Mario Pérez Aguilar
(Fragmento de novela)
—Entonces me detuve; ellos se detuvieron un poco más adelante y voltearon a verme “¡Tengo que volver por mis cosas, vayan ustedes, ahora los alcanzo!”, les grité. Mi madre me recomendó no tardarme: “Recoge sólo lo necesario”, me dijo…
Tomé otra ruta, no regresé por donde habíamos venido. Me fui por las callecitas transversales al muelle, pasé frente a las bodegas abandonadas de chicle, recorrí el lado poniente del parque Hidalgo hasta llegar a la Explanada de la Bandera, me fui bordeando su perímetro, pasando frente a la torre que es como un falo que alberga el reloj, y me quedé sentado en las escaleras, a un costado de las águilas de piedra: estaba haciendo tiempo. Allí me estuve tal vez por media hora, oyendo silbar el viento por entre mis orejas y viendo las barcazas atracadas en el muelle…
Luego, continué mi camino saliendo de la explanada y bordeando el malecón hasta llegar a la primera calle transversal, y doblé a la izquierda: caminé todavía unos cien metros, llegué a la esquina de la calle que da a la casa, y me quedé un rato sentado en la pequeña rotonda construida en ese sitio. Saqué un carrujo y me puse a fumar. El aire soplaba con fuerza, y tuve que hacer un cuenco con la mano para que la lumbre del fósforo no se apagara. Fumé y fumé, dos o tres pitillos. En esos momentos, no podía confundirme con la imagen de Charlie McCarthy y su permanente lente sobre el ojo, tendría que ser yo, aunque estuviera drogado. No podía paralizarme y quedarme como un muñeco de madera inmóvil. Tendría que ser yo, Macario Zacatzontel…
Debía ser muy cauteloso. La cautela y el ir poco a poco dándole a las cosas su espacio son algo que me enseñó Marcelo. “Todo a su tiempo”, me decía. De modo que debía esperar, dar oportunidad a que todo el pueblo durmiera. Unos amigos, con quienes iba a nado a Calderitas, pasaron a unos veinte pasos de mí, me saludaron desde lejos con un chiflido y siguieron su camino hacia el muelle, tal vez iban a preparar los palangres y las líneas para su pesca nocturna. La noche pasaba lenta entre los montes del poniente, sobre la mar aceituna del sur y el agua color coñac en la desembocadura del río; era ya noviembre y las noches solían ser más largas: tenía tiempo suficiente y también tenía el valor; sabía que la droga era mi compañera, era mi aliada en esos trances de la vida y no me iba a dejar desprotegido. Las cosas estaban dadas; una vez más la justicia nos daba la espalda y nos empujaba a tomar otras medidas. Debía ser como Hammurabi e impartir mi código propio…
Me llegaba, nítido, el ruido de las olas rompiendo sobre el malecón. Hacia el oriente, en el que verdeaban matas de almendra, y de plátano, los cocales, antiguos cedros y arbustos, el viento se metía entre los tallos y las hojas y producía un chiflido que irrumpía sobre mi rostro: era fuerte, y en ocasiones aullaba en rachas pasajeras. Casi podía escuchar el ronquido de mi padre entreverado con esas ráfagas efímeras…
Llegaba el momento. Me incorporé con calma y me dispuse a caminar los sesenta o setenta metros que me separaban de la puerta de la casa. Lo hice de manera pausada, calculada, como si quisiera que el mundo cambiara en ese instante y que las cosas no fueran así; que hubiera tenido un padre como el de Marcelo, o que hubiera sido como el Italiano o incluso como su compadre John: hombres distintos, con distintos nombres y apellidos. Pero era sólo una ilusión: el mundo no cambió. Yo sabía que no necesitaba llaves para abrir, nuestras casas eran sitios de puertas abiertas a todos, porque no se conocían robos ni asaltos en el pueblo…
Así que llegué, jalé la puerta de mosquitero con un leve rechinido de bisagras; empujé la puerta como lo hacía siempre y me topé con la penumbra de la sala, apenas salpicada por filtraciones de luz que entraban por las rendijas de las paredes y ventanas. Caminé muy despacio por la sala, atravesé el comedor y me detuve un instante frente a la puerta entornada de su recámara. Podía ver desde allí, en línea recta, los dos bates de beisbol alumbrados por la luz tenue que se metía por la ventana. El brazo de la hamaca, donde él dormía en ese instante, me estorbaba un poco, de modo que me incliné para pasar por debajo y tomé uno: el más grande y fuerte, hecho de fresno y traído de Estados Unidos, según me dijo el día que me lo regaló. Era momento de redimir a mi madre y mis hermanos. Lo levanté, tomé impulso y asesté el golpe con todas mis fuerzas. Al instante se hizo un reguero de sangre por el piso, sobre la hamaca, por la cama en la que yo solía dormir y por las paredes. Para mi desgracia, tal vez por el efecto de la droga y por mis nervios, había fallado. En lugar de darle en el cráneo, le partí la nariz, la boca y la frente, y tuvo el mismo efecto que el llanto de Jennifer: un alarido de muerte se propagó al instante por las casas del pueblo, y de una en una fueron encendiendo sus luces y sus habitantes empezaron a vestirse, a calzarse y a salir en familias enteras a sus corredores, traspasar los portales y caminar por las banquetas, por las calles paralelas y perpendiculares hasta juntarse en las esquinas, y unirse a aquellos que habían salido de los costados y por el frente. Todos juntos avanzaban hacia mi casa. En aquel momento, estando mi padre en el piso, donde había caído, tuve el valor de darle otros dos golpes potentes en la cabeza, para asegurarme de que el cráneo quedara partido en dos y me precipité a la puerta. Me