Narración plena de miedos y sugerencias.
Mariel Turrent Eggleton
Después de mi caminata por la playa, pasé a un café que estaba cerca del lobby y pedí para llevar un croissant de jamón y queso, unas galletas y un capuchino. Me dirigí a la habitación, me puse mi pijama, saqué mi libro y me senté cómodamente en el mullido sillón a comer mientras me sumergía en la lectura.
Aún no me terminaba mi emparedado, cuando escuché unos ruidos. No hice caso y traté de concentrarme en la historia, pensé que todo aquello estaba sucediendo en la habitación contigua, una pareja estaba discutiendo. La puerta corrediza hacia la terraza estaba abierta. Me quedé escuchando y con mi teléfono intenté grabarlo. Sin embargo, las manos me empezaron a temblar. Aquello era sumamente inquietante. No podía encontrar la aplicación y cuando lo logré, por más que intenté grabar no pude: una y otra vez me aparecía un mensaje diciendo que no era posible hacerlo. La discusión, cada vez más acalorada, comenzaba a alterarme sobremanera. Desesperada se me ocurrió grabarlo como mensaje de WhatsApp, ya no era simplemente por morbo, sino que también me parecía que debía guardar la evidencia de algo que se encaminaba hacia un final nefasto. El hombre empezó a gritar una y otra vez: “Pendeja, eres una pendeja.” Un niño empezó a llorar y él, lejos de calmarse, la insultaba de forma cada vez más hiriente. “¡No la llames pendeja!, ¡no la llames pendeja!”, quise gritarle, pero preferí seguir siendo un fantasma, que no me viera ni supiera que estaba yo ahí escuchando todo. Desde el balcón, alcancé a ver cómo otros huéspedes que pasaban por los jardines miraban hacia donde estábamos y a medida que aumentaba la violencia, se empezaron a detener preocupados por lo que sucedía. Mi corazón latía velozmente imaginando la posibilidad de que el hombre me agrediera también, que tirara por el balcón al niño cuyo llanto era insoportable. Aturdida por los gritos y el miedo, traté de llamar a la operadora, que pensó que yo era quien estaba en problemas y avisó a la policía. Cuando tocaron en mi puerta me asusté más: “Si no abren, vamos a tener que entrar por la fuerza.” Yo estaba paralizada, agazapada en el sillón. Unos hombres entraron a mi cuarto y se llevaron a Ángel y al niño. A mí me trajeron a este otro hotel, donde todo está en calma. Ahora sí me gustaría poder leer, pero no puedo concentrarme, sigo escuchando los gritos de Ángel y el llanto insoportable de mi hijo.
Mariel Turrent Eggleton (Ciudad de México, 1966). Escritora cancunense y cofundadora de Malix Editores. Es autora de las novelas Oveja negra y Hasta el último vuelo (2018); de los libros de cuentos Cajón de muertes y amores, y Life’s Good; y de los poemarios Desnudeces de agua, En el profundo oleaje de nuestros amores, La Jornada del viento y Desde adentro.
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