Carlos Torres

(Tercera parte y final)

En todo caso, es mi deseo que se olvide esta imprudente declaración de fe personal que, aunque nebulosa o cómoda, como se desee, no hace sino establecer un prejuicio donde debiera existir sólo la objetividad. Mas como ya está expresa esta opinión personal a propósito de un tema tan íntimo e intransferible, como la religiosidad, trataré de exonerarme con la paráfrasis de un comentario de Borges proferida en su conferencia sobre el budismo: “No estoy seguro de ser cristiano, pero sí estoy seguro de que no soy católico.”

Que sirva entonces esta digresión para encarar uno de los aspectos más discutidos de la vida de sor Juana: su adscripción a una orden religiosa. Se dice y se afirma que esta decisión partió de un cálculo completamente pragmático; es decir, que no tuvo una verdadera vocación de militante religiosa, y se aduce para corroborar esta conjetura el detalle de que abandonó el convento de las Carmelitas Descalzas después de tres meses de noviciado aduciendo una enfermedad posiblemente ficticia. Y se alega, además, que el hecho de carecer de dote para el matrimonio, aunado ello a que sus dos hermanas de padre y madre habían sido abandonadas por sus esposos con el presunto pretexto de ser hijas naturales, como ella, le hicieron perder toda esperanza de desarrollar sus aptitudes literarias dentro del matrimonio. De modo que para estos comentaristas, su integración a la orden de las Jerónimas fue la elección del mal menor.

En este renglón, hay tantos detalles a favor como en contra. Entre los contrarios, los que pueden sugerir la idea de que efectivamente sintió el llamado conventual, figura el haber escrito una pieza religiosa, antes de cumplir los diez años de edad, dedicada al Santísimo Sacramento y que se da por perdida, según datos de Francisco Monterde, el prologuista de sus Obras completas editadas en un solo volumen por Porrúa. Pero ya en un terreno de fácil corroboración, sus propios escritos sacros ofrecen un testimonio de irrecusable religiosidad en cuanto a su vehemencia, producto indudable de la sinceridad y elogiados profusamente por el más crítico y ateo de sus comentaristas: Octavio Paz, quien por otra parte nunca duda del catolicismo de sor Juana, aunque sí de su vocación de monja.

Este dilema me parece irresoluble y cada quien puede llegar a sus propias conclusiones; pero lo que sí me parece irrefutable, en cuanto hecho dado, es que la profesión religiosa de sor Juana, ya como monja jerónima, trascendió los cerrados espacios del convento e incluso rebasó la ortodoxia imperante en la Iglesia de su tiempo, junto con el sector más ambicioso, por universalista, de ella: los jesuitas. ¿Por qué? No precisamente por el detalle de ser religiosa y escritora al unísono, pues entre sus inmediatos y célebres antecesores de España, a quienes debe mucho en cuestión de estilo y aun de temas, como son Lope de Vega, Góngora, Calderón, se dio esta conjunción; tampoco por su singularidad de mujer, pues aunque tal condición aparece en su obra en forma de feminismo, no es su feminismo lo que la distingue como excelsa poetisa, sino un oscilar continuo entre obra sacra y literatura profana, que en su más personal y ambicioso y extenso poema, Primero sueño, llegan a confundirse.

Es aquí donde aventuro una hipótesis que quizá parezca delirante, pero que podría explicar algunos enigmas prevalecientes en lo que corresponde a su presunta vocación religiosa, a su destino de escritora y poetisa, y a sus dudas sobre ingresar en una orden conventual. Esta hipótesis se aparta por completo de las lucubraciones respectivas que Octavio Paz plantea en Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe.

Antonio Núñez de Miranda, un jesuita que fue el confesor de sor Juana y, atención, el confesor de los más connotados personajes de la Nueva España, conoció a Juana Inés en la corte virreinal cuando ella era una joven dama de compañía de Leonor Carreto, la virreina, la cual de inmediato se encariñó con su protegida y admiraba su talento. El virrey, Antonio Sebastián de Toledo, le contaba años después (en dos ocasiones), ya de regreso en España, al primer biógrafo de sor Juana, otro jesuita, que para “saber si esa sabiduría tan admirable era infusa o adquirida o artificio o no natural (…) juntó un día en su palacio cuantos hombres profesaban letras en la universidad y en la ciudad de México. El número de todos ellos llegaría a cuarenta y en las profesiones eran varios, como teólogos, escriturarios, filósofos, matemáticos, historiadores, humanistas y no pocos de los que por alusivo gracejo llamamos ‘tertulios’, que sin haber cursado por destino de facultades, con su mucho ingenio y alguna aplicación, suelen hacer, no en vano, muy buen juicio de todo (…) Concurrieron, pues, el día señalado a certamen de tan curiosa admiración; y atestigua el señor marqués, que no cabe en humano juicio creer lo que vio, pues dice Que a la manera de un galón real (traslado —dice Diego Calleja, el biógrafo— las palabras de Su Excelencia) se defendería de pocas chalupas que le embistieran, así se desembarazaba Juana Inés de las preguntas, argumentos y réplicas que tantos, cada uno en su clase, la propusieron. ¿Qué estudio, qué entendimiento, qué discurso y qué memoria sería menester para esto?”, se pregunta Calleja.

