Carlos Torres

(Primera parte)

En su célebre libro de ensayos El arte de la novela, Milan Kundera descalifica a las obras denunciatorias y proféticas de George Orwell como no pertenecientes a esa tradición que arranca con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Cervantes, y cuya virtud más encomiada por Kundera es la de establecer una especie de continuidad progresiva en la que lo más importante se ubica en los descubrimientos que el novelista moderno hace respecto del mundo vital, en oposición o en distanciamiento de esa otra corriente principal de la modernidad, la científica, que a partir de Descartes interroga al mundo desde una óptica escéptica en relación con los dogmas medievales de Occidente y que, finalmente, sólo establece “túneles del conocimiento” en los que se incrementa la eficiencia, mientras que el fenómeno individual, estrictamente humano, permanece no sólo ajeno, sino susceptible de ser absorbido por los poderes tecnológicos, poniendo a su frío servicio (el poder por el poder) los anhelos, los ensueños, las potencialidades amorosas, creativas, lúdicas, epicúreas, creativas, espirituales y trascendentes del individuo.

Parafraseando la novela 1984, de Orwell, nada hay en estos comentarios de novedad; lo preocupante es que se suele olvidar su lastimosa operatividad. Antes de abocarnos a ciertos componentes metaliterarios de la obra de Orwell, específicamente en lo que se refiere a sus novelas Rebelión en la granja y 1984, es necesario indagar de dónde viene el rechazo de Kundera hacia Orwell.

El ensayo de Kundera que contiene la referida descalificación de la obra de Orwell es el primero del libro El arte de la novela y se titula “La desprestigiada herencia de Cervantes”. En él, con un estilo límpido, eficaz, laudable, el escritor checo apunta: “Lo que nos dice Orwell pudo decirse igualmente (o quizá mucho mejor) en un ensayo o un panfleto.”

En síntesis, Kundera postula la supremacía de Kafka, Hasek, Musil y Broch sobre Orwell, pero previendo que se puede apelar a la cualidad profética de Orwell para situarlo en un plano igual o superior o simplemente diferente (o complementario) de los aludidos novelistas, sugiere Kundera que la obra de los primeros no debe leerse “como una profecía social y política, como un Orwell anticipado”.

Dejando por el momento el aspecto profético de Orwell, los atributos que Kundera asigna a Kafka, Hasek, Musil y Broch también pertenecen a Orwell, así que citaremos los párrafos de “La desprestigiada herencia de Cervantes” que contienen los fragmentos transcritos: “Aquellos últimos tiempos apacibles en los que el hombre sólo tenía que combatir a los monstruos del alma, los tiempos de Joyce y Proust, quedaron atrás. En las novelas de Kafka, Hasek, Musil y Broch, el monstruo llega del exterior y se llama Historia; ya no se parece al tren de los aventureros; es impersonal, ingobernable, incalculable, ininteligible: nada se le escapa. Es el momento (al terminar la guerra de 1914) en que la pléyade de los grandes novelistas centroeuropeos vio, tocó, captó las paradojas terminales de la Edad Moderna.

“¡Pero no deben leerse sus novelas como una profecía social y política, como un Orwell anticipado! Lo que nos dice Orwell pudo decirse igualmente (o quizá mucho mejor) en un ensayo o un panfleto. Por el contrario, esos novelistas descubren ‘lo que solamente una novela puede descubrir’: demuestran cómo, en las condiciones de las ‘paradojas terminales’, todas las categorías existenciales cambian de pronto de sentido: ¿qué es la aventura si la libertad de acción de un K. es absolutamente ilusoria? ¿Qué es el porvenir si los intelectuales de El hombre sin atributos no tienen la más insignificante sospecha de la guerra que mañana va a barrer sus vidas? ¿Qué es el crimen si el Huguenau de Broch no solamente se lamenta sino que olvida el asesinato que ha cometido? ¿Dónde está la diferencia entre lo privado y lo público si K., incluso en su lecho de amor, no puede eludir la presencia de dos enviados del castillo? ¿Qué es, en este caso, la soledad? ¿Una carga, una angustia, una maldición, como han querido hacernos creer, o, por el contrario, el más preciado valor, a punto de ser destruido por la colectividad omnipresente?”

Cuando Kundera habla en estos párrafos de “paradojas terminales”, previamente ha ofrecido dos ejemplos de ellas: 1) “…en la Edad Moderna, la razón cartesiana corroía uno tras otro todos los valores heredados de la Edad Media. Pero en el momento de la victoria total de la razón, es lo irracional en estado puro (la fuerza que no quiere sino su querer) lo que se apropiará de la escena del mundo porque ya no habrá un sistema de valores comúnmente admitidos que pueda impedírselo.” Y 2) “…la Edad Moderna cultivaba el sueño de una humanidad que, dividida en diversas civilizaciones separadas, encontraría un día la unidad y, con ella, la paz eterna. Hoy, la historia del planeta es, finalmente, un todo indivisible, pero es la guerra, ambulante y perpetua, la que realiza y garantiza esa unidad de la humanidad largo tiempo soñada. La unidad de la humanidad significa: nadie puede escapar a ninguna parte”.

Un ejemplo claro de falta de rigor dialéctico —algo que en la novela puede suplirse con retórica o con ironía, sin que afecte la calidad de la obra, sino al contrario, elevándola cuando es bien usado, pero que en el ensayo “serio” o grave no deja de ser un defecto, y que consigno aquí no sólo para juzgar a Kundera, sino para enfatizar la dificultad del género ensayo, con miras a exacerbar el rigor crítico de los lectores, aunque la primera víctima de tal rigor sea yo mismo— en esta cita de Kundera lo vemos de inmediato cuando dice que “la razón cartesiana corroía uno tras otro todos los valores heredados de la Edad Media”, pues por una parte Kundera le atribuye a la razón cartesiana poderes absolutos, y por otra no es necesario acudir a un frenesí pseudoerudito para demostrar que muchos valores medievales —incluso de tipo científico, además de los metafísicos— provenientes de la antigüedad clásica, por ejemplo la griega, siguen presentes aun en la actualidad.

Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949-Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.

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