Carlos Torres
(Primera parte)
Apenas publicado, en 1845, el poema “El cuervo” le otorga a Edgar Allan Poe una fama tan extendida en Estados Unidos que ello le permite a su autor preparar una conferencia sobre la concepción y la ejecución de esta obra, con el principal propósito de ganar un dinero perentorio, dada la precaria situación económica que vivía el poeta junto con su esposa, enferma de tuberculosis, y su suegra.
En esta conferencia, titulada “Filosofía de la composición”, se postula que “El cuervo” es semejante a una operación matemática, que el autor se propuso crear una obra que gustara simultáneamente al público lector y a la crítica especializada, y que su concepción parte de consideraciones meramente racionales sobre la extensión, el papel del estribillo y de las rimas internas y de finales de verso, además de otras precisiones de orden técnico que siguen asombrándonos por su laboriosidad erudita y que contribuyen a que aceptemos la teoría general de esta conferencia: que “El cuervo” es el producto de una mente brillantísima: la misma mente que urdió los muchos y diversos enigmas contenidos en el plano de un tesoro pirático y el modo de resolverlos, como vemos en su cuento “El escarabajo de oro”.
Sin embargo, algunos comentaristas han señalado que hay una paradoja entre el poeta romántico Poe y el hiper racional autor de la conferencia que explica la elaboración del más célebre e intenso de sus propios poemas. El presente trabajo trata de indagar la causa de esta paradoja, así como las vinculaciones de “El cuervo” con la vida de Poe.
En Poe, en cuanto poeta, el calificativo “romántico” se ubica en sus dos principales connotaciones: como alguien insuflado por el amor, y como un ser a quien le importan más los dictados del espíritu que las coordenadas de la razón. El concepto “inspirado”, como sinónimo del ser inmerso en un arrebato espiritual que le permite atisbar lo más profundo de la realidad, concepto admitido y celebrado incluso por el maestro de la razón dialéctica, Platón, es aplicable a esta segunda acepción de “romántico”.
Para mejor ubicarnos en este intento de enfrentar las dos perspectivas de “El cuervo” (la que su propio autor propone en “Filosofía de la composición” y la que el poema y la vida de Poe sugieren), es necesario recordar algunos pasajes enigmáticos de este poema. El protagonista, un hombre dado a leer libros de “exquisita, antigua y olvidada sabiduría”, encerrado en su habitación durante una fría y tormentosa noche de invierno, enfermo y exhausto, oye unos leves golpes en su puerta y cree, primero, que un amigo desvelado lo ha ido a visitar; pero al abrir la puerta y no ver a nadie, piensa o ensueña que se trata del espíritu de su amada muerta, que intenta visitarlo; finalmente, un gran cuervo irrumpe en la habitación y se posa sobre el busto de Palas Atenea, la diosa griega de la inteligencia, y el ave, ubicada de inmediato como llegada desde los ámbitos plutonianos o infernales, responde invariablemente “nunca más” a las preguntas de ese joven, que la interroga precisamente sobre las cuestiones que más lo preocupan: ¿Podrá olvidar a Lenore, su amada? ¿Hay un bálsamo en Judea que le procure este olvido? ¿Abrazará a Lenore después de muerto? Ante la reiterada respuesta de “nunca más”, ese joven implora finalmente: “¡Deja en paz mi soledad! ¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu forma aleja!”; y, al recibir igual respuesta negativa, concluye que “nunca más” podrá alejar de su alma ya no sólo la figura del cuervo, sino tampoco la sombra de éste que en el suelo flota.
Esos libros de exquisita, antigua y olvidada sabiduría corresponden sin duda a la tradición espiritual, la que concibe al cosmos como una emanación de la divinidad y al humano como un ente capaz de dialogar con los espíritus de los muertos. De ambas convicciones dan fe, respectivamente, sendos relatos de Poe: “Conversación con una momia”, donde con tono humorístico compiten la cultura pragmática estadounidense —que basa sus conclusiones en los meros hechos— y la civilización egipcia, la cual, según el autor, fue monoteísta a despecho del calificativo de politeísta que le atribuye la modernidad; y “La caída de la casa Usher”, en el que se menciona, de paso, a Emmanuel Swedenborg, el místico sueco que después de escribir alrededor de 25 libros científicos escribió otros tantos relatando sus diálogos con muertos y con ángeles y demonios.
