Carlos Torres

(Segunda parte)

Por lo que se refiere a su carácter renacentista, lo vemos con claridad cuando la poetisa pasa a describir las manos de esa chica, exaltando lo natural antes que lo quimérico o retórico:

                                         Empiezo por la diestra,

                                               que aunque no es menos bella la siniestra,

                                               a la pintura es llano

                                               que se le ha de asentar la primer mano.

                                               Es, pues, blanca y hermosa con exceso,

                                               porque es de carne y hueso,

                                               no de marfil ni plata: que es quimera

                                               que a una estatua servir sólo pudiera;

                                               y con esto, aunque es bella,

                                               sabe su dueño bien servirse de ella,

                                               y la estima, bizarra,

                                               más que no porque luce, porque agarra.

                                               Pues no le queda en zaga la siniestra,

                                               porque aunque no es tan diestra

                                               y es algo menos en su ligereza,

                                               no tiene un dedo menos de belleza.

                                               Aquí viene rodada

                                               una comparación acomodada;

                                               porque no hay duda, es llano,

                                               que es la una mano como la otra mano;

                                               y si alguno dijere que es friolera

                                               el querer comparar de esta manera,

                                               respondo a su censura,

                                               que el tal no sabe lo que se murmura:

                                               pues pudiera muy bien Naturaleza

                                               haber sacado manca esta belleza

Sin embargo, además de que tales muestras de humor festivo, son frecuentes en la obra de sor Juana, como en el caso de un romance en el que se defiende del elogio de fénix que le hace un caballero recién llegado a la Nueva España, lo cierto es que esa gracia, ese encanto que campea en su escritura es el producto indudable de una alegría ingénita y luego acendrada por el acierto de haber elegido un destino propicio a su desarrollo intelectual y artístico; es decir, su destino de monja en un convento de costumbres menos estrictas que el de las Carmelitas Descalzas, donde inicialmente profesó un noviciado de tres meses al que renunció aduciendo cuestiones de salud.

Antes de abordar, aunque sea someramente, este controversial asunto de su vocación religiosa, quiero insistir en el detalle de su escritura vivaz, festiva, lúcida, versátil; en una palabra, deslumbrante, pues a partir de esta última cualidad es que sor Juana ha llegado a ser tanto un enigma por lo que respecta a su persona como un objeto de veneración a partir de su escritura; un ícono pues, de tantísimos reflejos, que la persona que intenta desentrañarlo no hace sino reflejar su propia condición íntima en ese haz luminoso, dejando intacto el misterio de la persona, pero aclarando de paso la multitud de factores técnicos, estilísticos y conceptuales que hacen de esta obra un abrevadero sustancioso para el especialista —donde está incluido, por supuesto, el poeta— y sobre todo para el lector común, quien quizá sea el que más provecho encuentre en dicha obra, porque ya como especialista privilegiará alguna de las muchas facetas subyugantes pero técnicas de esa escritura.

Tomemos como ejemplo su auto sacramental El divino Narciso. Como sabemos, la ninfa Eco es condenada por los dioses del Olimpo a repetir la última parte de las oraciones que oye, en castigo a su afición a los chismes. Pues bien, Eco se enamoró de Narciso a tal grado que se consumió hasta sólo quedar de ella la voz, pues Narciso a su vez se había enamorado de su propio reflejo. Así, en un pasaje en el que Narciso llega a la fuente donde suele ver su reflejo extasiado, oye la voz de Eco y pregunta: “¿Mas quién, en el tronco hueco, / Eco / con triste voz y quejosa, quejosa / así a mis voces responde? / responde.

Es necesario acotar que en la adaptación de sor Juana, Eco es una alegoría de la naturaleza humana y pierde el habla por la emoción de contemplar a Narciso, quien por su parte es alegoría de Dios, enamorado de la humanidad en cuanto reflejo de sí, pero, de cualquier manera, es conmovedor que, aprovechando una palabra tan hueca como hueco, Eco pueda responder fielmente y decir así su nombre, y aún más: tejer con sus ecos una oración emotiva: “Eco quejosa responde.” Este recurso se repite varias veces en este auto sacramental, pero lo que me interesa destacar es el hecho de que una mujer, cuyos acompañantes inseparables son la Soberbia y el Amor Propio en cuanto personajes también alegóricos; una mujer enamorada de un ideal, en este caso la divinidad, logre introducir entre el discurso coherente su propio discurso entrecortado, además de su nombre, que es como una apoteosis del ser; apoteosis quizá vana, pero finalmente romántica, si atendemos el hecho de que Eco logra decirle a su amado, truculentamente, su nombre y expresar su cuita de amor.

