
Por David Lara Catalán
Antonio Machado nos regaló poesía, poesía que huele a filosofía y a sentimiento. En Proverbios y Cantares nos dice: “¿Para qué llamar caminos a los surcos del azar?”
Y desde luego nos encontramos con la famosa frase de “Nunca perseguí la gloria”. Ha sido Joan Manuel Serrat quien musicalizando estos versos les dio popularidad y se han extendido de modo importante dentro amplios sectores sociales. La poesía es básicamente, según la veo, metáfora, es una forma de verdad que no requiere de métodos científicos y, sin embargo, ilustra y sensibiliza a los seres humanos en temas tan íntimos y, sin embargo, temas que afloran nuestra capacidad de hacer en el mundo.
Por eso se hace tan necesaria en nuestra cotidianidad, particularmente cuando nos encontramos en medio de un mundo construyendo narrativas de odio, xenofobia, discriminación de todo tipo y destruyendo esas fibras tan sensibles del ser humano que nos permitirían comprender de modo más cercano a nuestros prójimos y al mundo que hemos construido.
Nunca perseguí la gloria…
Me gusta Machado y me gusta la versión de Serrat. No me creo mucho, sin embargo, la expresión de “Nunca perseguí la gloria”. Es ambigua por todos los significados que puede encerrar. Me parece que desde luego que la perseguimos, aunque solo sea para sentirnos satisfechos con nosotros mismos por haber logrado decir lo que probablemente nos llevó tiempo comprender y plasmarlo en una expresión, en un libro, o en un poema. Es un momento de gloria que no tiene que ser necesariamente compartido y festejado por los demás. Sin embargo, es nuestro momento de gloria por cristalizar un pensamiento o una idea.
Perseguir la gloria es una constante en la vida humana, pero no es eterna y, aunque suena elitista, no es para todos; se requiere alcanzar un momento de lúcida conciencia que ilumina nuestras existencias; que, por lo demás, es siempre contingente y finita en medio de nuestra infinitud. Lo opuesto sería apostar por un nivel de indiferencia y apatía en donde todo resulta lo mismo, sin percibir las grandes diferencias que nos acompañan. Es solo un momento breve que nos aconseja estar ciertos de nuestra falibilidad y finitud.
Particularmente, me gustaría entenderla como esa experiencia que nos enorgullece por haber logrado una meta, que marca una diferencia en nuestras vidas y en nuestras personalidades que nos permite caminar por el mundo con la claridad de que, a pesar de los tropiezos, también existen logros y triunfos. Es hacer el camino que señala Machado. Una vida lograda, aunque tal vez suene muy hegeliano, es la capacidad de reconocernos en nuestras propias acciones, un hecho que en nuestros tiempos tan posmodernos parece de gran trivialidad, pero sobre todo de suma frivolidad.
Nuestras narrativas
Solo para la reflexión: cuál es el camino que hemos construido o estamos construyendo que nos permitiría atisbar esos momentos de gloria que marcan una gran diferencia en nuestras complejas personalidades. Tal vez sea el momento de escudriñar nuestras narrativas, descubrir de qué están hechas, y apuntar de modo firme hacia un proceso de reconocimiento de nosotros mismos y de nuestros prójimos, algo que ahora mismo es relevante en este mundo que estamos construyendo con nuestra cotidiana interacción.
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