Análisis de la obra del escritor británico de origen polaco Joseph Conrad, centrada en el vórtice de “civilización contra barbarie” en las profundidades de las colonias inglesas de África.

Por Carlos Torres*

Célebre, por muchas razones, es el dístico del sinaloense Gilberto Owen que reza: “Y luché contra el mar toda la noche, / desde Homero hasta Joseph Conrad”, contenido en su poema “Naufragio”, del cual no me resisto a citar los versos subsecuentes, porque se trata del amor desolado del autor hacia la actriz Clementina Otero:

para llegar a tu rostro desierto

y en su arena leer que nada espere,

que no espere misterio, que no espere.

Luego de esta sentimental digresión, pasemos a nuestro tema: Joseph Conrad y el mar parecen conformar una especie de binomio indisoluble, no sólo por su biografía, sino también, especialmente, por sus novelas.

Polaco de nacimiento, tras obtener la nacionalidad inglesa a los 29 años de edad, Conrad pudo presentarse a los exámenes de aptitud de la marina mercante británica, y navegó en numerosos barcos: primero como simple marinero en el clipper (velero) Duke of Sutherland, luego como oficial en los buques Highland Forest, Loch Etive, Narcissus y Palestine y finalmente como capitán al mando del Torrens y del Otago, de bandera australiana.

Estas experiencias, pero sobre todo su prodigioso talento literario, propiciaron novelas de ambiente marino como Lord Jim (llevada al cine con Peter O’Toole como protagonista), Tifón, El negro del Narcissus, La línea de sombra, Un vagabundo de las islas y muchas otras.

El corazón de las tinieblas (que ocurre en un estero del Congo) sirvió de base para la excelentísima e impactante película Apocalypse now, de Francis Ford Coppola, ambientada en Vietnam durante la invasión norteamericana.

El imperio británico es otra constante de sus narraciones. Según los redactores del portal cibernético Wikipedia: “…en el último cuarto del siglo xix, la marina victoriana y la navegación comercial en general asistían al canto de cisne de los majestuosos veleros de madera y acero que durante unas décadas trataron de competir inútilmente con la velocidad, tamaño, menores costes y seguridad de los vapores. Nuestro autor (Conrad) ensalza apasionadamente aquel mundo decadente, describiendo su dolor ante el final de aquel modo de vida, de aquellas tradiciones seculares, de aquellos hombres y de aquellos barcos a los que incluso concede personalidad y alma frente a la deshumanización de la máquina y el acero”.

Sin embargo, la visión pesimista de Conrad al respecto es más profunda y más amplia, pues lo que está criticando a veces con humor, a veces con desesperación, es toda la cultura occidental.

No otra cosa es Una avanzada del progreso, novela corta o cuento largo en el que Carlier y Kayerts, dos agentes de una empresa comercializadora de marfil, están en las profundidades de la selva africana cercados por la vegetación y la nostalgia por los placeres de la metrópoli. Para soportar el lento paso del día, revisan un viejo periódico que “hablaba abundantemente de los derechos y deberes de la civilización, de lo sagrado de la obra civilizadora, y ensalzaba los méritos de los hombres que iban por el mundo llevando la luz, la fe y el comercio hasta los más oscuros rincones de la Tierra. Carlier y Kayerts lo leyeron, reflexionaron y comenzaron a pensar mejor de sí mismos.”

Charlie dijo una tarde:

—Dentro de cien años tal vez haya aquí una ciudad. Muelles, almacenes y barracas, y… y… quizá salones de billar. La civilización, muchacho, la virtud y todo eso. ¡Y luego la gente se enterará de que dos buenos tipos, Kayerts y Carlier, fueron los primeros hombres civilizados que vivieron en este lugar!

Pero lo cierto es que Kayerts dejó su empleo en la administración de telégrafos, a la que sirvió durante 17 años, con el ingenuo fin de conseguir una dote para su hija Melie. Carlier es desertor de un ejército mercenario. Joseph Conrad dibuja y reflexiona el drama del par de supuestos “civilizados”: su incapacidad para trabajar, explorar y conocer no sólo la exuberante naturaleza, sino también las lenguas, las costumbres, los ritos y el pensamiento mítico y mágico de las tribus que los rodean.

Tengo ante mí un libro que contiene cuatro relatos de Conrad; uno de ellos es “Una avanzada del progreso”; otro, “Karain: un recuerdo”. Este es el objeto principal de esta entrega, porque ahí están precisamente los ritos y el pensamiento mítico y mágico de las tribus exóticas, en oposición a la supuesta cosmogonía occidental, representada en este caso por el imperio británico.

Cabe recordar que el irlandés Oscar Wilde (también inglés, en la medida en que su ciudad natal, Dublín, pertenecía al Reino Unido) escribió un cuento muy irónico y humorístico titulado “El fantasma de Canterville”, en el que una familia norteamericana (que no son sino ingleses trasterrados) compra una finca embrujada, en la que habita un fantasma.

Este fantasma es, en palabras de Wilde, un viejo de aspecto terrible: Sus ojos parecían carbones encendidos. Una larga cabellera gris caía en mechones revueltos sobre sus hombros. Sus ropas, de corte anticuado, estaban manchadas y en jirones. De sus muñecas y de sus tobillos colgaban unas pesadas cadenas y unos grilletes herrumbrosos.

No obstante ello, cuando se le aparece por primera vez al jefe de esa familia norteamericana, este le dice así:

—Mi distinguido señor —dijo el señor Otis—, permítame que le ruegue vivamente que engrase esas cadenas. Le he traído para ello una botella de Engrasador Tammany-Sol-Levante. Dicen que una sola untura es eficacísima, y en la etiqueta hay varios certificados de nuestros agoreros nativos más ilustres, que dan fe de ello. Voy a dejársela aquí, al lado de las mecedoras, y tendré un verdadero placer en proporcionarle más, si así lo desea.