Tal estudio, como sabemos, comenzó a la increíble edad de tres años, cuando la pequeñísima Juana Inés engañó a la maestra de su hermana mayor diciéndole que mamá le pedía que le enseñara también a ella. Y luego, la Providencia determinó que Juana Inés tuviese un abuelo inusitado, un granjero con una biblioteca de clásicos que tuvo la precaución de morir cuando Juana de Asbaje tenía sólo ocho años para que ella pudiera ser depositada en la casa de unos parientes acomodados en la Ciudad de México y de ahí pasara sin muchos trámites a la corte virreinal, donde halló su destino, un destino que, como apunta Octavio Paz, conjugaba dos de los principales centros de poder y conocimiento de su época: el eclesiástico y el cortesano, ya que su condición femenina le vedaba la universidad.

Bajo este enfoque digamos que mágico, pues presupone a la Providencia, el hecho de que Juana Inés haya sido hija natural y de que posiblemente ni siquiera conociese a su padre, viene a constituir un paradójico beneficio para su desarrollo intelectual, artístico y político. Ello, por supuesto (el factor Providencia), es algo muy discutible, pero precisamente por ser muy discutible es que lo pongo en juego, aunque quizá sólo sea para diferir de la corriente general de pensamiento, que venera lo mensurable y lo ponderable. En todo caso, es con esta aura de sabiduría, ingenio y gracia (y belleza y juventud) que el sabio y asceta jesuita Antonio Núñez de Miranda conoce a Juana Inés en la corte virreinal. Se hacen amigos y, según parece, más pronto que tarde Núñez de Miranda invita o incita a Juana Inés para que se convierta en monja. Ella duda un buen tiempo y finalmente, después de su corta estancia entre las Carmelitas, ingresa para siempre en el convento de las Jerónimas.

En cuanto jesuita, Núñez de Miranda pugnaba por la instauración de una Iglesia universal que en tierras de tradición pagana como India, China y América armonizara la herencia religiosa nativa con los Evangelios. Dada la estructura jerárquica de estas sociedades, los jesuitas consideraron más rápida y efectiva esta evangelización sincrética, ejerciendo su influencia sobre los gobernantes, para que en cascada se derramase esta doctrina sobre el resto de la población. ¿Cómo no ver en la brillantísima jovencita que era Juana Inés, tan estimada en la corte virreinal, un aliado prodigioso? Y a su vez, ¿cómo podría no dudar esa niña sobre la grave responsabilidad que de pronto, y no precisamente caída del cielo, aunque ella pudo considerarlo así finalmente, le llegaba?: la responsabilidad de cooperar con una causa en la que no estaba bien definida la frontera entre lo político y lo religioso, pero que le permitiría, dado el inmenso poder de la Compañía de Jesús en ese tiempo y en ese ámbito, desarrollarse como artista; ello, sumado a la circunstancia de que los conventos eran también un centro de actividad intelectual.

Lo cierto es que sor Juana se desarrolló plenamente como artista e intelectual, ejerciendo precisamente una influencia considerable en sucesivos virreyes, en virreinas, ya no digamos en la corte y en la intelectualidad de la Nueva España, y por supuesto entre la más alta jerarquía eclesiástica de su patria; sólo que en este último terreno rebasó las expectativas de sus protectores, pues su obra en general tiende más a humanizar la ortodoxia católica de su época o más bien del amplio espacio hispánico, enfatizando los dones de la naturaleza en una clara actitud renacentista, incluso por su soporte científico, en vez de ceñirse por completo a los dictados estratégicos de la política jesuita.

En este sentido, es reveladora su obsesiva insistencia en la figura del apóstol San Pedro, del cual sor Juana exalta justamente su debilidad humana al negar tres veces a Jesucristo como una virtud en su ministerio de vicario de Cristo, ya que el recuerdo de su falta le permitirá ser tolerante con los pecadores, virtud eminentemente cristiana y tal vez una de las causas del asombroso despliegue triunfal del catolicismo.

A la luz de esta hipótesis, cobraría pleno sentido la fidelidad que en sus momentos más difíciles le guardó a sor Juana su amigo y guía Carlos de Sigüenza y Góngora, jesuita expulsado de la orden por ciertas andanzas nocturnas que, por su carácter de buen poeta, quizá pudo atisbar la trascendencia de la obra literaria de sor Juana, en cuanto a la instauración de un nuevo tipo de religioso, pontífice entre lo sagrado y lo profano, mediador entre la plebe —la plebe de lectores que hoy se llama opinión pública — y los poderes; nuevo tipo de religioso que hoy tiene un nombre inequívoco y que es “el artista como héroe”, como divulgador de un conocimiento sagrado restringido a los ámbitos eclesiales y como intérprete fidedigno de su época, todo ello en beneficio del inerme público de siempre, tan sometido, como el de hoy, a los dictámenes directos o subliminales de los poderes entronizados. Es decir, en suma, una artista que quiso (y por supuesto que lo consiguió) transmitir a sus lectores la noción novedosa en ese tiempo y en ese ámbito, de que la religión católica no es ni puede ser una castración intelectual ni una fuente de tristeza, sino —como apunta Ortega y Gasset— todo lo contrario. Es decir, en síntesis, una artista tal como se aprecia hoy en día y tal como en su oportunidad lo anticipó Dostoievski en la figura de Aliosha Karamazov y en su propia personalidad artística, lo mismo que Hermann Hesse: un legítimo sustituto del sacerdote. Y ello, aparte de las naturales envidias o miedos atávicos del género masculino (es decir, de sus protectores jesuitas), me parece que fue el motivo principal de la caída de sor Juana en cuanto voz cantante de la vanguardia intelectual, artística y política de su época.

Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.

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