Raúl Ortega Alfonso
DE DIOSES Y DE SUEÑOS
El hombre necesita / dentro del trozo de pan que desayuna diariamente / colocar una lasca de su dios preferido / para ocultar su mezquindad / sus miedos / para creer que alguna vez rozará la nobleza/
Hasta ahí podríamos justificar esa obsesión / porque un hombre sin dios es un sillón de ruedas que florece en los jardines de un hospicio/
La aberración nos llega / cuando es el hombre mismo el que se cree Dios / Su cinismo averigua cómo es la vestimenta que utilizan los dioses / Se disfraza / y empieza a repartirle caramelos a todos los demás / a quienes (por decreto) ya considera siervos/
Si aún así no somos nada / sin sueños seríamos la nada/
Y este impostor de Dios / inteligentemente / casi siempre inaugura su academia de sueños/
Pocos se han dado cuenta de que quien regala un sueño / se siente con todos los derechos de pisotearte la cabeza/
UN CUENTO QUE NO ES CUENTO
De niño coleccionaba amebas, hojas secas, piedrecillas mordidas por el mar, instrumentos que tenían que ver con la ternura. En cuanto le llamaron hombre, le obligaron a tirar su colección por la taza del baño, y comenzó a juntar erizos, alambres de púas, aguijones, ponzoñas, dardos envenenados que tenía que disparar de cuando en cuando; pero sobre todo se rodeó de cactus (chicos, medianos y enormes cactus), y él parado en el centro, así, vigilante, con un pico en el hombro… por si acaso.
Fue la única manera que encontró para defender lo que había sido.
LA MASCOTA
Bien lo sabe la gente: criar una mascota es saludable.
La aleja, en muchos casos, del pabellón de siquiatría o del suicidio;
la hace sentir, de nuevo, que puede ser una persona;
la hace escapar de su monólogo
mientras estudia el lenguaje de gatos, perros, lagartijas
y nada hay como tener una lengua, aunque sea rasposa,
que la despierte a una en las mañanas.
Yo tengo de mascota un alfiler bien grande
que viaja conmigo a todas partes.
Cuando paso por al lado de alguien, o leo sobre alguien,
o veo algo sobre alguien que ni en las pesadillas podría imaginar
y me da por reírme, por levantar los hombros
o volver la cabeza como hacen los demás,
me entierro el alfiler hasta que llega al hueso
y yo pueda sentir que todavía existe algo que me duele,
que puede desinflar mi escepticismo.
Y lo primero que hago en las mañanas
es darle un beso a mi aguijón con lengua y todo
y le rezo al sabor de la sangre
para que siempre me permita creer que me levanto
y estoy viva como si fuera un ser humano.
Raúl Ortega Alfonso (La Habana, Cuba, 1960). Poeta y narrador. Vive en Playa del Carmen. Ha ganado numerosos premios literarios internacionales y es autor de, entre otros libros: Las mujeres fabrican a los locos, Acta común de nacimiento, Con mi voz de mujer, Desde una isla, Fuácata, El inodoro de los pájaros…
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