robar pequeños objetos y mercaderías, que después venden en las esquinas o se las permutan entre ellos.
«No son agresivos ni peligrosos”, me dicen. Y en verdad la ciudad se percibe tranquila, con poco tráfico y despejada, si se quiere. Al término del invierno, con temperaturas que oscilan entre los 2 y 6 grados, las personas parecen recluirse o disfrutar del calor de un bar.


Durante la mañana había ido a la isla Grandville Island, en un bote para unas 20 personas, en el que voy solo con el capitán Cameron, por demás simpático. Me dice que soy un viajero VIP porque tengo todo el espacio para mí. “Estoy en verano con los cruceros está lleno de turistas”, me explica con cierta añoranza.

Le cuento mis planes y de inmediato me sugiere: “Nunca camines por esta zona del barrio Chino”, me dice con sus canas y ojos claros. Claro que será lo primero que haré en la mañana siguiente y durante la tarde-noche. Desde el bote se ven los elegantes edificios de la costa valuados en millones de dólares, según me dice, y el mercado se abre con todo su color: frutas y tiendas que huelen a incienso. Después iremos a la playa para dar vueltas por la costa, en Hornby Street.
Barrio Chino
Comienzo mi expedición por la calle Keefer, doy vuelvas por el arco que delimita el barrio Chino, en la calle Pender, y apenas comienzo a acercarme a Carnegie Community Centre, que es el epicentro de los “sin techo”, comienzo a ver escenas que parecen el montaje de una película del fin de los tiempos: seres humanos con pipas aspirando, jeringas, cucharas sostenidas por manos temblorosas que esperan preparar la dosis para calmar un cuerpo que tiene la mirada en otro mundo, un mundo en el que la supervivencia depende plenamente del Estado. De otro modo, dicen, la ciudad sería una caos asolado por la violencia. Es la manera de tener control de este sector que el capitalismo feroz ha dejado como zona de guerra.
Será por eso que ver a Loretta Thomas escribiendo, con la mirada calma y superconcentrada en la letra, hace que me detenga a hablar un rato con ella. Me dice que escribe lo que piensa y mi amiga le informa que soy periodista y escritor (al menos intento serlo en algunas épocas del año), y ella dice que va a escribir algo para mí. Al tiempo que lo hace, me figuro a una niña en la escuela esmerándose por hacer buena letra, y vaya que la tiene. Le pido que me firme la hoja y, ademas, me escribe sus datos personales.
Lo maravilloso de esta noche mágica, a 2 grados, es que mi corazón estalla de amor cuando, con sumo cuidado, ella corta una hoja que ya tenía escrita y me regala su cuaderno nuevo que dice Vancouver y que tiene con una tira elástica. Me quedo sin palabras. Me quedo a charlar un poco más ante semejante gesto y me cuenta que le gusta escribir sus pensamientos.
El muchacho al lado tiene una lentes nuevos a los que ni siquiera les ha quitado la etiqueta. Tiene una pipa en una mano y un encendedor en la otra.
Pienso que Loretta es la flor de un pantano que está al lado del paraíso.
“Luciano: gracias por detenerte y es encantador conocer a gente que viaja… y me gustaría leer algunas poesías tuyas… deseo que tu vida se colme de toda la luz que necesitas”.
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