Odette Alonso
Cuatro debe ser el número de suerte de Agustín Labrada o, al menos, uno de los números sagrados con que Elegguá le muestra los caminos.
Recuerdo que, años atrás, Agustín recopiló textos de cuatro jóvenes poetas cubanas en una plaquette titulada Cuatro muchachas violadas por los ángeles. Entre ellas estaba Ada Elba Pérez, quien murió años después víctima de un estúpido accidente de tránsito, y de nuestro ángel de la guarda colectivo: Elena Tamargo.
También eran cuatro mujeres las que centraban la atención, literaria entonces, periodística ahora, de Agustín, porque en Más se perdió en la guerra, libro de crónicas y entrevistas culturales, hay cuatro mujeres que descollan entre el resto de los personajes que viven o, lo que es lo mismo, tienen vida en estos textos.
Más se perdió en la guerra es un libro de personajes, sostenido sobre estas cuatro mujeres, como el mundo sobre los cuatro elefantes en las imágenes antiguas. Al menos eso me pareció a mí, aún a pesar de un par de textos que creo excepcionales: uno de ellos es la crónica de un viacrucis en Chetumal, donde Agustín engarza perfectamente el componente místico y mítico de la tradición con una sabrosa visión humana y moderna del martirio del pobre Jesucristo; el otro es una ponencia presentada por Agustín en un homenaje al poeta cubano Eliseo Diego, titulada “Con el rumor de todo el tiempo”.
En otro de los textos incluidos en el libro, define Agustín esta faceta de su creación. Hay que recordar que nuestro amigo es sobre todo poeta y llegó al periodismo por uno de estos accidentes, no siempre desastrosos, ante los que nos pone la vida para que potenciemos nuestras capacidades.
Dice Agustín: “En nuestros días, suena reiterativo recordar que el periodismo, engarzado dentro de la familia de la historia, no es completamente objetivo, y que la literatura, como arte, no se limita únicamente a experimentos subjetivos dentro de la expresión. Ambas manifestaciones reflejan el mundo circundante con sus seres y paisajes, y pueden, algunas veces, alcanzar dimensiones estéticas.”
Este apego a la literatura en general y a la poesía en particular es apreciable a través de todo el libro. Su tratamiento de ciertos temas alcanza, en ocasiones, niveles evidentemente poéticos, casi oníricos.
Agustín mezcla la visión más o menos objetiva de la información, premisa idílica del periodismo, porque ¿qué puede ser realmente objetivo en este mundo?, con un lenguaje que supera en elaboración el utilizado cotidianamente en las notas periodísticas que llenan los órganos de prensa de toda la república mexicana.
Pero vuelvo a las cuatro mujeres de las que hablé al principio. La “protagonista” de “A la sombra de los árboles amados”, el primero de los textos de este volumen, es Laura Smith, “esa gringa reloca”, como la bautizan sus vecinos de Chetumal, que encarna lo que Balzac hubiera llamado “las ilusiones perdidas”.
Con una historia de muchos amores muertos o extraviados, engalanados en su recuerdo, como una sucesión de leyendas tipo Hollywood, encontró en México la vejación, la humillación y el engaño en el músico Anastasio May, quien la hechizó, la prostituyó, le robó y, por si fuera poco, hizo que sus amigos la violaran, en venganza, cuando ella quiso abandonarlo.
En el jardín de su casa de Chetumal, cada árbol tiene un significado y evoca el recuerdo de un amor; incluso hay uno dedicado al canalla de Anastasio, a quien espera ver pasar como cadáver delante de su tienda, como en el famoso proverbio del árabe.
En una especie de resumen de su vida, Laura Smith dice a Agustín: “Mire mis plantas, a veces el sol las quema o la brisa las deshoja, pero ellas vuelven a erguirse, la savia les recorre el cuerpo, se espigan muy elegantes y colorean el jardín. Así soy yo, contengo mi rencor y me lleno de esperanzas.”
Por eso se asentó en Chetumal y, a pesar de los chismes y comentarios de sus vecinos, le satisface la posibilidad de haber encontrado allí un nuevo amor.

“Más se perdió en la guerra”, que da título al libro, es un texto estructurado sobre la base de varias voces, pero sobre todo la de la protagonista, vulgar, y la del cronista, poética. De esta suerte, se yuxtaponen dos lenguajes, dos discursos, dos maneras de ver y de estar en el mundo.
Esta historia, uno de los textos en que el ejercicio periodístico de Agustín parece acercarse más a los terrenos de la ficción literaria, se produce a bordo de un autobús de segunda que viene rumbo a la Ciudad de México.
Desfilan paralelamente una serie de personajes típicos de los transportes foráneos: el policía que pide mordida a los comerciantes, la migra, los menonitas, el niño que llora, los conductores, los asaltantes, la Policía Federal de Caminos y hasta los guerrilleros zapatistas.
La comerciante no tiene nombre ni rostro, pero puede ser cualquier comerciante. Me gusta la manera tan fiel en que Agustín reproduce su lenguaje, basta atravesar cualquier tianguis de este país para oír los mismos giros y las mismas groserías, dichos con la misma naturalidad.
Me gusta la manera en que reproduce esa filosofía descreída de la comerciante, “valemadrista” se diría en confianza, ese no darle importancia a nada y cuestionar hasta la supuesta vida difícil de los habitantes de la selva Lacandona, al compararla con la suya propia.