Este pasaje de El divino Narciso me lleva a conjeturar, por supuesto que truculenta, retóricamente, que sor Juana escribió su verdadero nombre a través de toda su escritura, y su nombre verdadero, aunque imposible de conocer, tiene, sin embargo, muchos adjetivos que también son sustantivos: mujer, monja, religiosa, artista, poetisa, intelectual, dramaturga, polemista, jesuita, gnóstica, revolucionaria… Detengámonos en este último adjetivo, tan prestigiado en la actualidad. Hagamos a un lado, no sin pesar, las implicaciones de revolucionaria que sor Juana tiene en los ámbitos de la literatura y del feminismo, puesto que ambas aportaciones son harto conocidas y celebradas. Por ejemplo, en el caso de El divino Narciso anticipa nada menos que a Pound en el collage, según apunte de Octavio Paz, y en Neptuno alegórico desarrolla brillantemente el prototipo del moderno ensayo antropológico y mitológico.

Cuando me refiero a su carácter revolucionario, quiero indicar sus funciones públicas de monja y artista, en el sentido de que pudo hacer visible o legible una concepción del catolicismo de tipo renacentista dentro de una sociedad profundamente influida por el dogma medieval; una sociedad nueva y abigarrada que por lo mismo requería de una voz congruente, una voz que expresara tanto el sincretismo religioso buscado por los jesuitas como la intrínseca alegría original de una población vinculada cordialmente con la naturaleza, o sea: pagana. Un catolicismo al unísono enriquecido por la perspectiva científica típica del Renacimiento italiano, como por una incursión gnóstica en las fuentes de la religiosidad mundial, que para los tratadistas de la época se ubicaba en Egipto, pero que una investigación profunda, como las que acostumbraba hacer sor Juana con la bibliografía disponible, la localiza también en otras civilizaciones. Y esto, aun en esta época de supuesto avance dentro de la Iglesia de Roma, es revolucionario. Pero para precisar mayormente este tipo de catolicismo, acudamos a estas sorprendentes palabras de José Ortega y Gasset, a quien nadie, me parece, podría calificar como católico:

La fe que siente su propia plenitud en forma de enorme sed de intelecto —no de petulante satisfacción propia, no suponiéndose, ya y sin más, intelecto—: he ahí la audacia admirable del catolicismo. La fe no se contenta consigo misma: exige pruebas de la existencia de Dios, pruebas racionales, por a + b. No es una fe holgazana, no exonera de la fatiga intelectual, no nos da la ciencia, sino que, al revés, la exige.

Eso opina Ortega y Gasset del catolicismo, y es una lástima que yo no pueda, por falta de conocimientos sobre el tema, dar una opinión al respecto, pero sí me parece conveniente acotar que la solvencia intelectual del denominado “primer ensayista” de España, en el sentido de mejor ensayista, es indudable. Por otra parte, resulta curioso o revelador que el primer mexicano que desató, en 1910, una copiosa corriente de estudios sobre sor Juana, después de unos 200 años de misterioso silencio, haya sido Amado Nervo, un poeta no exactamente católico, sino indudablemente religioso, en el sentido de teísta. Y a su vez, ¿resulta conveniente hoy dilucidar la vigencia del catolicismo? En términos sociológicos, me parece que sí, pues una gran mayoría de latinoamericanos gira más o menos alrededor de la órbita católica, mientras que otro número considerable de personas combate denodadamente esta religión; y luego está esa minoría creciente, a la que creo pertenecer, de los que profesamos una especie de religiosidad ecléctica, que toma del Oriente mucho de sus doctrinas y que, sin ser católicos ni protestantes ni adventistas ni sabáticos ni testigos de Jehová ni nada parecido, reconoce en la Biblia y especialmente en los Evangelios la presencia de un conocimiento antiguo y sagrado que en palabras de Poe es de exquisita sabiduría. Y después o al principio, como se quiera, los que profesan la más extraordinaria y misteriosa de las religiones: el ateísmo o materialismo, cuyo dogma básico, subyugante y esplendoroso, reza: La materia es indestructible y eterna.

Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.

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