di cuenta, sin embargo, de que tenía aún el bate en la mano y lo aventé al piso de la sala. Apenas puse un pie en el corredor, pude ver que la multitud venía en todas direcciones. Entré de nuevo y cerré la puerta, atravesé la sala, el comedor y la cocina, y salí por la puerta posterior al traspatio: el viento mecía las hojas de la mata de uva tropical y los platanales; la alta higuera se estremecía en el fondo “¡Es Macario!”, alcancé a escuchar. Entonces corrí hacia la derecha, salté la barda y caí en el patio trasero del vecino, lo atravesé y salté la otra barda. Ya estaba en el traspatio de la casa situada en la esquina de la calle, corrí hacia la barda del otro lado y cuando me disponía a saltar oí voces: “¡Vayan quedándose en parejas cada diez o doce metros por si se viene por los patios!” “Carajo —pensé—. ¿Por qué tienen que ser tan metiches?” El propio compadre John se hizo cargo de dirigir el operativo y lo primero que hizo fue avisar a la policía; de modo que unos minutos después empecé a ver en los troncos de los árboles más grandes, en las bardas altas y en las paredes de las casas, las luces rojas y azules de las patrullas. Ahí estaban tras la barda, no tenía escapatoria. Oí decir que era seguro que estaba atrapado en la manzana, que, si alguien me había visto en la puerta de la casa y luego desaparecí para ocultarme, podría estar dentro de la casa o en cualquier sitio dentro de la manzana. La cosa era sencilla: entrar en la casa y, simultáneamente, peinar la manzana entre todos, policías y vecinos. Lo primero que hicieron fue formar sobre la orilla de banqueta, una cadena humana por los cuatro costados de la manzana. Lo segundo fue entrar en la casa y encontrar a mi padre tirado en el piso, sobre un charco de sangre debajo de su hamaca, con la nuca reventada y la boca torcida por un gesto final de angustia (magnífica imagen, pensé cuando lo supe, ya no podrá hacerle daño a nadie).
El abogado dejó escapar un suspiro nervioso, como si mi historia lo hubiera contrariado. Yo lo miré y en mi mirada tal vez vio el odio que me causaba recordar los hechos. Bajó la vista y no dijo ni una palabra. Me pidió que continuara.
—Eso de que entraron a la casa a buscarme, solamente lo supongo, porque sólo unos días después me enteré de cómo había quedado mi padre. Supongo también que mientras le avisaban a mi madre y sacaban el cuerpo para llevarlo al Servicio Médico Forense (Semefo) y hacerle la autopsia de ley, esperaron pacientemente a que entrara el nuevo día para ir verificando la manzana por secciones. Esto porque durante la noche en que estaba acuclillado en el traspatio del vecino de la esquina, escuché ruidos que provenían de mi casa, voces dispersas que se referían a llevar la camilla y la mortaja, y porque fue hasta las primeras luces del alba, cuando empecé a escuchar voces y ruidos por la parte posterior de mi casa, por el lado de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, pensando tal vez que me hubiera saltado por aquella barda, y me hubiera refugiado en la iglesia. Para esto, sin embargo, como yo sabía que estaba en el patio de la casa de Leonardo, un amigo común con Marcelo e hijo del que varios años después sería el tesorero de gobierno, empecé a hablarle bajito, a susurrar su nombre unas cinco o seis veces con intervalos de cinco o siete minutos, hasta que oí que sonó la cerradura de la puerta posterior de la casa, y luego vi su cara saliendo por entre las dos hojas de madera como si fuera una almeja que surge de su concha. Le hice enseguida la señal de guardar silencio con el índice sobre los labios. No me hizo caso porque se espantó cuando me vio: “¡¿Qué haces aquí?!”, me dijo. “Cometí un crimen, me busca la policía”, dije por lo bajo. Entonces quiso cerrar la puerta, pero yo se lo impedí con el brazo. “Déjame salir por tu casa. Me voy a entregar, no tengo escapatoria, la policía tiene rodeada la manzana. No quiero que me agarren aquí en tu patio.” Se hizo a un lado y entré. “¿Qué hiciste, cabrón?” “Ya te enterarás. Sólo te digo que lo que hice lo volvería a hacer: muerto el perro, se acabó la rabia”, le dije…
Atravesé la casa hasta la puerta de enfrente y él me dejó hacer. Abrí, y vi que los vecinos, apostados pasando apenas el portón de la entrada, conversaban con los policías. Salí y caminé hacia mi casa; no sabía a dónde ir, estaba como en otro mundo. Cuando me vieron, enseguida se acercaron a mí con cautela, como si no creyeran que fuera yo al que veían; los policías me alcanzaron y me preguntaron si estaba bien. Dije que sí, que estaba mejor que nunca. Entonces se pararon frente a mí y me impidieron el paso. Uno de ellos me dijo que estaba detenido como sospechoso por el asesinato de mi padre. Desde luego que no puse resistencia, no tenía posibilidades de nada, y no fue hasta ese momento en que observé mis ropas llenas de sangre. Los policías me recorrieron con la vista y luego me miraron a los ojos. “Estás arrestado”, dijo el mismo policía, me torció los brazos hacia atrás y me puso las esposas, me metieron a la patrulla.
Mario Pérez Aguilar (Chetumal, México, 1954). Vive en Cancún y ha publicado las novelas Los artificios del agua turbia, Tercera llamada, Por aquí se dan muy bien los muertos, Las mujeres del profesor y Luna menguante, historia de un asesinato, así como los libros de cuentos El motivo de Benjamín y La historia que viene, este último en coautoría con Bertha Orozco Rochín.
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