Enrique Saíz

(Primera parte)

El frío, la lluvia, la culpa, la severidad de una educación intolerante, propia de la época, y las desgarradoras experiencias de la guerra, fueron sin duda determinantes en la angustia y el suicidio de Georg Trakl, uno de los más significativos poetas de lengua alemana de todos los tiempos.

Su obra, relativamente breve y de una intensidad extraordinaria en la multiplicidad de sus visiones y en el dolor y la tristeza que nos comunica, es acaso la más perdurable y lúcida de las que se escribieron en Europa a lo largo de los primeros quince años del siglo xx.

Las páginas que nos dejó nos entregan el testimonio de una imposibilidad radical, de un fracaso ontológico que el poeta nunca pudo superar, como se evidencia desde muy temprano en sus textos, desde siempre caracterizados por una insondable crisis en la que estaba inmerso el ser total de este hombre al que no le fue posible continuar viviendo después de una de las más sangrientas batallas de la Primera Guerra Mundial, sobre la que escribió su último poema, de igual título, “Grodek”.

Desde una infancia supuestamente feliz con sus padres y hermanos en Salzburgo, su ciudad natal, hasta el campo de las acciones bélicas, donde Trakl desempeña tareas como teniente farmacéutico, se suman innumerables acontecimientos de naturaleza diversa en el entorno familiar, en sus relaciones con amigos, en la vida cultural y en su diálogo con el medio en el que se desenvolvió, algunos de escasa significación y otros de enorme importancia en la formación de su carácter y de su visión del mundo.

De todos los hechos que de algún modo marcaron su vida, el de mayor trascendencia es sin duda el de la relación incestuosa con su hermana Margarethe, pianista, a la que inició en el consumo de la droga y por la que sintió una pasión más allá de lo tolerable por su formación cristiana y los cánones éticos de la sociedad en que vivió.

Con anterioridad a esa relación incestuosa, ya el joven poeta sufría devastadores estados depresivos, como el que le sobrevino al fracasar en el examen de bachiller superior en 1905. En una carta de ese propio año, escrita entre agosto y la primera mitad de septiembre, la más antigua de su epistolario, dice: “Hace ocho días que estoy enfermo, con el ánimo desesperado. Al principio he trabajado mucho, demasiado. Para superar el posterior cansancio de los nervios me refugié de nuevo, desgraciadamente, en el cloroformo. El efecto fue terrible. Hace ya ocho días que sufro las consecuencias: mis nervios están a punto desgarrarse. Pero resisto la tentación de volverme a calmar con ales medios, pues veo muy cerca la catástrofes.”

Similares estados de ánimo se sucederían en el tiempo hasta el momento final, continuas crisis que se agudizan después de cometer el pecado mayor con esa hermana, a la que se sentía unido por poderosísimas afinidades en las que se entremezclan un oscuro erotismo y una espiritualidad que se había enriquecido por afinidades que no llegó a tener con el resto de sus hermanos.

Los conflictos reaparecen en su epistolario en diferentes momentos. En una carta a Hermine von Rauterberg, fechada en Viena el cinco de octubre de 1908, leemos lo siguiente:

“[…]Por un momento sentí algo de la presión que pesa normalmente sobre los hombres y el impulso del destino.

“Creo que tiene que ser horrible vivir siempre así, sintiendo plenamente todos los instintos animales que arrastran la vida a través de los tiempos. He sentido, olido y tocado en mí las más espantosas posibilidades y he oído aullar en la sangre los demonios, los miles de diablos con sus aguijones, que hacen delirar la carne. ¡Qué espantosa pesadilla!”

De inmediato añade que se siente en sí, que ha vuelto a ser él mismo después de esa angustiosa crisis infernal, y se refiere entonces a sí mismo como escuchando “las melodías que hay en mí” y viviendo la grata experiencia de que su “vista alada sueña de nuevo con sus imágenes, que son más bellas que toda realidad.” Y finalmente: “¡Estoy con mí mismo, soy mi mundo! Mi mundo pleno y bello, lleno de infinita armonía.”

Además de varias referencias a momentos desagradables que por diferentes razones influyen en su estado de ánimo, en una de sus cartas (la que dirige a Karl Borromaeus Heinrich, fechada en Salzburgo, “probablemente” –como nos aclara Reina Palazón– el 19 de febrero de 1913, hallamos esta confesión de lo que ha estado sufriendo, con desestabilizadoras expresiones físicas: “Insólitos escalofríos de alteraciones, sentidos corporalmente hasta lo insoportable, alucinaciones de oscuridades, hasta la seguridad de estar muerto, espasmos hasta la rigidez pétrea; y un seguir soñando tristes sueños.”

