Enrique Saínz

(Segunda parte)

Zambrano insiste en la importancia que ha tenido para el continente la pérdida de la utopía, ese destino soñado que los pensadores y poetas han vislumbrado como la realización plena del hombre y, con él, de la sociedad.

Esa es la pérdida de lo que ella llama “heroico idealismo”, visible primeramente en la obra de San Agustín, padre de Europa, en su Civitas Dei, Paraíso del porvenir que el cristianismo nos prometió desde la misma caída de Adán como reivindicación del Edén del que fuimos expulsados.

Es significativo que Cioran, ese descreído y amargo analista de la cultura, hombre apocalíptico como pocos y, a pesar de su escepticismo radical, admirador de María Zambrano, insista una y otra vez en sus espléndidos y agudos fragmentos (Cuadernos. 1957-1972 [1997], Ese maldito yo [1987]) en el pecado original, que no es otra cosa que la imantación de la realidad inmediata en el hombre, la renuncia del conocimiento para llegar al disfrute de lo real sin mediaciones y sin la paciencia que produce la fe.

Del diálogo directo con Dios pasamos –leemos como sustrato del pensar zambranista– a un hedonismo ilimitado, puramente sensorial, irreflexivo, hoy tan evidente en la cultura pop y en ciertos excesos de la posmodernidad.

Esa formidable crisis que hace a María Zambrano escribir este libro nos lleva a una creciente desesperanza, y de ella hasta la elaboración de una filosofía nihilista que alterna en la hora actual, desde los años de la segunda gran guerra, con una cultura tecnológica sin otras pretensiones que el aseguramiento de la vida material de la sociedad y, en el mejor de sus resultados, a un progreso deshumanizado que, sin embargo, comporta un saber cada vez más profundo, pero al mismo tiempo como desentendido del hombre interior, el hombre que anhelaba la ciudad de Dios.

A la luz de estas lecciones de María Zambrano, comprendemos que nuestro drama actual, este desamparo metafísico que nos angustia día a día, tiene su origen en un racionalismo a ultranza, actitud ante el conocimiento que echó por tierra las razones del corazón, la razón poética, desde cuya perspectiva podíamos vislumbrar las preciosas murallas de la ciudad eterna, tan incompresibles para el pensamiento abstracto.

De todo ello se deriva una filosofía de la Nada, un escepticismo invalidante, una angustia sin redención, postulados que cobran extraordinaria fuerza en las obras de pensadores de la talla de Jaspers, Heidegger, Sartre, Marcel, y en escritores como Beckett o los surrealistas.

En la confesión, ha observado María Zambrano, asistimos a la transformación del individuo desde el yo oscuro que habita en él hasta el ser transparente que ha alcanzado su unidad en esa transparencia, homología evidente con el Hombre Histórico, hijo del pecado, de proceder sombrío, que quiere y busca la Ciudad de Dios.

Para nuestra autora es San Agustín el pensador que inicia la cultura europea y es en él precisamente en quien encontramos las obras que nos abren el camino hacia esa búsqueda del porvenir.

Las Confesiones y La Ciudad de Dios están en los inicios de esa nueva sensibilidad, de ese nuevo estilo que llamaríamos Europa, nutrida de cultura clásica y de cristianismo.

La crisis que nos viene del naturalismo y del liberalismo y que culmina en la guerra mundial desde la cual escribe nuestra pensadora, halla una respuesta insuficiente en el freudismo, al que podemos interpretar más como signo de nuestra angustia que como propuesta de superación de la misma.

A propósito del psicoanálisis, apunta lo siguiente María Zambrano: “[…] por falta de buscar ese personaje, el de las últimas esperanzas de este período, la existencia se había hecho una pesadilla. Una pesadilla de la que remedios como el “freudismo”, revelación psicológica, nada podían aliviar, porque el psicoanálisis válido para el hombre europeo hubiera sido mostrarle aquel que quería ser, el que necesitaba ser, que su personaje en sombra rencoroso perseguía. […] Lo “reprimido” es lo que no somos, es cierto, lo que no vivimos, pero no por haberlo dejado atrás, sino por no haberlo alcanzado.”

En su crítica a Freud está presente, con su poderoso dinamismo, la tesis zambranista de la ausencia de utopía en la cultura europea moderna. El hombre se va haciendo, es un devenir, nos había enseñado Ortega en Meditaciones del Quijote, libro con lecciones fundamentales para la discípula, y en esa idea suya de que el europeo llegara a conocer el que quería ser nos parece leer la resonancia fecunda de las ideas del maestro.

Esa vida por hacerse es, en este libro de María Zambrano, la manifestación de esa sed vitalista, carnal, terrestre que, según nos explica la autora, diferencia al europeo del ciudadano de la Grecia clásica por la presencia formadora del cristianismo en su espiritualidad y en su cosmovisión.

San Agustín cierra el capítulo griego y abre una nueva época en la historia cultural de Occidente, le época de Europa, en cuyos cimientos están sus confesiones y la síntesis de helenismo y cristianismo.

Por un lado el racionalismo de la cultura griega alcanza su culminación en el idealismo alemán, desentendido como estaba ese pensamiento de los reclamos más vigorosos del diario existir, resumibles en lo que podríamos llamar el insaciable anhelo carnal, de sobrevida física, material, paraíso de los resucitados en cuerpo, en tanto que los postulados cristianos, hondamente enraizados en el judaísmo –las otras dos fuentes del mundo occidental, como nos ha recordado T. S. Eliot en algunos de sus lúcidos ensayos–,  nutren al hombre nuevo y lo forman en esa esperanza.

En las páginas de La agonía de Europa, en las que María Zambrano reflexiona acerca de los aportes de San Agustín a la formación de esa nueva sensibilidad, en los apartados titulados “La interioridad” y “El corazón”, piezas verdaderamente magistrales dentro de su ensayística, hallamos los elementos esenciales de la poética zambranista, en especial en la capital significación que los postulados y aseveraciones del gran maestro africano tienen en sus tesis en torno a la razón poética.

Veamos estas palabras iluminadoras de cuanto venimos diciendo: “En su soberbia, la cultura europea ha olvidado lo que le debía [a África] y ha olvidado también este cuidado del corazón, y así se le ha ido cerrando. Y se ha vuelto a la situación del antiguo Imperio Romano, en que el hombre, desalmado bajo la razón y bajo el poder, sentía la existencia como una pesadilla.”

El idealismo, ese anhelo de alcanzar un lejano horizonte histórico, la realización del hombre sobre la Tierra –la más alta expresión de esa carnalidad, esa terrenalidad constitutiva del europeo, heredada de la visión judeo-cristiana del mundo–, ha venido compulsando a Europa a forjarse una Historia, a realizar la Historia como la búsqueda de la ciudad de Dios, pero al mismo tiempo para los hombres, construirse un porvenir (revolución social, concepciones utópicas), pero en ese continuo hacer y pensar han venido imponiéndose las insuficientes y superficiales miradas del liberalismo y el naturalismo, funestas por sus infecundas y esterilizantes enseñanzas, como ya apuntamos en páginas anteriores.

Enrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2022). Autor de, entre otros libros fundamentales de ensayos críticos: Diálogos con la poesía, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones, La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Silvestre de Balboa y la literatura cubana, La literatura cubana de 1700 a 1790, y Trayectoria poética y crítica de Regino Boti.

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