Por Jaguar Negro
El PAN (Partido Acción Nacional) supo lograr dos veces la presidencia de la República y, en Quintana Roo, la gubernatura con su candidato externo, que venía del PRI, Carlos Joaquín. Tuvo, ademas, en alianza con el PRD, los municipios de Benito Juárez, Othón P. Blanco, Isla Mujeres y Solidaridad. Como dice la canción: “De todo aquello no queda nada”.
¿Qué pasó en el PAN?
Para entenderlo es necesario analizar que, para ser militante, es decir, un afiliado al partido con todas las letras, era (y sigue siendo) un verdadero laberinto, por no decir un purgatorio de quienes intentan formar parte del conservadurismo mexicano.
Para darse una idea de ello, para una población de más de un millón 800 mil habitantes, el padrón total en Quintana Roo (actualizado a 2024) tiene apenas un promedio de apenas 2,500 afiliados.
¿Qué pasó con esa fórmula de exclusivismo extremo a la hora de las candidaturas?: siempre quedaban en los mismos grupos, dado que, para tener voz y voto, había que estar afiliado o afiliada. Volviéndonos al casillero interior: no había forma de ser afiliado si el o la interesada no estaba en el “club” del partido azul.
Una vez en el gobierno, los espacios fueron, lógicamente, para las y los afiliados: ningún ciudadano de pie podía ser parte del selectivo partido. Menos aún osar con dirigirlo.
La fallida candidatura de Susi
Analizando lo que acaba de pasar en la postulación de presidente del partido en Quintana Roo, Susana Martínez no pudo ni siquiera aspirar a ser considerada candidata, debido a que no logró reunir 12 firmas, como lo estableció el estatuto para ser aspirante, aclarando que no hablamos de una candidatura en sí, sino la mera aspiración. Dijo abiertamente que le aplicaron prácticas “gansteriles”.
Por lo consiguiente, la actual presidenta, que sí logró las dichosas y ansiadas 12 firmas, Reyna Tamayo, seguirá siendo la líder del partido, que actúa como un abierto apéndice y partido aliado a Morena. En esa sinergia, una de las dos alcaldesa que tenía el PAN en el trienio pasado, Atenea Gómez Ricalde, se pasó sin ruborisarce de alambrado al partido guinda, donde ahora hace campaña con su familia a favor del partido de izquierda, por años defenestrado por el partido neoliberal.
Sería demasiado extensa la columna si nos pusiéramos a enumerar los “pases” que hubo al calor de la última elección, en la que el azul no logró ni siquiera una diputación: sus dos espacios actuales surgen de la representación proporcional: plurinominales.
Así también, enervó a propios y extraños las constantes candidaturas entre familiares y amigos, que a la hora de alcanzar un espacio de gobierno, procuraron amplios beneficios para ellos mismos. Semanas atrás, en el Congreso del Estado, se dio cuenta de ello cuando en plena tribuna reclamaron que, durante el sexenio de Carlos Joaquín, encabezado por Eduardo Martínez Arcila en el Congreso, la nómina se pintó de azul apelando, desde luego, a la selecta lista de afiliados: otros fueron a parar a Derechos Humanos, donde hasta hoy existen plazas acaparadas por el PAN, empezando por la titular, Omega Ponce, que hasta ahora no ha salido a defender ni a su familia.
Así, no hay partido que aguante. Los resultados están a la vista y, de no cambiar el esquema, el partido se dirige a la extensión, como ya lo hizo su aliado, el PRD. Que pase el que sigue…




