La segunda aparición del fantasma es descrita de la siguiente manera:

Al poco tiempo de estar todos ellos acostados, les alarmó un enorme estrépito que se oyó en el salón. Bajaron apresuradamente y se encontraron con que una armadura completa se había desprendido de su soporte y caído sobre las losas. Cerca de allí, sentado en un sillón de alto respaldo, el fantasma de Canterville se restregaba las rodillas, con una expresión de agudo dolor sobre su rostro. Los gemelos (hijos del señor Otis), que se habían provisto de sus hondas, le lanzaron inmediatamente dos balines, con esa seguridad de puntería que sólo se adquiere a fuerza de largos y pacientes ejercicios sobre el profesor de Caligrafía. Mientras tanto, el ministro de Estados Unidos mantenía al fantasma bajo la amenaza de su revólver, y, conforme a la etiqueta californiana, lo instaba a levantar los brazos. El fantasma se alzó bruscamente, lanzando un grito de furor salvaje, y se disipó en medio de ellos, como una niebla.

En “Karain: un recuerdo”, hay también fantasmas; en esta caso fantasmas malayos. Uno de ellos es una jovencita bellísima que, a pesar de estar viva, se le aparece constantemente a Karain por el contundente hecho de que este está enamorado de ella. El otro es el hermano de esa chica, amigo entrañable de Karain, que lo visita y le susurra amenazas al oído por el rotundo hecho de que Karain lo mató para evitar que su amigo matara a su hermana, la joven de quien el protagonista está enamorado.

La trama que explica esta situación es aparentemente simple: un holandés aventurero llega a una remota aldea de Malasia y conquista el corazón de esa bella joven, causando una grave afrenta a la tribu. Acosados los amantes por la hostilidad tribal, logran huir. El hermano de ella decide vengar el agravio y se lanza a perseguirlos por muchos lugares del archipiélago malayo y otros sitios agrestes del mundo.

Karain decide acompañarlo en la persecución, más con la idea de ver a su amada platónica que con ánimos de venganza. Finalmente encuentran a la pareja y en el momento en que el hermano de ella va a matarla, Karain dispara el rifle no contra el holandés, como estaba acordado, sino sobre su amigo.

A partir de ese momento, el fantasma de su amigo muerto persigue a Karain, y las visitas también fantasmales de su idolatrada desaparecen.

¿En qué contexto filosófico y psicológico presenta Conrad estas situaciones? Veamos lo que dice el narrador, quien está escuchando la confesión de Karain:

Karain continuaba con la mirada fija, y al contemplar su rígida figura pensé en sus correrías, en aquella su oscura odisea de venganza, en todos los hombres que vagan entre quimeras, en las quimeras mismas, tan inquietas como los hombres: en las quimeras, fieles, infieles, en las quimeras que dan alegría, que causan tristeza, que ocasionan dolor, que traen paz: en las quimeras invisibles que pueden hacernos contemplar la vida y la muerte como cosas serenas, inspiradoras, dolorosas o innobles.

Es decir, que Conrad está aludiendo por inferencia al ego, el yo que con su tiranía nos envuelve precisamente en las ensoñaciones descritas en el párrafo inmediato anterior.

En psicología, yo o ego se define como la unidad dinámica que constituye el individuo consciente de su propia identidad y de su relación con el medio. En las filosofías místicas orientales, particularmente en el budismo, se considera al yo como una ilusión. El yo se presenta como un velo de la mente que induce al sujeto a identificarse con su experiencia, provocándole sufrimiento.

¿Cómo ve Karain, jerarca de esa remota aldea malaya perseguido por el fantasma de su amigo muerto, a los tripulantes ingleses de la goleta que le lleva armas viejas? Así:

Contigo iré, a tu país, a tus gentes. A tus gentes, que viven en la incredulidad, para quienes es día el día y la noche. ¡Y no otra cosa, porque vosotros comprendéis todo lo visible y despreciáis todo lo demás! ¡Iré contigo, a tu tierra de incredulidad, donde los muertos callan, donde todos los hombres son sabios, y viven solos en paz!

“¡Admirable descripción!”, comenta uno de los marineros ingleses.

Para subrayar el contraste entre la civilización occidental y la malaya, durante la confesión de Karain, Conrad se refiere varias veces a los cronómetros del barco.

Con ironía también, Conrad alude al poder fantasmal de la reina Victoria, cuya efigie aparecía en las monedas inglesas de seis peniques de la época, antes de ser sacada de circulación en 1980:

—Esa cabeza coronada tiene poder sobre un espíritu también: el espíritu de su pueblo; un espíritu diabólico, dominador, consciente, sin escrúpulos, indomeñable… Que hace mucho bien… de cuando en cuando…, mucho bien… por casualidad…

Esa moneda es el amuleto que los marineros ingleses le dan a Karain para que no lo vuelva a visitar el fantasma de su amigo muerto.

Años después de esta aventura, se encuentran en una céntrica calle de Londres dos de los marineros ingleses. Uno de ellos pregunta si habrá sido efectivo dicho amuleto y si en realidad habrá existido el fantasma de Karain.

Su interlocutor lo mira burlonamente y le muestra entonces el agitado movimiento de esa calle londinense y de las cosas y seres que la colman, al tiempo que le dice:

—¡Vamos, has estado demasiado tiempo lejos de Inglaterra! ¡Vaya una pregunta! Bástate con mirar esto.

Luego de ver toda la parafernalia circundante, el marinero dice:

Me parece —concluye el narrador, dando fin al relato— que, decididamente, el hombre había permanecido demasiado tiempo lejos de Inglaterra.

Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.

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