Carlos Torres

(Primera parte)

En relación con el título de este ensayo, dos reveladores cuentos de Jorge Luis Borges aparecieron juntos en 1941, con la publicación del libro El jardín de senderos que se bifurcan. Se trata del relato que da título a dicho volumen, y de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, este sin duda el más emblemático del autor.

Aunque contemporáneas, estas dos narraciones son antípodas, y por ello reflejan muy bien el oscilante espíritu de Borges, que unas veces se nos presenta como un rotundo escéptico, en todos los sentidos, y en otras ocasiones se ve envuelto en una clara religiosidad, que él, Borges, era el primero en negar.

Ya es bien sabido que Borges juega siempre, o al menos en apariencia, y que su obra es un formidable juego de espejos —uno de sus objetos-tema preferidos, como las espadas y los laberintos—, en la que nada es absoluto, salvo el fervor poético, la pasión por el conocimiento, el amor, entre otras virtudes literarias y personales del escritor.

Esa religiosidad de Borges es muy semejante a la que mostró siempre Hermann Hesse; es decir, un eclecticismo respecto de las principales doctrinas espirituales de la humanidad, sin afiliarse por completo a ninguna de ellas.

Resulta así que en “El jardín de senderos que se bifurcan”, cuento de espionaje y también policial, resalta con brillo cegador esta oración: “pronto no habrá sino guerreros y bandoleros”.

Enmarcada dentro de la Primera Guerra Mundial, la citada oración ilustra plenamente el desencanto de los humanistas, frente a la explosión de la crisis de valores que se vivía en Europa durante la transición del siglo XlX al XX.

Este proceso fue minuciosamente descrito por Thomas Mann en su novela de culto La montaña mágica, donde los adversarios intelectuales Naptha y Settembrini, representan respectivamente, la ideología feroz y fundamentalista de los futuros soviéticos y nazis, así como a sus regímenes híper-dictatoriales, mientras que Settembrini es el abanderado tardío de la francmasonería, cuyo humanismo es visto con ironía, pero también con ternura, por Mann, pues, según comentaristas, esa filosofía secular ya no tenía vigencia en esa época de transición.

Un pasaje de Los Buddenbrook, primera gran novela de Mann publicada en 1900, que describe la decadencia económica de su propia familia, la cual es también testimonio de la decadencia social y moral de la Europa de entre siglos, pasaje donde Hanno, el último de los Buddenbrook sucumbe a una apoteosis de improvisación al piano, porque la decadencia ha debilitado su espíritu y por lo tanto muere luego por tisis, ese pasaje, digo, refleja muy bien la actitud artística de Mann frente a su propia obra, y, consecuentemente, ante la convulsiva época que le tocó vivir, con dos guerras mundiales de por medio, con la confiscación de sus bienes y la quema de sus libros por parte de los nazis. En fin, ese momento en que Hanno, el artista adolescente no consumado, improvisa en el piano, dice así:

“Se percibían agudos gritos como si un alma vibrante flotara sobre interrogaciones y no quisiera acallarse. Luego se remontaba sin cesar en armonías nuevas, inaccesibles, plañideras, tan pronto muriendo como renaciendo prometedoras… aquellos gritos de terror fueron adquiriendo formas precisas hasta convertirse en melodía. Llegó un momento en que resonaron magistralmente en el espacio, como un cántico fervoroso y suplicante surgido del metal, y que era a la vez, enfático y humilde.

Regresando, pues, a esa oración de “El jardín de senderos que se bifurcan”, veamos que la época en que fue escrita estaba signada y estigmatizada por el desarrollo de la Primera Guerra Mundial o, más precisamente, por la estela de horror y destrucción, que iban dejando las hordas nazis en varios países de Europa.

Por otra parte, el hecho de que el protagonista de “El jardín…” sea un espía chino a las órdenes del imperio alemán, le añade un misterio adicional, un tinte absurdo, que busca distraer al lector con un enigma trivial, puesto que bien podemos imaginar mil y una razones para explicar por qué un chino común se adhiere al espionaje alemán de la Primera Guerra Mundial, y entonces los lectores avezados en la escritura de Borges sonríen cuando advierten que el verdadero enigma de este cuento es el misterio insoluble del tiempo, en este caso, las bifurcaciones que el tiempo puede tener, de igual manera como acontece —dicen— en las matemáticas con los números transfinitos.

Pero dejando a un lado estas ociosidades del pensamiento, lo cierto es que ese espía chino, Yu Tsun, es un ser vil que tiene conciencia de su vileza, aunque puede darse el lujo de dar un consejo: “Preveo que el hombre se resignará cada día a empresas más atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Así procedí yo.”

No hay duda, pues, de que esta profecía se ha ido cumpliendo a escala mundial, con una extensión que no tiene mucho que ver con el incremento demográfico, sino que es producto de un sistema, un establishment, que abierta y/o solapadamente, enseña a ser ruin, ya no sólo para obtener bienes materiales, sino para sobrevivir.

Sin embargo, es oportuno recordar que en el Timeo, la entidad o entelequia —en el sentido filosófico— Sócrates-Platón, advierte que “si (…)  se ven alentados los vicios del temperamento por las malas instituciones y por los discursos pronunciados en público y en privado, y las doctrinas enseñadas a la juventud no ponen remedio alguno a estos males, los malos se vuelven peores por la sola acción de estas dos causas, sin que su voluntad intervenga para nada en ello”.

En los años cincuenta del siglo xx, Herbert Marcuse dijo prácticamente lo mismo, en su libro Eros y civilización: “Hay algo más que una diferencia cuantitativa en (…) el hecho de que la gente sea naturalmente ignorante o sea hecha ignorante por medio de la información y la diversión diaria.”

Como intenté demostrar en mi ensayo “El ciudadano idóneo”, contenido en el libro Nueve voces, Sócrates buscó evitar con sus enseñanzas, con su novedoso método dialéctico, la creciente decadencia moral e intelectual de la Ciudad-Estado Atenas, que finalmente acabó con ella.

Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949- Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.

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