Carlos Torres
(Segunda parte y final)
Buscando en la red Internet (http://www.seikilos.com.ar) el detalle de las traducciones de Finnegan’s wake me encuentro lo siguiente, respecto de su primer capítulo: “Issy, la hija de Anna Livia y Earwicker, es una nube que se convierte en lágrima y se lanza al río, se mezcla con el río. Este episodio, con grandes componentes autobiográficos, se refiere a la pérdida de Lucia, la hija de Joyce, quien tuvo un destino trágico: sobreestimada por su padre, usada por Samuel Beckett, analizada por Jung, internada finalmente en un psiquiátrico por demencia juvenil. Nuvoletta entonces representa a Lucia —Issy en el libro—, que para más seguridad es llamada Nuvoluccia en algún momento anterior.”
Corrobora este dato la noticia periodística aparecida en The Independent, dada por Andy Mcsmith, sobre la investigación realizada por Carol Loeb Shloss, especialista en literatura inglesa e irlandesa de la Universidad de Stanford, quien asegura que la correspondencia entre James Joyce y Lucía añade credibilidad a la teoría de que Finnegan’s wake es “un elaborado misterio en clave acerca de una familia real”, real en sentido de realidad, que no de realeza, aunque el rango de aristócratas de la República de las Letras se puede aplicar muy bien a la familia Joyce.
Esta noticia de The Independent agrega que la investigadora Shloss “afirma que si supiéramos más sobre la enfermedad mental que afectaba a la pobre Lucía, el extraño lenguaje y misteriosas alusiones de Finnegan’s wake tendrían otro sentido”.
Lucía Joyce nació en la ciudad italiana de Trieste, en 1907, en una sala de hospital destinada a atender mendigos, tres años después de que sus padres salieron de Irlanda, donde James Joyce temía que su genio jamás sería reconocido. A diferencia de su hermano mayor, un niño agraciado y adorado por su madre, Lucía era una niña enfermiza que sufría de un grabe estrabismo (era bizca, pues). Cuando cumplió siete años, ya había vivido en cinco domicilios diferentes debido a los problemas que su padre tenía con el alcohol y, consecuentemente, para pagar la renta.
Como adolescente en París, tuvo algunas apariciones en el escenario como bailarina profesional, cuyo estilo, según ciertos jueces, era “sutil y barbárico”. Una reseña del Paris Times de 1928 vaticinó que “cuando alcance su capacidad total en la danza rítmica, James Joyce (que ya había publicado Ulises) podría ser conocido sólo como el padre de su hija”.
Cuando se publicó Ulises y el padre se volvió una estrella, el hogar de los Joyce se convirtió en un imán para artistas, bohemios y advenedizos de todo tipo. El hermano mayor de Lucía se enredó con una heredera estadounidense mucho mayor. Lucía se involucró con tres hombres en sucesión (el primero fue el luego Nobel Samuel Beckett) y todos acabaron rechazándola.
Lucía fue la hija consentida de James Joyce, quien declaró: “Cualquier chispa o don que yo poseo ha sido transmitido a Lucía y atizó el fuego de su cerebro.”
Desde los 28 años de edad hasta su muerte, en 1982, a los 75 años, Lucía vivió prácticamente en hospitalización permanente. En una ocasión, su madre le preguntó si quería que su padre la visitara en el sanatorio. Lucía respondió: “Dile que soy un crucigrama, y que si no le importa ver a un crucigrama, puede venir.”
Decíamos que Borges tejió un laberinto alrededor de la figura de Joyce, según opinión del misterioso Leandro, que así dice: “Aventuro una hipótesis, que tal vez sea falsa, pero no es menos encantadora por eso. En 1975 Borges escribe un cuento llamado ‘El espejo y la máscara’, donde a un poeta se le da la tarea de escribir una obra épica. En el primer intento, el resultado es el compendio de toda la literatura: ‘No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los clásicos (…) Has manejado con destreza la rima, la aliteración, la asonancia, las cantidades, los artificios de la docta retórica, la sabia alteración de los metros. Si se perdiera toda la literatura podría reconstruirse sin pérdida’.
“Se le pide otra obra —agrega Leandro—, y el poeta, luego de un tiempo de trabajo, vuelve perturbado. La siguiente obra es completamente nueva: ‘Esta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero sí los doctos, los menos.’
“El paralelismo —concluye Leandro— puede trazarse fácilmente: Ulises, la primera obra importante de Joyce, deliberadamente expone todos los estilos conocidos, los maneja con destreza y orden. Finnegan’s wake, la segunda, es una obra vasta y del todo inusual. De ese libro se dijo que no trata de contar un sueño o una noche, sino de ser un sueño en sí mismo; del poema del cuento, Borges nos dice que ‘no era una descripción de la batalla: era la batalla’. El aspecto más notorio del libro de Joyce es el lingüístico, y lo primero que uno ve es un oscuro idioma sin reglas, dislocado y aparentemente irracional. Borges escribe del segundo poema que ‘la forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular para regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas comunes. La aspereza alternaba con la dulzura. Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían’. El tercer poema épico, que determina la muerte del autor, nos muestra al poeta con ‘ojos (que) parecían mirar muy lejos o haber quedado ciegos’; sobra recordar que Joyce murió ciego, dos años después de publicar Finnegan’s wake. Una última pista: el poeta del cuento es explícitamente irlandés”, nos recuerda el misterioso Leandro.
Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949-Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.
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