Cuento del escritor y promotor cultural argentino, radicado en Quintana Roo, Carlos Düring, quien, además, dejó escritas piezas de teatro y guiones cinematográficos. Falleció en 2017.

Julio Danilo, después de mucho cavilar, había decidido efectuar la postergada operación. Aún tenía el falso pudor de los que recordaban haber vivido en la pobreza con dignidad. Apenas una semana atrás, cuando Aída mencionó el asunto, él lo había considerado una extravagancia, “un fútil satisfactor material” llegó a decir. Ella, lo acarició entre las piernas y con voz ovárica hizo el intento:

–¿Por qué no, Julio? Te acaban de ascender en el periódico, tú te lo mereces. ¿Por qué negar lo que te mereces?

Sin remordimientos, Julio se endeudó hasta la coronilla. Ahora, lo que lo mantenía al borde de un suspiro era el olor. Aun los rincones más ocultos eran brillantes, sin una pizca de óxido ni de polvo. Todo olía a nuevo, los mullidos asientos de piel, el volante deportivo, los neumáticos y los tapetes. Disfrutó del hermético cerrar de la puerta, se arrellanó en el asiento, colocó la llave de contacto, y, frente a un tablero con una docena de indicadores computarizados, confirmó la insignificancia de treinta y cinco kilómetros rodados, exactamente el tramo que había recorrido la noche anterior desde la agencia hasta su casa. Encendió el motor y un formidable poder, casi inaudible, trajo a su memoria los susurros nocturnos de Aída y el acertado: “Tú te lo mereces.”

Las marchas se deslizaban como sedas y él podía reconocer, en las palmas de sus manos, la sensación de estar dominando una potencia que aún no se animaba a experimentar. Encendió el equipo de sonido digital, escogió la sinfonía número cinco en do menor y, desde los primeros acordes, tuvo la sensación de que él y Beethoven estaban en armonía con el Universo. Cada árbol, cada hoja de la vegetación que bordeaba la carretera, cada pájaro, cada nube, adquirían una dimensión y una expresividad que lo embriagaban de dicha. Beethoven, el brillo acerado de la carrocería, el teléfono incorporado, la pulcritud y el aire acondicionado le provocaban el brío de una exaltada magnanimidad y la estúpida fantasía de sentirse inmortal. Se inclinó hacia el espejo lateral y se vio, sobrio, con lentes oscuros, las sienes plateadas, y una mueca de inocultable satisfacción que lo calificaban, según él, como alguien realmente interesante.

En ese preciso instante, descubrió una pequeña línea en la pintura de la puerta, justo a la altura del espejo. Instintivamente pasó el dedo, pensando que sólo era un trazo de suciedad, pero no, indudablemente era un rayón, y se maldijo por no haberse dado cuenta antes de retirar el carro de la agencia.

–¡Te lo dije! –repetiría Aída hasta el cansancio– ¡No retires el vehículo al oscurecer! ¡Si tiene algún defecto, no te darás cuenta! ¡Siempre el mismo mentecato! ¡Te lo dije!

Julio evocó los senos tibios de Rosita, y la llamó recordándole el compromiso que habían hecho de pasar juntos la tarde. Le avisó que se demoraría un poco en llegar al periódico y le recomendó que tomara nota de los recados. Luego, le dedicó un lascivo “adiós, muñeca”, y cortó.

Debía dirigirse de inmediato al gerente de la agencia para efectuar un enérgico reclamo. “¡Irresponsables!”, dijo en voz alta mientras tomaba la curva de entronque con la carretera descubriendo una estabilidad que no había sentido nunca. La serena velocidad aumentaba devorando sin esfuerzo el familiar y monótono paisaje, que ahora parecía pujante y novedoso.

Encendió un cigarrillo y decidió mantenerse fijo en los ciento diez kilómetros horarios. Tal vez, a fin de cuentas, “vivir” era llegar a esto, pensó. Saber que el camino recorrido es el justo, que todas las ideas están en el sitio que corresponde, sin incongruencias ni idealismos, gozar la seguridad, sentirse pleno, sin culpas…, y se juró que ese sería el último cigarrillo. Llegando a la agencia, les exigiría una reparación inmediata y hasta el cambio de la unidad si fuese necesario. Definitivamente, había sido un atropello a su buena fe. Nada lo aterrorizaba más que los reproches de Aída.