Así entonces, para el protagonista de “El cuervo” existe la esperanza de que ese llamado a su puerta sea el de su amada Lenore, que llegaría desde ultratumba a consolarlo, asunto que vemos concretado de una manera terrible, pues implica la muerte de otra mujer, en el cuento de Poe titulado “Ligeia”. Por cierto, en carta a un amigo en la que Poe comenta este relato, el autor acota: “Su afirmación de que es ‘inteligible’ me basta. En cuanto a la multitud, dejemos que hable. Me sentiría agraviado si creyera que me comprende en este punto.” Volveremos más adelante sobre este detalle.
Por lo que respecta al estribillo “nunca más” (never more), Poe lo justifica en su referida conferencia por su carácter dramático y porque rima con el nombre de la amada muerta, Lenore; pero en el poema se nos da su inequívoco sentido, pues la primera pregunta que el protagonista le dirige al cuervo es sobre su nombre, y al oír el monótono “nunca más” ese contrito infiere que sólo una persona agobiada por una suerte tan adversa que lo convirtiera en un perenne desdichado, podría haber pensado en un nombre tan ominoso para su mascota… y ese tipo de persona fue Poe.
Huérfano de madre poco antes de cumplir tres años de edad; hijo de un abogado bostoniano que abandonó un porvenir cómodo para seguir a una actriz inglesa en sus aventuras teatrales, pero él sin talento escénico, alcohólico y también tuberculoso como su esposa, a la que abandona cuando Edgar Poe tiene apenas un año y medio de vida; distanciado de su rico tutor, John Allan, que no le proporciona recursos suficientes para sobrevivir en la Universidad de Virginia y por ello se ve enredado en deudas de juego y después adscrito al ejército; víctima de una intriga familiar que le procura la pérdida de su primer amor correspondido; explotado por los dueños de diversas publicaciones periódicas a las que hace crecer notablemente con su trabajo; entregado a la evasión alucinante y esporádica que le producía el láudano (una mezcla de opio y licor); enfrentado a la expectativa de ver morir a su joven esposa, también por tuberculosis; tal era, a grandes rasgos, omitiendo otros muchos detalles dolorosos —como la muerte de su hermano mayor, también por tuberculosis, así como el deceso de su madre adoptiva, la esposa de John Allan—, el personaje que en 1843 compuso “El cuervo”, un año después de que su mujer tuviese un vómito de sangre anunciador de su muerte, dadas las condiciones de la medicina en esa época y, sobre todo, debida a la situación de extrema pobreza económica que padecía esa familia. Como dato adicional, cabe apuntar que “El cuervo” fue rechazado por los editores de publicaciones periódicas, hasta que en 1845, gracias a que Poe trabajaba en The Evening Mirror de Nueva York, este poema fue publicado ahí.
Centrándonos en el detalle de que Poe presenció el primer vómito de sangre de su joven esposa y prima, Virginia, en 1842, resulta reveladora de ese impacto una carta de Poe fechada en 1848: “Hace seis años, una esposa a la que yo amaba como hombre alguno ha amado antes, mientras cantaba, sufrió la ruptura de un vaso sanguíneo. Desesperamos de salvarla. Yo me despedí de ella para siempre y sufrí todas las angustias de su muerte. Se recuperó parcialmente y otra vez volví a tener esperanzas. Un año más tarde volvió a ocurrir exactamente lo mismo. Volvió a repetirse idéntica escena. Y otra vez lo mismo cerca de un año después. Luego otra vez…, otra…, y otra…, y aún una más… Y cada vez yo padecí todas las torturas de su muerte… y con cada acceso de su enfermedad yo la amaba con mayor ternura y me aferraba a su vida con obstinada desesperación… Sentí enloquecer, con largos intervalos de horrible cordura…”
Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.
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