Por Jaguar Negro

Cancún, Quintana Roo. Una de las más conocidas concepciones del filósofo Maquiavelo habla sobre la buena y mala política y la técnica de la previsibilidad.

Decía que era una combinación justa entre la virtud y la fortuna, la habilidad estratégica y la contingencia para conservación del poder.

En ello, en profundo conocimiento político es clave para vencer la fortuna: “…quien examina diligentemente las cosas pasadas, le es fácil prever las futuras en cualquier república, y aplicar los remedios empleados por los antiguos…”, dice en uno de sus tratados.

El nuevo alcalde de Tulum, Diego Castañón, ha tenido en su estropeado arranque de gobierno tanto mala fortuna como nulas virtudes. Pareciera que no sabe qué suelo pisa.

Después de asumir la presidencia municipal, tras la muerte del líder maya, Marciano Dzul Caamal, lo primero que hizo el ex Verde Ecologista fue meter mano en Seguridad Pública, entre lo visible, y comenzó a desajustar acuerdos que, o poco o nada entendía, en ese entramado que había montado su ex jefe.

Pero resulta que la botonera del poder, que a simple vista parece fácil, a la luz de los primeros “resultados”, no lo es tanto.

Uno de los hechos de seguridad pública que más resonó en México fue el violento suceso que ocurrió en la cafetería Starbucks, donde perdieron la vida al menos dos personas como consecuencia de un tiroteo, a plena luz del día.

Existe, nos dicen desde Tulum, una sensación de inseguridad que, lejos de aminorarse con los cambios, parece haber pateado un enjambre.

Sin dudas el poder no es un asunto de transferencia en automático porque las decisiones, buenas o malas, suceden a cada segundo.

Por ahora, ni la virtud ni la fortuna asoman por Tulum.

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