Mientras (con el dedo índice) dirigía la Orquesta Filarmónica de Viena y pensó en escribir, con el rigor estilístico que sus lectores le reconocían, un artículo sobre “la magia ancestral de la selva tropical”. Aproximándose a Huay-Pix, aceleró para pasar como un soplo, junto a un Volkswagen amarillo. Luego, llegando al poblado, disminuyó la velocidad, los topes estaban anunciados en el mismo lugar donde se habían construido e infinidad de veces se los había llevado por delante.

Se deleitó con la sensual suspensión de su flamante automóvil y decidió que ya era hora de denunciar la exagerada altura de los topes y la negligencia de las autoridades del municipio en la señalización de los mismos.

Una camioneta blanca, que venía por el camino lateral, frenó a un lado de la carretera, levantando una nube de tierra.

–¡Idiota! –dijo Julio, entre dientes, mientras veía descender del lado del acompañante a un anciano.

De inmediato, la camioneta giró derrapando, haciendo más densa la polvareda que aún no se había disipado, y se alejó por el camino de terracería. El anciano le hizo una seña a Julio pidiendo que se detuviera. El hombre era un campesino maya, como tantos, vestía pantalón y camisa de manta, además traía machete y sabucán.

Julio dudó. No tenía ganas de que alguien interrumpiera su privacidad y lo placentero del viaje, pero la falta de la pierna izquierda, un poco más arriba de la rodilla, y la sonrisa franca del viejito, lo hicieron detenerse inconscientemente.

–¿Va pá Chetumal, patrón? –oyó decir mientras bajaba el vidrio de la ventanilla.

Julio abrió la puerta.

–¡Suba, pero cuidado con eso! –advirtió.

–No se preocupe…, gracias, ya perdí el autobús de las nueve y el próximo, quién sabe… –dijo el anciano mientras se sentaba acomodando entre sus piernas el machete y una muleta hecha con palos retorcidos y trapos viejos. El carro partió con suavidad y Julio elevó el volumen de la música, dando a entender que no tenía ganas de hablar.

–Aquí está frío… –dijo pensativo el anciano.

Julio asintió con un gesto imperceptible. Después de escuchar hierático algunos instantes a Beethoven, el anciano afirmó con absoluta seguridad.

–¡Conozco esa música!

–¿Sí? –dijo Julio con sarcasmo mal disimulado.

–Sí… ¡Drácula! –dijo con voz grave.

–¿Qué? –preguntó Julio.

–¡Drácula! –repitió el anciano en tono casi confidencial–. Lo pasaron en televisión, es la música de Drácula…sí… Al final, el chavo le clava una estaca de este largo en el corazón. Estuvo buena, pero es de miedo. ¿Ya la miraste?

–Sí –respondió con sequedad Julio.

–Es la música de Drácula –reafirmó el viejo.

Después de una pausa, Julio lo miró, y silabeó.

–Be-tho-ven…

Ese fue el único malentendido durante el trayecto, ya que el anciano decidió corresponder la supuesta presentación haciendo lo mismo.

–Florencio Tec, para servirle. Me dicen Flor –dijo.

Julio, un tanto desconcertado, sonrió divertido. Don Florencio entonces decidió ofrecer sus servicios.

–Mire, don “Beto”, cuando quiera chapear su terreno, lo que sea, ya sabe… Vivo junto a la tienda de doña Pili, la última casita, bajando por la principal… Ahí todos me conocen. Si no tiene máquina, con el machete le dejo bien parejo el zacate.

–Claro… – afirmó, Julio sonriendo.

–Ahorita voy a la casa de don Carlos. Ahí gano mis centavitos… sí… No es mucho, pero da para el gasto.

–Es usted chambeador, don Florencio. ¿Cuántos años tiene? –preguntó Julio.

–Ya… voy para los ochenta –respondió con naturalidad.

–¿De verdad? No parece.