Y siguiendo en ese tenor, en la sección “Siluetas”, después de reseñar la labor de la danzarina Dulcinea Langfelder y del coreógrafo Alberto Alonso, Agustín se atreve a incorporar, por si fuera poco, bajo el título de “En la muerte todos somos iguales”, una entrevista con una bailarina desnudista de table dance, legitimando así un género que es sistemáticamente desacreditado, aunque sólo sea de dientes para afuera, por prácticamente todos los sectores de la sociedad.
La entrevista con la veracruzana Micaela es exquisita. Es tan grosera o más que la comerciante, pero simpática, como buena veracruzana. Tiene veinticinco años y una década de trabajo y “conoce al dedillo el bajo mundo del sureste”, de Veracruz a Belice y desde Playa del Carmen hasta Villahermosa.
Describe Agustín, con tintes muy naturalistas, el ambiente del antro chetumaleño en que Micaela ofrece sus favores. La actuación de la bailarina es descrita casi como si fuera una pieza de ballet clásico, con morbo incluido.
Dice Agustín en varios fragmentos: “Su rostro se sublima mientras, hechizada, juega a ser cantante y entra al sueño…” / “Las luces multicolores danzan…” / “Aplausos y leve transición para oír un blues sensual. Sus gestos se tornan más sosegados y la luz es apenas un fondo azuloso, cinematográfico…” / “El humo se adensa y, más que Londres en su niebla infinita, este lugar parece la cuna del smog y no del mestizaje, según pregonan los anuncios turísticos.”
Si lo oyeran así, descontextualizado, ¿alguno de ustedes pensaría que se trata de la actuación de una “tabledancista”? Apuesto a que no. Es el estigma del poeta que no deja a Agustín ni en estas sórdidas descripciones. En este caso, la frase conclusiva que yo diría –en plan de amigos y sonrisa pícara mediante– sería tan poco académica que prefiero suprimirla en esta ocasión.
Entre los parroquianos del lugar desfilan los personajes más inusitados: el locutor de la voz aguardentosa; las “otras bailarinas transmutadas en sexoservidoras, alegres pese a sus risas trágicas y sus tatuajes de dragones chinos y motos americanas al borde de sus vientres”; hombres de edad madura que imploran quitarle a Micaela el sostén que gana, finalmente, un beliceño joven; seis ejidatarios mal vestidos; maestros universitarios; grupos de soldados (sin uniforme); una muchedumbre ebria que incluye al reportero de camisa desabotonada, o sea, a Agustín, y al gordito fotógrafo yucateco.
No sé si Agustín tuvo esa intención, pero el ambiente descrito es tan sórdido que asquea. Es impactante imaginarse, ver, a todos aquellos hombres de los más distintos niveles socioeconómicos e intelectuales babeándose sin distinción ante los bailes denigrantes, no sólo para ellas mismas, de Micaela y sus compañeras.

Imagino que en una sociedad tan cerrada como la de Chetumal, este tipo de periodismo escudriñador del bajo mundo debe haber levantado más olas que el huracán Mitch.
Otra cosa es el retrato de la pintora María Garrandés en el naufragio de pinceles, olor a acuarela, fotos e imágenes coloridas que inundan su estudio y su cuerpo, cubierto por una túnica pintada por ella misma. Una mujer que no pinta para ser famosa, que no se considera una artista y destruye sus propias obras después de que han cumplido su cometido de autosatisfacción, pero que piensa que la armonía es más atinada que la felicidad y que pinta para alcanzar la transparencia; una mujer que cuestiona mitos, desde la calidad de José Luis Cuevas como pintor hasta la veneración hacia el matrimonio y la maternidad. Una mujer que bebe, pinta y hace el amor, que considera a su pincel como un pene “suave, acariciante, íntimo” y cae en éxtasis mientras mueve, con su pintura, las fibras de su alma.
Pensándolo bien, estas cuatro mujeres tienen mucho en común, se parecen mucho entre sí. A no ser por las diferencias en el nivel cultural, percibibles en el lenguaje y en las ocupaciones de cada una de ellas, todas pudieran ser una.
Las cuatro son mujeres solas, descreídas, cuestionantes, mal habladas (excepto la señora Smith), marginadas.
Entonces, en estos cuatro textos de Más se perdió en la guerra está la visión de un hombre bastante machincito respecto de un cierto tipo de mujer, pero no voy a ahondar ahora en este tema que puede resultar espinoso y contradictorio.
“Más se perdió en la guerra”, dice la comerciante del “camión tercermundista” cuando, al tratar el chofer de esquivar a una vaca que se atraviesa en la carretera con una elegante calma, se derraman sobre las cabezas de los pasajeros “alimentos de raro origen”.
“Pero en la guerra había pólvora, nadie se embarraba con mole poblano”, le responde alguien (seguramente Agustín).
Y sí, lleno de la pólvora que conmociona nuestra realidad cotidiana está este libro, y embarrado con mole poblano porque, a través de su ejercicio periodístico, pero sobre todo de la convivencia, Agustín ha ido descubriendo muchos de los hilos que sustentan la vida actual de México.
Odette Alonso (Santiago de Cuba, 1964).Ganadora de una beca del Sistema Nacional de Creadores de México, del Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 1999 con Insomnios en la noche del espejo y del Premio Nacional de Poesía LGBTTTI 2017 con Old Music Island. Son algunos de sus libros Espejo de tres cuerpos, Con la boca abierta y Hotel Pánico.
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