El 26 de junio de 1913, se juzga a sí mismo de un modo harto severo en la carta que escribe desde Salzburgo a su amigo Ludwig von Ficker, y a continuación le dice, como alguien que ya no soporta continuar viviendo: “Anhelo el día en que el alma no podrá ni querrá vivir en este desalmado cuerpo apestado por la melancolía, en que abandonará esta figura ridícula de heces y podredumbre, que sólo es un reflejo demasiado exacto de un siglo sin Dios y maldito.”

La existencia se le ha tornado indeseable, miserienta, innoble en extremo, insufrible, hasta desear vivamente, como Fray Luis de León y el apóstol San Pablo, romper las ataduras del alma con el cuerpo. Ahí vemos a Trakl absolutamente desamparado, sin posibilidad de recurrir a las promesas de su fe, sin la alegría de la esperanza cristiana, clamando por la muerte.

Era imposible para él una convivencia armoniosa con la realidad, a pesar de los momentos en que alude, en sus cartas y poemas, a la alegría del disfrute de una delicada música o de un apacible entorno en su diálogo con la vida, visible en su poesía en las alusiones a paisajes luminosos que en ciertos momentos alcanza a mirar con un deleite que rápidamente es ensombrecido por otras imágenes perturbadoras e inquietantes.

Hay una imborrable pesadumbre de espíritu en este hombre atormentado, una insondable tristeza que lo lleva a escribir esta frase, de una arrasadora elocuencia en la profunda paradoja que encierra: “¡Yo estoy siempre triste cuando soy feliz!”

En ocasiones, realmente escasas a lo largo de toda su poesía, encontramos un sosiego que colma al poeta de una paz tantas veces deseada, como en el poema que tituló “Glorificado otoño”, donde percibimos una plenitud que brota del diario vivir y de los elementos naturales, como si de pronto los sentidos lograsen recibir una belleza que ha permanecido oculta o enturbiada por la presencia de las fuerzas tanáticas y desestructuradoras.

En esas estrofas nos dice Trakl con una voz muy suya y al mismo tiempo diferente de la que hallamos en otros textos:

Así termina vigoroso el año

con áureo vino y fruto de los huertos.

En torno callan bosques prodigiosos,

que son los compañeros del solitario.

 

Dice entonces el labrador: así está bien.

Vosotras, largas, suaves campanadas de la noche,

dadnos como final un ánimo alegre.

Saluda al pasar una bandada de aves que emigran.

 

Es el benigno tiempo del amor.

Al descender en un bote por el río azul,

qué hermosas desfilan las variadas imágenes

que se van hundiendo en la calma y el silencio.

En otro poema, en medio de un gratificante equilibrio emocional ante las realidades contempladas, irrumpe la desarmonía como una presencia imposible de ocultar, siempre actuante en una dimensión radicalmente perturbadora, a la manera de una angustia oculta detrás de los objetos y los hechos cotidianos.

Así sucede en “Decadencia”, donde de manera súbita aparece una frase que rompe la paz de las primeras líneas del poema, una ruptura que viene a introducir la rápida presencia de lo inesperado. Leamos estas dos espléndidas estrofas:

Al anochecer cuando convocan las campanas a la paz,

sigo los vuelos prodigiosos de las aves,

que en larga bandada, a modo de piadosa peregrinación,

se pierden en la diáfana lejanía del otoño.

 

Mientras deambulo por el jardín en penumbra

mi sueño acompaña sus más claros destinos,

y casi no advierto moverse la aguja del reloj.

Así sigo sus rutas por sobre las nubes.

El siguiente verso aparece y deshace el encanto y el sosiego alcanzados en la contemplación y en el suave deambular del poeta: De súbito me estremece un soplo de decadencia. Todo cambia entonces: se escucha el lamento del mirlo, se hacen más evidentes las ramas despojadas de sus hojas, los racimos chocan contra “las herrumbrosas verjas”, brota un símil tristísimo:

al tiempo que, como niños pálidos que hacen ronda a la muerte,

alrededor de oscuros brocales que se desmoronan,

ásteres azules se doblan trémulos al viento.

Enrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2022). Autor de, entre otros libros fundamentales de ensayos críticos: Diálogos con la poesía, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones, La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Silvestre de Balboa y la literatura cubana, La literatura cubana de 1700 a 1790, y Trayectoria poética y crítica de Regino Boti.

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