–Así es. Nací en Tizimín… sí… Toda mi vida trabajé en el chicle… Ahorita sólo la milpa. Fui chiclero. También trabajé para una gringa arrimada que compró una parcela junto a la laguna… Fue en la época del Janet… Era bien joven doña Judith y vino solita con su yipi, que tenía el nombre de su marido que estaba difunto… “Lanrobér” le decía… sí… Doña Judith vivió el huracán arriba del “lanrobér” … con el motor en marcha le hizo la contra al viento… sí… Valiente doña Judith… Los muebles y los árboles volaban bien alto y el yipi aguantó… Cuando el Janet se fue, no había nada en pie, nada. Sólo ella y yo, que me amarré al “lanrobér” para empujarlo… Estaba bien fuerte su yipi… Ya se gastó, pero doña Judith no lo vende… Le habla en su lengua al yipi como si fuera gente… sí… Después del Janet, me dio el sombrero de su difunto esposo, pero es buena… Mi hijo Gaspar le atiende los animalitos y le corta el zacate… sí…

Don Florencio suspiró y preguntó respetuosamente:

–¿Me regala un tabaco, don Beto?

Julio le pasó un cigarro y tuvo la intención de encendérselo, pero don Florencio lo guardó en el sabucán y mirando al frente dijo: “Es para en la noche.” Hizo una pausa y agregó: “Ochenta años…” Luego se quedó en silencio, oyendo a Beethoven o recordando a Drácula.

–Oiga, don, ¿qué le pasó a su pierna? –interrumpió Julio sintiéndose en la obligación de decir algo.

–Ahh…, pues, ya hace tiempo,… después del Janet.

–¿Fue un accidente?

–Sí…, un accidente, yo era chiclero. Me mordió una nauyaca y el patrón me dijo: “Ya te jodiste.” Así me dijo y me dejó en medio del monte, sí… Ahí esperé dos días hasta que me buscó mi hijo Gaspar con mi compadre Manuel. Me llevó a Calderitas y me sanó don Evaristo, que sana mordida de culebra… Evaristo me dijo: “Te voy a cortar tu pierna, Flor, pero te puedes morir lo mismo.” “Ni modo”, le dije, si ya habían pasado tres días… La mordida de la nauyaca hay que sanarla mero mero a la horita… Evaristo cortó mi pierna, me sanó y no me morí, pasó un año y yo tenía que mirar en el piso para ver que no estaba mi pierna. Yo mismo enterré mi pierna en el solar de la casa, junto a mi esposa… Ella murió de mal viento y yo la enterré, pero a mi pierna enterrada yo la sentía en mi lugar… Aaaah, sí, sí se siente, pero no estaba… Así es la mordida de la nauyaca, sí…

A Julio le pareció no haber entendido bien y preguntó:

–Cuando lo mordió la nauyaca, ¿usted estaba con su patrón?

–Sí, él vio cuando la nauyaca me mordió en la pierna. Yo la maté, pero él pensó que me moría, por eso dijo: “Ya te jodiste, Flor”, y se fue.

–Pero, ¿él le avisó a su hijo? –insistió Julio.

–No…, él tenía que regresarse en Chetumal, ese día tenía prisa. Mi hijo Gaspar no me buscó en casa dos días y me buscó en el monte… A Dios gracias me puse bueno otra vez –dijo don Florencio.

Julio aceleró sin darse cuenta. Miró el rayoncito justo a la altura del espejo lateral, y se angustió imaginando el “te lo dije” de Aída. Se consoló pensando en los senos tibios de Rosita e hizo la que sería la última pregunta del viaje.

–¿Quién fue su patrón, el que lo abandonó?

–Pues, ya lo miraste –dijo imperturbable don Florencio–. Me dejó en el crucero…, don Carlos Ávila. Cuando viene al rancho, me busca para que vaya a su casa en Chetumal… Su camioneta de él es blanca, pero adentro lleva un viento frío como tu carro. No es mala gente, no, pero gracias a usté ya voy bien más rápido. Si Dios quiere, hoy mismo le acabo el jardín a don señor.

Julio encendió otro cigarrillo. De lejos, ya se podía ver el calor pegajoso que exhalaba Chetumal, la aguja del tablero marcaba doscientos kilómetros por hora y, para ese entonces, Beethoven estaba en algo así como un… ta-tata-tannn

Carlos Düring (Buenos, Aires, Argentina, 1949-2017). Vivió muchos años en distintas ciudades de Quintana Roo, donde se dedicó al teatro, el video arte y la promoción cultural. Es autor de cuentos y guiones de cine. Su obra se halla en revistas y antologías del mundo.

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