(Aproximación crítica al libro de Jorge Cocom Pech Secretos del abuelo.)
Por Agustín Labrada
La literatura testimonial quintanarroense tiene su raíz en apuntes de viajes y crónicas más o menos periodísticas que, desde la confesión, superan el enfoque académico de muchos volúmenes de historia exhibiendo, entre surcos más íntimos y humanos, la vida pasada, el tiempo vivido y sus diferentes actores protagónicos.
Cuando lo testimonial asume elementos novelísticos, el relato se estiliza sin ser novela en esa alianza que perfeccionaron el estadounidense Truman Capote con A sangre fría y el cubano Miguel Barnet con Biografía de un cimarrón, seguidos por otros autores como la mexicana Elena Poniatowska y su Hasta no verte, Jesús mío.
Con Secretos del abuelo, Jorge Cocom Pech entra al jardín del testimonio, pero no desde la perspectiva periodística o antropológica, sino desde el recuerdo, y en esa recreación de su niñez —en nudo con su abuelo que sueña y reflexiona, y lo involucra en el conocimiento ancestral maya— hay componentes didácticos, líricos y épicos.
Jorge Cocom cuenta en su libro fragmentaciones de su infancia —sin seguir un orden cronológico autobiográfico— en un pueblo peninsular, donde reina la cultura indígena y su cosmovisión que se funde con la naturaleza y los dones del monte, así como a ciertas ceremonias familiares y el sincretismo religioso maya-católico.
Este libro es fundamentalmente un testimonio porque en él se describen pasajes de la realidad vivida, aunque esa realidad esté matizada en ocasiones por susurros de realismo mágico, sobre todo en el capítulo dedicado al sueño, y —la mayoría de las veces— por lo real maravilloso, que enunciara el novelista Alejo Carpentier.
Jorge no mantiene siempre las diferencias de discurso: metafórico el del abuelo, coloquial el del narrador, pues se impone el primero creando cierta monotonía. Al acudir a la memoria, también se fabula, pero esa fabulación no desplaza al testimonio en tanto se incluyen fechas, sitios y acciones reales. Escribe con realismo costumbrista el narrador:
Durante la década de los sesenta, después de que cumplí trece años, el padre de mi madre, don Gregorio Pech, comenzó a prepararme para que me iniciara en el conocimiento de las ceremonias y los rituales que desde hacía tiempo se practicaban entre los descendientes del pueblo maya…
El personaje central, el abuelo de Jorge, ve un orden filosófico para entender el mundo y a los hombres en los pájaros, los árboles, las frutas, las piedras…, y educa con ese misticismo —que se sostiene en valores éticos y una larga experiencia— a un Jorge niño, que se deslumbra ante los enigmas.
En este sentido, roza con narraciones didácticas o libros de consejos medievales como El conde Lucanor, de don Juan Manuel, donde cada situación es un pretexto para que el ayo Patronio advierta al joven aristócrata (con fines moralistas) sobre comportamientos y actitudes para vencer obstáculos que despliega el azar. Dice el abuelo:
Sé un guerrero incansable con tus sueños y busca dentro de ti el objeto de tus conquistas. Realizando tus sueños, no serás esclavo de nadie ni pretenderás someter a otros, porque habrás probado los caminos de tu verdadera liberación. Recuerda siempre que, en el Universo, los sueños se convierten en realidad…
La lengua maya es una lengua poética, que contiene metáforas y símbolos, y con ese lenguaje fluye la voz de Gregorio Pech, pero visto sin tal referente, pueden descubrirse en su expresión analogías con la retórica del indio Rabindranath Tagore, sobre todo en el poemario Ofrenda lírica.
Quizá no sea el propósito de Cocom convertir en versos frases que dijo su abuelo, pues no se trata de una poesía que se concibe como arte, sino de un discurso natural, con frescura, y a la vez solemne y antiguo, que surge, como la obra tagoriana, desde la sacralización de la naturaleza en matrimonio con un pensamiento místico.
Las nubes son ramas de árboles frondosos cargadas de aguas que gustan pasearse por los caminos del cielo. Blancas, grises o de colores, vuelan sobre el azul infinito en busca del viento para jugar con el sol a las escondidas. ¡Ah, si supieras cómo se divierten al cubrirle la cara amarilla al sol que las contempla!
El narrador-personaje relata en primera persona, y justo cuando evita los diálogos y da privilegio a las anécdotas infantiles logra sus instantes más narrativos con una estilización casi de novela. Esto enriquece estéticamente al testimonio, que deja de ser enunciaciones de hechos para volverse literatura.
Hay ternura en esos fragmentos, se ennoblecen cotidianidades donde los campesinos descubren en pequeñas alegrías —el encuentro con un pariente que trabaja en la ciudad— un remanso para la magia. Ello está narrado con inocencia infantil, como El vino del estío, de Ray Bradbury, pero desde la óptica del adulto que añora.

Cuando estábamos más entretenidos midiendo qué tanto había recorrido la punta de la kimbomba, por el camino donde habían llegado las carretas, vimos venir a Manuel Millán, amigo y compañero de escuela, quien —diestro en atrapar aves canoras y de bellos plumajes— traía dos jaulas con pajarillos saltando en su interior.
¿Cuáles son los límites de Cocom? No establecer los colores del lenguaje entre los protagonistas que conforman el núcleo histórico; mitificar in excelsis el entorno narrado, en el que predominan ambientes paradisíacos sin sombras dramáticas; volver artificiosa, con profusas imágenes, la descripción del sueño.
¿Cuáles son los aportes? El rescate de un orbe extraordinario que se pierde bajo la cascada de la globalización y la ignorancia que generan los programas televisivos comerciales, apostar por la belleza en un tiempo donde se acendran mercado vil y estupidez, pulir la palabra hasta volverla un dialogante espejo.
Así, Cocom incursiona en una manifestación que tiene sus primeros antecedentes en biografías de la antigüedad greco-romana como el libro de Plutarco Vidas paralelas, las “historias del alma” que generó el cristianismo en Europa y esa mezcla —historicismo con exaltaciones subjetivas— propia del periodo romántico.
En el Caribe mexicano, figura el testimonio desde los apuntes de los cronistas de Indias y los informes narrativos pertenecientes a exploradores y militares hasta las crónicas que escribieron Ramón Beteta y Moisés Sáenz, las anécdotas costumbristas de Omar Rey, y algunas semblanzas que suelen manejar Lilí Conde y Cecilia Lavalle.
Secretos del abuelo se diferencia verbalmente de esos escritos, y, aunque con ellos comparta escenarios peninsulares y los protagonistas marginados, los supera en honduras poéticas. Es un libro que no cierra, como tampoco muere con los días la curiosidad de Jorge, a quien su abuelo define como una traviesa interrogación.
Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista cultural radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, el poemario La vasta lejanía, el conjunto de ensayos sobre la literatura de Quintana Roo Teje sus voces la memoria y la novela Botas rusas.
Si leíste esta entrevista, tal vez quieras leer:

