Hay un nuevo rey en el fútbol que se coronó en el epílogo de su carrera.
Y muchos mexicanos no se pusieron «la del Puebla» con Argentina, cuando nos hermana una honda historia de amistad y las mismas tragedias.
Por Luciano Núñez
Acaba el día y la final de la copa del mundo parece un sueño, por momentos un thriller. El final de una fábula que comenzó cuando apareció, hace años, el genio que un día lo tuvo todo menos la dorada. Esquiva y zigzagueante como la fórmula que elaboran sus pies: siempre atados a un balón por un hilo invisible que traza una magia que encandila al mundo.
Por el sueño que faltaba
Estaba cerca el final de una película en la que todos querían que él, el héroe en retirada, la acaricie y la bese, con un beso postergado por los partidos fallidos y accidentados. Era, además, la ilusión de millones de cebollitas que soñaban verlo coronarse como rey, y que frotara una vez más la lámpara para que el genio árabe cumpliera el sueño que faltaba. El infortunio fue la mancha que ensombrecía su pelota.
Liberado de todo en la pista final de su carrera, entendió que la fórmula era otra: inspirar y correr menos, como dice uno de sus detractores; era trazar y orquestar con la zurda. Y así hemos sido víctimas de la angustia y la alegría del tango, así somos los argentinos, una pasión desmedida por naderías que nos sostienen de la desesperanza que ronda al 40 por ciento de la población, que emigra, que le busca la vuelta a las cosas como todo latino, que tira pases y parece va a perder el partido por su propio pie.
Y, de vez en cuando sale una zurda salvadora que insufla algo para ese brillo que nos hermana a todos, que nos hace latir bajo un solo corazón y entrega el alma en un grito. Hemos sido víctimas del agónico triunfo de la justicia futbolística que llegó, donde no siempre cuentan los méritos y la fortuna nos tuerce las tripas.
Una película
Esta vez la película tiene “japi end”. El chico ha tratado como nadie a esa esquiva gota de oro a la que mira como nadie la había mirado y deseado nunca jamás. Para otros fue más fácil, menos esquiva, fue un acto de magia rápido. Para él no. Pasa al lado y no aguanta más: la besa, la acaricia, y después, otro beso y la lleva en brazos para transformarla en una luz que comparte para alegría de millones de voces que aplauden y que gritan. Es la fábula que derrota las teorías de la conspiración inútiles frente la magia blanca del juego. Los dados de las penales y luego la gloria.
Ponerse la de Puebla
Aunque la frase: “Ponerse la de Puebla” se suele usar para “mocharse” su origen es más noble: compartir, según varios sitios consultados. Y es un término que, además, viene del fútbol por la camiseta del Puebla, que lleva una franja diagonal que parece una cortada (mochada) al frente del torso. En este mundial los ArgenMex volvimos a sufrir porque enfrentamos a México y el resultado fue idéntico a favor de Argentina, donde hay una tradición mucho más profunda con el balompié. Identificamos a México con el box de un César y un Canelo que reina en el cuadrilátero.
Cientos de mexicanos ayer me saludaron como si yo hubiera jugado el partido y eso es algo que sólo genera el mundo del fútbol en el globo llamado tierra. Fue una caricia balsámica. Mas hubo muchos mexicanos que olvidaron la batalla de Puebla y se pusieron la camiseta francesa. La historia dice que Maximiliano de Habsburgo y a su esposa Carlota de Bélgica, fueron impuestos por Napoleón III, sobrino de Napoleón Bonaparte, quien gobernaba en ese momento Francia y quien decidió invadir México, luego de que el presidente Benito Juárez declarara la moratoria de la deuda externa. Aquí me pondré un poco histórico para defender que, entre México y Argentina: hay una historia mucho más común, como lo fue en su momento la Independencia para erradicar a los invasores franceses e ingleses y, un poco más tarde, a los estadounidenses.
Nos hermana con México desde el Chavo del Ocho a Jorge Luis Borges, a quien Jesús Reyes Heroles le publicó su primer libro, cuando fue diplomático en Buenos Aires. Borges incluso lo nominó al premio Nobel. Nos unen el México 86 y el retorno de Maradona (el dios pagano forjado en arenas mexicanas) en el final de su carrera como técnico; y tantos cientos de jugadores y profesores que aquí se quedaron en tiempos de oscuras dictaduras. Nos hermana el mismo idioma desde Tierra del Fuego al Río Bravo y un sentido de camaradería que, en pandemia, motivó una alianza por la salud y la vida.
Suelo leer en cada mundial a los escritores de México y Argentina, Juan Villoro y Martín Caparrós, cuando repiten la liturgia de sus epístolas futboleras que, en el fondo, no es más que una metáfora de una extensa y honda amistad. Hoy pongo toda la garra futbolera para defender esa amistad que convirtió en materos a miles de mexicanos y en tequileros otros miles de argentinos. Somos, sin lugar a dudas, más los que nos amamos y respetamos y nos buscamos y compartimos, que los que dividen a América Latina.
Sí, hay una argentinidad mamona, sencillita y carismática. Nos hicieron creer que éramos europeos con un 40 por ciento de pobres, que venimos de los barcos, cuando muchos portamos con mucho orgullo sangre india que fue exterminada para abrir ferrocarriles y un progreso que nunca culminó. Esa es una historia larga que también nos hermana. Nos siguen sometiendo los otros hermanos del norte o las invasiones económicas o el FMI.
Sí, hay un México solidario de puertas abiertas que acoge a sus hermanos del Sur, que tiene una sangre que ha resistido más el legado milenario y que sigue siendo hogar para escritores y soñadores del sur y todo el mundo. Una casa de todas y de todos. Aquí vivieron y escribieron García Márquez y Mempo Giardinelli, Juan Gelman y tantos otros. Es la suiza de América sin plata, pero con puro corazón.
Sigo siendo el Rey
Quiero cerrar con la pulga que batió varios récords: 26 partidos mundialistas y máximo goleador en la historia de su país en las Copas del Mundo, con 13 tantos. Y como colofón, ser el héroe de la mejor final de todas las copas, la final nunca jamás imaginada, la final más hermosa de todos los tiempos, que nos recordó que todo puede cambiar en siete minutos, en uno, en apenas segundos.
Ahora serás un rey eterno en una silla forjada a golpes, sudor y lágrimas; ahora dejarás de ser un mortal para ser un semiDios que sufrió como hombre y nos mira plácido para consuelo de quienes amamos la balona, la que no se mancha, menos hoy, que también brilla como tú.
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* Luciano Núñez Es técnico en Periodismo y licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Catamarca, Argentina. Postgrado de Opinión Pública por FLACSO y diplomado en géneros periodísticos en La Salle, Cancún, e Historia de Quintana Roo en la Universidad del Caribe y Sociedad Andrés Quintana Roo.
Trabajó en medios de comunicación de Argentina y México y publicó los libros Voces que Vuelven, Tan Lejos y Otra Vez en Casa y la novela Magnificens Cancún, editada por Miguel Ángel Porrúa.
Fue director de Comunicación Social en Benito Juárez, Cancún y Solidaridad, Playa del Carmen.
Actualmente es director general de Grupo Pirámide y Vértice.
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