Góngora Balán
Hace unos años, iba de regreso de un Oxxo a mi cuarto en Otoch Paraíso. Eran alrededor de las 11 de la noche en una colonia de mala fama en Cancún, pero de mucho movimiento, poblada por los trabajadores de hoteles. Todo el día y toda la noche.
En Otoch Paraíso, el ejército ha tenido que poner una base porque el narcotráfico lo hizo primero. Las banditas de maleantes y asaltantes comunes que rondan por allá son lo de menos. “Las mordeduras se esconden en regiones”, dicen Yam, y entiéndase “regiones” como la división municipal de un conjunto de colonias que aún no cuentan con todos los servicios básicos, contrario a las privilegiadas “supermanzanas”.
Hace unos años, cuando iba de regreso de un Oxxo a mi cuarto en la noche, la policía me detuvo. Me levantaron sin motivo cuatro policías en la puerta de mi casa mientras abría las rejas, me llevaron a la mitad del estacionamiento lejos de las casas y “me revisaron la piel a puñetazos”, como diría en otro verso de Jorge Yam.
“Cancún se mueve al ritmo desigual de la pobreza”, dice él, yo diría que al ritmo desigual de la justicia y la equidad, pero la idea se entiende: Cancún se mueve a un ritmo desigual; así las metáforas de oleajes y maremotos quedan ad hoc para describirlo.
Cancún se mueve a un ritmo desigual, y de esto uno se da cuenta cuando se levanta “con el terror del sobrio”, después de la fiesta y la orgía. Esto es lo que se explora en Paraíso artificial, de Jorge Yam, poeta bacalareño residente en Cancún desde hace años.
Es un lugar común llamar a Cancún “un paraíso”, sobre todo aquellos de la primera generación de cancunenses (los no nacidos allí, pero que llegaron primero), que hoy son los que están envejeciendo y dieron a luz a los primeros cancunenses de verdad.
Aquellos que llegaron primero, junto con la construcción de la ciudad y sus primeros hoteles y su primer turismo; aquellos que descansan jubilados en hogares que forjaron en la juventud y ven a sus hijos crecer en las zonas céntricas de Cancún, lo llaman paraíso.
Para las generaciones actuales, para la población flotante actual, aunque sea un lugar para encontrar trabajo, Cancún ya no es tanto paraíso. Es la tierra de promesas flotantes, hogar temporal, lugar de refugio o paso. Cancún ya muestra zonas marginales y desigualdad. Los estragos de cierto clasismo, elitismo y discriminación que han anidado suavemente entre las dunas.
“Cancún te traga o te escupe”, dicen los que arrojan raíces como manglares en Cancún y vienen de afuera. Son ellos los que después de la fiesta se levantan y sienten el terror del sobrio y ven claramente su Cancún.
Paraíso artificial, de Jorge Yam, aunque es un libro de playa, no es un libro solar, que nos dibuja esto. No es la fiesta en Zona Hotelera, no es la espesa y exótica selva, no es el turismo alegre, no son los paseos en la laguna, no es el mar y sus tardes violetas; es el Cancún citadino de los otros, de los marginados, de los desplazados, de los imposibilitados, de los desposeídos… Son los otros, las sombras que habitan las ciudades, los personajes de este poemario.
Los mendigos, franeleros, prostitutas… son esa camarilla de discriminados a los que se suele voltear a ver para dimensionar las enfermedades de las ciudades. Son sobre ellos que Yam escribe. Repasa esos personajes prototípicos del malestar social.
Es común hablar de los desposeídos, de sexoservidoras y de vagabundos, pero estos son las sexoservidoras y vagabundos de Cancún, quienes mendigan y malabarean entre el crimen organizado y el murmullo de las balas.
Es aquí, a través de esos elementos, que uno empieza a identificar el paraíso artificial, empieza a sentir las aguas verdaderas y violentas de Cancún, el oleaje de balas, el manglar dentro del que aparecen los desaparecidos: “Las víctimas recorren los manglares de las avenidas”, figura en un verso.
Los sentidos de la vista, el tacto y el sonido son a los que más se apela para sentir la ciudad, gran protagonista del poemario. La vista a través de los colores, multitud de gente y el asco frente a los otros. El tacto a través del agua y la caricia fugaz. El sonido con el avispero de las balas. No es fortuito que las secciones del poemario se llamen: “Trazos”, para la vista; “Intemperie” y “Acaricias” para el tacto, y “Tiroteo” para el que escucha.
¿Qué Cancún detrás de Cancún germina? Es la pregunta de partida y el fin de esta escritura, el paraíso artificial que se busca develar o se entrevé en los delirios del sexo, alcohol y drogas.
Góngora Balán (Campeche, México, 1990). Egresado de la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Becario del Pecda Campeche 2012, 2021 y 2023. Actualmente, se dedica a la edición y corrección de estilo de libros de texto.
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